Mis manos temblaban tanto que casi dejé caer el teléfono.
Marqué el número del profesor Ramírez.
Contestó al primer timbrazo.
—Isabel.
Su voz era tranquila.
—Profesor… yo…
Las palabras no salían.
Solo podía llorar.
Él esperó unos segundos antes de hablar.
—Respira.
Vi todo lo que ocurrió.
No fue tu culpa.
Cerré los ojos.
—La entrevista terminó.
Perdí mi oportunidad.
—No.
Respondió con firmeza.
—La entrevista fue suspendida.
No cancelada.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Los representantes de Harvard permanecieron conectados varios minutos después de que la llamada se cortó.
Vieron cómo intentabas levantar la computadora.
Escucharon parte de lo que ese hombre dijo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Ellos… saben lo que pasó?
—Sí.
Y alguien quiere hablar contigo.
Escuché otra voz al otro lado de la línea.
Hablaba un español pausado con ligero acento.
—¿Isabel?
—Sí…
—Soy la doctora Eleanor Brooks, miembro del comité de admisiones de Harvard.
Primero quiero decirle algo.
Lo ocurrido hoy fue un acto de violencia y sabotaje.
No una falta de capacidad por parte suya.
Las lágrimas volvieron a caer.
—Lo siento mucho…
Ella me interrumpió.
—No tiene que disculparse.
Quien debe hacerlo no es usted.
Respiré profundamente.
—¿Entonces…?
—Queremos ofrecerle una nueva entrevista.
Presencial o virtual.
Con todo el tiempo que necesite para recuperar su material.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—¿De verdad?
—Sí.
Y hay algo más.
El profesor Ramírez nos envió copias de respaldo de sus investigaciones hace dos semanas.
Su trabajo no se perdió.
Me quedé completamente inmóvil.
Los archivos…
Seguían existiendo.
El profesor sonrió al otro lado del teléfono.
—Te conozco demasiado bien, Isabel.
Siempre hago una copia de seguridad de los trabajos de mis mejores estudiantes.
Por primera vez en todo el día…
Sonreí.
Cuando colgué, Gabriel seguía sentado en el sofá comiendo tranquilamente.
—¿Ya terminaste el drama?
Lo miré.
Ya no sentía rabia.
Solo una inmensa indiferencia.
Entré al dormitorio.
Saqué una maleta.
Empecé a guardar mi ropa.
Él soltó una carcajada.
—¿En serio vas a hacer las maletas?
No respondí.
—Vamos, Isabel.
¿A dónde piensas ir?
¿A casa de tu mamá?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Él mismo comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
Mi madre había muerto.
Aun así…
Había usado su recuerdo para burlarse de mí.
Levanté lentamente la vista.
—Acabas de decir la única frase que hacía falta para no volver a verte nunca más.
Gabriel dejó el tenedor.
—No quise decir eso.
Seguí guardando mis cosas.
—Lo sé.
Eso es precisamente lo peor.
No piensas antes de destruir a las personas.
En ese momento llamaron a la puerta.
Gabriel abrió sin mirar.
Era Camila.
Entró riéndose.
—¿Ya se le pasó el berrinche?
Al verme con la maleta dejó de sonreír.
—¿Qué haces?
Cerré la cremallera.
—Irme.
Camila cruzó los brazos.
—¿Por una bromita?
Saqué el teléfono.
Abrí un video.
Lo reproduje.
Era la grabación automática de seguridad de mi cámara web.
Se veía perfectamente a Gabriel estampándome el pastel.
A Camila rociándome con champaña.
Y, sobre todo…
Se escuchaban con absoluta claridad sus palabras.
“Hoy perdimos una apuesta.”
“Necesitábamos un chivo expiatorio.”
“Tú estabas aquí.”
La sonrisa de Camila desapareció.
Gabriel palideció.
—¿Grabaste eso?
Negué con calma.
—No.
Lo grabó automáticamente mi computadora antes de apagarse.
Y ya está respaldado en la nube.
Los dos quedaron completamente inmóviles.
Entonces levanté la maleta.
—Por cierto…
Harvard acaba de darme una segunda entrevista.
Camila abrió mucho los ojos.
Gabriel dio un paso hacia mí.
—Isabel…
Podemos arreglar esto.
Sonreí por última vez.
—No.
Lo que ustedes hicieron fue una broma.
Lo que acaba de pasar…
Es una consecuencia.
Cerré la puerta detrás de mí.
Y mientras el ascensor descendía lentamente, mi teléfono volvió a vibrar.
Era un nuevo correo de Harvard.
“Nos complace informarle que, además de reprogramar su entrevista, el comité ha decidido otorgarle una beca extraordinaria de investigación por la excelencia demostrada antes y durante el incidente.”
Miré mi reflejo en la puerta del ascensor.

La crema ya se había secado.
Las lágrimas también.
Y comprendí que algunas personas llegan a tu vida para romperte…
Solo para descubrir demasiado tarde que, al hacerlo, terminaron empujándote exactamente hacia el futuro que siempre estuviste destinada a alcanzar.