Thomas Brand no dijo una sola palabra durante varios segundos.
Solo abrazó a Beate.
Con cuidado.
Como si temiera romper a la niña a la que había enseñado a caminar y que ahora descubría cubierta de heridas que él nunca había visto.
Cuando finalmente se separó, le acarició el cabello.
—Perdóname.
Beate negó con la cabeza entre lágrimas.
—No sabías…
Él cerró los ojos un instante.
—Debí haberlo sabido.
La comisaria Sarah Brenner dejó la tableta sobre la mesa.
—Señor Brand, ya contamos con el video, el informe médico preliminar y el testimonio de su hija. Vamos a solicitar una orden de detención inmediata.
Thomas respiró hondo.
La disciplina militar seguía en cada uno de sus movimientos.
Pero sus manos temblaban.
No de miedo.
De rabia.
El doctor Richter intervino.
—Lo más importante ahora es el bebé. Beate presenta contracciones prematuras provocadas por el estrés y los golpes. Debe permanecer hospitalizada.
Thomas asintió sin apartar la vista de su hija.
—No volverá a esa casa.
—Nunca más.
A esa misma hora, Gero Müller entraba tranquilamente en su empresa.
Saludó al recepcionista.
Bromeó con dos clientes.
Preparó un café.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Beate.
Solo cuatro palabras.
“Necesitamos hablar hoy.”
Sonrió con desprecio.
Pensó que finalmente ella iba a disculparse.
No respondió.
Diez minutos después, la puerta principal de la oficina se abrió.
Entraron cuatro agentes de policía.
Todos uniformados.
Toda la oficina quedó en silencio.
—¿Señor Gero Müller?
Él levantó la vista con tranquilidad.
—Sí.
La comisaria Brenner avanzó hasta quedar frente a él.
—Queda detenido como sospechoso de violencia agravada contra su esposa embarazada y de poner en peligro la vida de un menor no nacido.
Gero soltó una risa breve.
—Debe haber un error.
Mi esposa exagera cuando discutimos.
Brenner abrió la tableta.
Presionó reproducir.
El sonido del cinturón llenó la oficina.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Los empleados comenzaron a mirarlo horrorizados.
Después apareció la imagen.
Beate, embarazada de siete meses, protegiéndose el vientre mientras él descargaba el cinturón una y otra vez.
Nadie habló.
El color desapareció del rostro de Gero.
—Eso…
Intentó retroceder.
—Está editado.
Brenner detuvo el video.
—Tenemos la grabación completa almacenada en la nube, la copia original del servidor y tres respaldos enviados antes de que usted saliera de casa.
Le mostró las esposas.
—Ya no tiene nada que destruir.
Gero buscó desesperadamente a sus compañeros.
Nadie sostuvo su mirada.
El director de la empresa dio un paso atrás.
Su secretaria empezó a llorar.
El hombre amable, elegante y respetado que todos creían conocer acababa de desaparecer para siempre.
Esa tarde, Thomas acompañó a Beate durante otra ecografía.
Los latidos del bebé llenaron nuevamente la habitación.
Esta vez eran fuertes.
Constantes.
El médico sonrió.
—Su hijo está luchando.
Beate rompió a llorar de alivio.
Thomas tomó su mano.
—Ya terminó.
Ella levantó la vista.
—¿Y si sale libre?
Su padre la miró con una firmeza que solo había visto cuando él vestía el uniforme.
—Escúchame bien, Beate.
No permitió que el miedo interrumpiera sus palabras.
—Durante treinta años protegí a personas que ni siquiera conocía.
Ahora solo tengo una misión.

Proteger a mi hija.
Y a mi nieto.
Se inclinó y besó su frente.
—Mientras yo siga respirando…
Jamás volverá a tocarte.