PARTE 2: LA TAZA QUE NUNCA BEBIÓ

Elena permaneció inmóvil detrás del volante.

Los autos comenzaron a tocar el claxon, pero ella apenas los escuchaba.

Miró a Sara.

Su hija lloraba en silencio.

No parecía una niña inventando una historia.

Parecía alguien que llevaba demasiadas horas sosteniendo un secreto que ya no podía cargar.

Respiró hondo.

—Cuéntamelo todo.

Sara se secó las lágrimas con la manga del uniforme.

—Anoche no podía dormir. Bajé por agua y vi que la luz del despacho estaba prendida. Pensé que Ricardo seguía trabajando.

Hizo una pausa.

—La puerta estaba medio abierta.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Y qué escuchaste?

—Estaba hablando por teléfono. Dijo que hoy era el día perfecto porque habría invitados. Que cuando te sintieras mal, todos pensarían que fue un infarto por el estrés.

Elena apretó con fuerza el volante.

—¿Escuchaste el nombre de la persona con la que hablaba?

Sara negó con la cabeza.

—No. Pero sí escuché otra cosa.

—¿Qué?

—Dijo que los documentos ya estaban listos y que después de tu muerte todo sería mucho más sencillo.

Elena cerró los ojos apenas un instante.

No quería creerlo.

Necesitaba una explicación distinta.

Una lógica.

Cualquier cosa.

Pero algo comenzó a encajar.

Las últimas semanas Ricardo insistía demasiado en que actualizara su testamento.

También había pedido que varias inversiones pasaran a una administración conjunta.

Ella siempre respondía que lo harían después.

Él nunca insistía delante de otras personas.

Solo cuando estaban solos.

Elena volvió a arrancar el automóvil.

En lugar de regresar a la casa, tomó la autopista hacia el centro de Querétaro.

—¿A dónde vamos? —preguntó Sara.

—A un lugar donde nadie pueda encontrarnos por un momento.

Se detuvieron frente a una cafetería abierta las veinticuatro horas.

Eligieron una mesa junto al ventanal.

Elena pidió un café negro.

Sara solo un vaso de agua.

Ninguna probó nada.

Elena sacó el teléfono.

Marcó a Ricardo.

—¿Cómo sigues? —preguntó él con una calma impecable.

—Un poco mejor.

Creo que voy a tardar más.

El médico quiere revisarme.

Hubo un silencio breve.

—¿Qué médico?

—Encontré una clínica abierta.

No te preocupes.

—Está bien.

Pero vuelve antes del postre.

Todos preguntan por ti.

La llamada terminó.

Elena sintió un peso en el pecho.

Si Ricardo realmente esperaba que bebiera aquel té…

…acababa de arruinarle el plan.

En ese momento vibró el teléfono otra vez.

No era Ricardo.

Era Teresa.

La mujer que llevaba quince años trabajando en la cocina de la casa.

Elena contestó de inmediato.

La voz del otro lado sonaba agitada.

—Señora…

¿Dónde está?

—Fuera de la casa.

¿Por qué?

Teresa bajó todavía más la voz.

—No regrese.

Elena dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué ocurrió?

—El señor Ricardo está muy enojado.

Preguntó tres veces por usted.

Y…

Guardó silencio.

—¿Y qué?

—Acaba de tirar toda la tetera a la basura.

El corazón de Elena se detuvo.

—¿La tiró?

—Sí.

Ni siquiera dejó que nadie la tocara.

Dijo que prepararan otra.

Elena y Sara se miraron al mismo tiempo.

Ninguna dijo una palabra.

Porque las dos entendieron exactamente lo mismo.

Si el té era inocente…

…¿por qué destruirlo apenas ella salió de la casa?

Elena respiró profundamente.

Ya no podía seguir ignorando lo evidente.

Abrió la aplicación que controlaba las cámaras exteriores de la casa.

La mayoría seguía funcionando.

Buscó la grabación de la madrugada anterior.

Las imágenes mostraban el jardín completamente vacío.

Las dos de la mañana.

Las dos y media.

Las tres.

Entonces apareció Ricardo.

No estaba solo.

Un hombre con gorra descendió de una camioneta negra.

Llevaba una pequeña hielera metálica en las manos.

No se abrazaron.

No conversaron demasiado.

Simplemente intercambiaron un sobre y la hielera.

Después el desconocido se marchó.

Ricardo entró directamente por la puerta de la cocina.

Elena dejó caer lentamente el teléfono sobre la mesa.

Sara notó que su madre había dejado de temblar.

Eso era lo que más miedo le daba.

Porque conocía esa expresión.

No era la de una mujer asustada.

Era la de una mujer que acababa de aceptar una verdad imposible.

Y estaba dispuesta a descubrir hasta el final por qué el hombre con el que compartió dos años de matrimonio parecía haber preparado aquella reunión familiar… para que nadie cuestionara la muerte de su propia esposa.

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