PARTE 2: LA TESTIGO

Todas las miradas se dirigieron hacia la joven.

Era Sofía, una analista del departamento financiero que casi nunca hablaba durante las reuniones.

El abogado asintió.

—Adelante. Cuéntenos exactamente qué vio.

Sofía respiró hondo.

—Vi discutir a Carlos y a Laura… pero él nunca la tocó.

Sentí que el pecho volvía a llenarse de aire.

El gerente frunció el ceño.

—¿Estás segura de lo que dices?

—Completamente.

Se hizo un silencio incómodo.

—Después de la discusión, Laura caminó sola hacia la impresora. Sacó un pequeño frasco de su bolso, tomó unas pastillas y, menos de un minuto después, se desplomó.

Los empleados comenzaron a mirarse entre ellos.

—¿Pastillas? —preguntó el abogado.

—Sí. Incluso le pregunté si se encontraba bien. Me respondió que solo estaba un poco mareada.

En ese momento llegaron los paramédicos.

Tras revisarla durante unos minutos, uno de ellos levantó la vista.

—Tiene el pulso estable. Parece una reacción a un medicamento, pero necesitaremos llevarla al hospital.

El gerente insistió.

—Eso no cambia que discutieron.

El abogado lo interrumpió.

—Discutir con un compañero no convierte a nadie en responsable de un desmayo.

Entonces un técnico de informática apareció con una memoria USB.

—Disculpen… encontré esto conectado al sistema de cámaras.

El abogado la tomó.

—¿Contiene las grabaciones de este piso?

—Sí. Desde esta mañana.

El video fue proyectado en la pantalla de la sala de reuniones.

La oficina quedó completamente en silencio.

Las imágenes mostraban nuestra discusión.

Se veía claramente que, después de intercambiar unas palabras, yo regresaba a mi escritorio.

Laura permanecía sola.

Segundos después, abría su bolso, sacaba un frasco blanco, ingería dos pastillas y continuaba trabajando hasta que perdió el conocimiento.

Nadie podía decir que yo la había agredido.

El gerente bajó lentamente la mirada.

—Parece que… nos equivocamos.

—No —respondió el abogado con firmeza—. Alguien señaló a un empleado como culpable sin comprobar los hechos.

Las miradas comenzaron a dirigirse hacia el gerente.

Fue entonces cuando Laura abrió lentamente los ojos.

—¿Dónde estoy…?

El paramédico le pidió que no se moviera.

Pero al escuchar mi nombre, habló de inmediato.

—Carlos… no tuvo la culpa.

Todos quedaron inmóviles.

—¿Entonces por qué nadie dijo eso antes? —preguntó el abogado.

Laura cerró los ojos unos segundos.

—Porque alguien me pidió que lo responsabilizara si ocurría algo.

El gerente palideció.

—¿Qué estás diciendo?

Laura lo señaló con la mano temblorosa.

—Usted me dijo esta mañana que, si Carlos era despedido, el proyecto quedaría bajo su control… y que mi ascenso estaba asegurado.

Un murmullo recorrió toda la oficina.

El abogado observó fijamente al gerente.

—¿Es cierta esa acusación?

—¡Está delirando por el desmayo!

En ese instante, Sofía volvió a levantar la mano.

—Hay algo más.

Sacó su teléfono móvil.

—Cuando pasé junto al despacho del gerente, estaba grabando un mensaje de voz. Sin querer quedó registrado en mi llamada.

Reprodujo el audio.

La voz del gerente llenó la oficina.

“Cuando todo termine, culparemos a Carlos. Recursos Humanos tendrá motivos suficientes para despedirlo.”

El silencio fue absoluto.

El abogado cerró lentamente la carpeta.

—Creo que la investigación acaba de cambiar de dirección.

Pero antes de que pudiera continuar, una agente de Recursos Humanos entró apresuradamente con un sobre confidencial.

—Acaba de llegar el informe de auditoría interna.

Lo abrió frente a todos.

Su expresión cambió por completo.

—Esto ya no es solo un caso de acusación falsa.

—¿Qué ocurre? —preguntó alguien.

La mujer levantó la vista.

—El desmayo de Laura permitió descubrir que alguien llevaba meses manipulando las cuentas de la empresa…

Hizo una pausa y miró directamente al gerente.

—Y todas las transferencias fueron autorizadas con su contraseña.

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