Durante las siguientes setenta y dos horas, Nathan creyó que estaba persiguiendo a una esposa herida.
Creyó que Victoria Qin había huido impulsivamente después de una discusión matrimonial.
Creyó que, tarde o temprano, volvería.
Porque ese era el problema de Nathan.
Nunca me vio.
Vio una versión cómoda de mí.
La mujer que preparaba su cena.
La mujer que esperaba despierta hasta medianoche.
La mujer que bajaba la voz para evitar discusiones.
La mujer que sonreía cuando Serena Lin aparecía en su teléfono.
Nunca imaginó a la mujer que había negociado contratos internacionales por cientos de millones antes de conocerlo.
Nunca imaginó a la mujer que había sentado a presidentes de compañías frente a una mesa y conseguido acuerdos que parecían imposibles.
Nunca imaginó a la heredera Qin.
Y ahora iba a conocerla.
El lunes por la mañana, entré en la sala de juntas del Grupo Qin.
Veinte ejecutivos se levantaron al verme.
—Buenos días, señora Qin.
Me senté en la cabecera.
La misma silla que había ocupado antes de abandonar Londres.
—Comencemos.
El director financiero abrió el informe de NordTech.
—La oferta inicial de Shengheng está en 1.150 millones de euros.
Pasé las páginas lentamente.
—Demasiado alta.
Todos me miraron.
—¿Demasiado alta?
Asentí.
—Porque no están comprando la empresa.
—Están intentando comprar una posición estratégica.
Señalé el documento.
—Shengheng necesita NordTech para bloquear nuestra expansión energética en Europa.
—Si pierden esta adquisición, perderán más que una compañía.
Un ejecutivo levantó la mano.
—¿Entonces debemos retirarnos?
Lo miré.
—No.
Cerré la carpeta.
—Vamos a ganar.
La sala quedó en silencio.
—Pero no pagaremos por miedo.
—Haremos que paguen ellos.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, Nathan seguía intentando encontrarme.
Lo supe porque Claire me envió los informes.
“Nathan fue al antiguo apartamento”.
“Intentó entrar”.
“El propietario confirmó que usted ya no vive allí”.
También había una fotografía.
Nathan parado frente al edificio vacío.
Solo.
Por primera vez parecía comprender algo.
Victoria Qin no estaba escondiéndose.
Victoria Qin se había ido.
Esa tarde recibí una llamada.
Era él.
Desde un número desconocido.
Contesté.
—Victoria.
Su voz era diferente.
No era autoritaria.
No era fría.
Parecía cansada.
—Tenemos que hablar.
Miré los documentos frente a mí.
—No tenemos nada que hablar.
Hubo una pausa.
—Eres la heredera Qin.
No respondí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
Su respiración se volvió pesada.
—Entonces todo este tiempo…
—¿Qué?
—¿Todo este tiempo fingiste?
Sonreí ligeramente.
Qué curioso.
El hombre que me ocultó una relación con otra mujer durante años ahora se sentía traicionado porque yo había ocultado mi apellido.
—Nathan.
Mi voz fue tranquila.
—Yo oculté mi riqueza porque quería que me amaras a mí.
Silencio.
—Tú ocultaste tu traición porque querías conservarme mientras elegías a otra.
No respondió.
—No compares ambas cosas.
Escuché cómo tragaba saliva.
—Victoria, lo de Serena fue un error.
—No.
Miré por la ventana de mi oficina.
Londres brillaba bajo la lluvia.
—Un error ocurre una vez.
—Lo tuyo fue una decisión repetida durante tres años.
—Y la peor parte no fue Serena.
—Fue que pensaste que yo no tenía a dónde ir.
La línea quedó muda.
Entonces Nathan dijo algo que jamás esperaba escuchar.
—¿Todavía me amas?
Cerré los ojos.
Durante mucho tiempo habría respondido que sí.
Pero ahora esa pregunta solo me parecía triste.
—Amé al hombre que pensé que eras.
—Ese hombre ya no existe.
Colgué.
Esa noche, mientras revisaba la estrategia de adquisición de NordTech, llegó un nuevo informe.
El remitente era confidencial.
Lo abrí.
Dentro había documentos financieros de Shengheng.
Y una transferencia llamó mi atención.
Una transferencia hacia el bufete de Nathan.
La fecha.
Tres días antes de nuestra boda.
Mi mano se detuvo.
Porque significaba algo imposible.
Nathan no empezó su relación con Serena después de casarse conmigo.
Había empezado mucho antes.
Y había una última página en el archivo.
Un contrato privado.
Entre Nathan Shen y Shengheng.
El objetivo:
“Obtener acceso a información interna del Grupo Qin mediante vínculo matrimonial”.
Sentí que el aire se congelaba.
La bofetada.
La amante.
El divorcio.
Todo.
No era solo una traición de amor.
Era una operación.
Nathan nunca había querido solamente casarse conmigo.
Quería entrar en mi familia.
Robar mi mundo.
Y cuando creyó que ya no podía ser útil…
intentó destruirme.
Guardé el documento.
Luego llamé a Margaret Wells.
—Necesito añadir una acusación más a la demanda.
—¿Cuál?
Miré el nombre de Nathan en la pantalla.
—Fraude corporativo.
—Y quiero que preparemos una demanda contra Shengheng.
Hubo silencio.
—Victoria, esto cambiará todo.
Sonreí.
—Eso espero.
Porque durante tres años ellos jugaron conmigo pensando que yo era una esposa abandonada.

Pero olvidaron algo.
Nunca abandonaron a una mujer débil.
Abandonaron a una Qin.
Y ahora iba a demostrarles cuánto costaba despertar a una.