PARTE 2: LA SOMBRA SOBRE SU FRENTE

—¡Espera!

Valeria se volvió con una sonrisa amable.

—¿Sí?

Respiré hondo.

Toda mi lógica gritaba que me callara.

Pero aquella sombra…

Era exactamente igual a los dibujos que mi padre había pasado años obligándome a memorizar.

—No subas al edificio de ingeniería esta tarde.

Ella frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Y no tomes el ascensor principal.

Los estudiantes que estaban cerca comenzaron a reír.

—Ya empezó la loca de la montaña.

—Seguro vende amuletos.

—Mírale la ropa.

Valeria, sin embargo, no se burló.

Solo me observó con curiosidad.

—¿Nos conocemos?

Negué con la cabeza.

—No.

Pero si haces lo que tienes planeado… esta tarde morirás.

El silencio duró apenas dos segundos.

Después estallaron las carcajadas.

Un chico sacó el teléfono para grabarme.

—¡Esto se va a hacer viral!

Valeria bajó la voz.

—Escucha… agradezco la preocupación, pero creo que estás confundida.

Asentí.

—Ojalá.

Ella me dedicó una sonrisa educada y volvió hacia el Bentley.

Mientras se alejaba, vi cómo la sombra sobre su frente se hacía todavía más oscura.

Sentí un escalofrío.


Una hora después comenzó la ceremonia de bienvenida.

El auditorio principal estaba completamente lleno.

Yo seguía pensando en Valeria.

No podía concentrarme en nada de lo que decía el rector.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

“No la persigas.”

Fruncí el ceño.

Otro mensaje llegó inmediatamente.

“El destino siempre cobra un precio.”

Levanté la vista, buscando al remitente entre la multitud.

No encontré a nadie.


Al terminar el acto, salí corriendo.

Tenía una sensación horrible en el pecho.

Vi a Valeria entrando al edificio de ingeniería acompañada por varios profesores.

—¡Valeria!

Ella se volvió.

—¿Otra vez tú?

Corrí hasta alcanzarla.

—Por favor.

No entres.

Solo espera cinco minutos.

Cinco.

Uno de los profesores me apartó con gesto molesto.

—Señorita, deje de acosar a nuestra estudiante.

Valeria suspiró.

—Está bien.

No pasa nada.

Entraré un momento y luego hablamos.

Las puertas automáticas se cerraron detrás de ella.

Miré el reloj.

Las tres y diecisiete.

El mismo número que había aparecido, una y otra vez, en los viejos cuadernos de mi padre junto al símbolo de “muerte evitada”.

Sentí que el corazón iba a salírseme del pecho.

A las tres y dieciocho…

Un estruendo sacudió todo el campus.

Las ventanas del primer piso estallaron hacia afuera.

Los estudiantes comenzaron a gritar.

Una enorme lámpara de cristal cayó desde el vestíbulo central exactamente sobre la entrada por la que Valeria había pasado apenas unos segundos antes.

El edificio quedó envuelto en polvo.

Corrí sin pensar.

Cuando el humo empezó a disiparse, vi a Valeria tendida en el suelo.

Estaba viva.

Pero inmóvil.

Un guardia de seguridad gritó:

—¡Llamen a una ambulancia!

Otro estudiante señaló hacia mí.

—¡Ella lo sabía!

En cuestión de segundos, decenas de personas comenzaron a rodearme.

Nadie me miraba ya como a una muchacha disfrazada con una túnica antigua.

Me observaban como si hubiera provocado el accidente…

O como si hubiera visto el futuro.

Y, en ese instante, entre el caos y las sirenas, un hombre de cabello completamente blanco descendió de una limusina negra, me miró fijamente y pronunció una frase que hizo que la sangre se me helara.

—Por fin encontré a la verdadera heredera del Gran Maestro Elías.

Leer la Parte 3 a continuación.

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