Luke Mercer no apartó la vista del sobre.
Sus dedos, acostumbrados a cerrar contratos multimillonarios sin temblar, vacilaron por primera vez en muchos años.
La letra era de Elena.
No existía la menor duda.
Había escrito aquellas cinco palabras con prisa, como si hubiera sabido que tal vez no tendría otra oportunidad.
Para Luke: no confíes en nadie.
Marco permanecía inmóvil junto a la puerta.
Su teléfono seguía iluminado.
—¿Quién? —preguntó Luke con una voz tan baja que apenas parecía humana.
Marco tragó saliva.
—No quería decírselo hasta confirmarlo.
—Habla.
—Hace cuarenta minutos uno de nuestros analistas detectó movimientos extraños en las cuentas privadas de Elena.
Luke frunció el ceño.
—¿Qué clase de movimientos?
—Alguien estuvo transfiriendo pequeñas cantidades durante semanas.
Nunca lo suficiente para activar las alertas bancarias.
Pero, sumadas, desaparecieron casi ciento ochenta mil dólares.
Luke levantó lentamente la cabeza.
Él mismo había abierto aquella cuenta años atrás.
Solo tres personas conocían su existencia.
Él.
Elena.
Y…
Sintió un frío recorrerle la espalda.
—Continúa.
Marco respiró hondo.
—Las autorizaciones digitales provienen de un dispositivo registrado a nombre de Mercer Holdings.
Luke sintió cómo el estómago se le cerraba.
—Eso es imposible.
—También lo pensé.
Marco abrió la carpeta electrónica de su tableta.
—Hasta que vi quién autorizó el acceso.
Giró la pantalla.
Un nombre apareció destacado.
Nathan Mercer.
El hermano menor de Luke.
Durante varios segundos, nadie habló.
Nathan.
El mismo hombre que había estado sentado a su lado durante el divorcio.
El mismo que le insistió una y otra vez en que Elena solo quería quedarse con su fortuna.
El mismo que aseguró haber visto documentos demostrando que ella llevaba meses engañándolo.
Luke recordó perfectamente aquella noche.
Nathan había llegado a su despacho con fotografías impresas.
Capturas de mensajes.
Informes.
Testimonios.
Todo parecía irrefutable.
—Ella ya no te ama.
Solo espera quedarse con la mitad de todo.
Luke nunca quiso creerlo.
Pero después aparecieron más pruebas.
Más coincidencias.
Más mentiras perfectamente construidas.
Hasta que aceptó firmar el divorcio.
Ahora, por primera vez, una pregunta lo atravesó como una bala.
¿Y si ninguna de aquellas pruebas era real?
El doctor Bennett regresó acompañado por una enfermera.
—Necesitamos hablar.
Luke dejó inmediatamente la tableta sobre la mesa.
—¿Cómo está?
—Estable.
Pero todavía no recupera la conciencia.
El médico sostuvo una carpeta clínica.
—Encontramos algo preocupante durante los análisis.
Luke sintió otro golpe en el pecho.
—¿El bebé?
—No.
Ella.
El doctor colocó varios resultados frente a él.
—Durante semanas alguien estuvo administrándole dosis pequeñas de un medicamento anticoagulante.
Luke frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—En personas embarazadas puede provocar hemorragias, desmayos, desnutrición progresiva e incluso la pérdida del bebé.
Luke sintió que la habitación giraba.
—¿Está diciendo que alguien intentó…
El médico asintió lentamente.
—No puedo afirmarlo todavía.
Pero esas sustancias no aparecen por accidente.
Marco dio un paso adelante.
—¿Pudo haber sido ella misma?
El doctor negó con firmeza.
—Las cantidades fueron administradas durante mucho tiempo.
De forma constante.
Como si alguien tuviera acceso diario a su comida o a sus medicamentos.
Luke apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.
Durante los tres meses posteriores al divorcio, Elena había vivido en el ático que él mismo le dejó.
Un edificio con seguridad privada.
Acceso restringido.
Personal de confianza.
Solo unas pocas personas podían entrar libremente.
Nathan era una de ellas.
La enfermera salió discretamente.
El silencio volvió a instalarse.
Entonces Elena emitió un leve gemido.
Luke corrió hasta la cama.
Sus párpados comenzaron a temblar.
Muy despacio abrió los ojos.
Durante unos segundos pareció desorientada.
Después lo reconoció.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Luke…
Él tomó cuidadosamente su mano.
—Estoy aquí.
No voy a irme.
Ella intentó incorporarse.
El monitor cardíaco aceleró inmediatamente.
—No hables.
Necesitas descansar.
Pero Elena negó débilmente con la cabeza.
Su voz apenas era un susurro.
—No…
Tienes que escucharme…
Luke acercó el rostro.
Ella reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
—No fue el divorcio…
Nunca dejé de amarte…
Todo… fue una trampa…
Antes de poder continuar, la puerta de la habitación se abrió violentamente.
Tres hombres vestidos con trajes oscuros entraron acompañados por dos agentes federales.
El que iba al frente mostró una credencial.

—Señor Luke Mercer.
Queda usted oficialmente bajo investigación por el intento de asesinato de su ex esposa y de su hijo no nacido.
El mundo entero pareció detenerse.
Y, detrás de los agentes, Nathan Mercer observaba la escena… sonriendo discretamente.