Larkin se detuvo a apenas un metro de mí.
Por primera vez desde que trabajaba para él, no dijo una sola palabra.
Sus ojos recorrieron el vestido negro, mi nuevo cabello y la seguridad con la que sostenía la mirada.
Thomas soltó una carcajada nerviosa.
—Vaya… parece que nuestra secretaria aprendió a disfrazarse.
Sonreí apenas.
—Y usted sigue creyendo que las apariencias lo son todo.
Varios invitados comenzaron a observar la escena.
Larkin inclinó ligeramente la cabeza.
—No esperaba esto.
—Lo sé.
—¿Por qué esconderte durante tres años?
Tomé una copa de champán de la bandeja de un camarero.
—Porque las personas invisibles sobreviven más tiempo.
La respuesta hizo que el silencio creciera alrededor de nosotros.
Thomas dio un paso al frente.
—No olvides quién firma tu sueldo.
Lo miré como si apenas acabara de notar su presencia.
—No.
Bebí un pequeño sorbo.
—Solo olvidé preocuparme.
Los ojos de Thomas brillaron de ira.
Antes de que pudiera responder, una voz grave resonó desde el otro extremo del salón.
—Larkin Steves.
Todos se giraron.
Don Alessandro Romano acababa de entrar.
Nadie levantaba la voz cuando él estaba cerca.
Durante décadas había controlado gran parte del crimen organizado del noreste del país.
Incluso los hombres más peligrosos le abrían paso.
Larkin avanzó para recibirlo.
Yo me hice a un lado, como siempre.
Pero Romano no dejó de caminar frente a Larkin.
Siguió avanzando…
…hasta detenerse frente a mí.
El salón entero quedó inmóvil.
Thomas frunció el ceño.
—¿Qué demonios…?
Romano sonrió levemente.
—Han pasado años, señorita Woods.
Larkin me miró sorprendido.
—¿Se conocen?
Negué con calma.
—Hace mucho tiempo.
Romano sostuvo mi mirada.
—Tu padre era un hombre extraordinario.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Hacía diez años que nadie mencionaba a mi padre.
—Lo recuerda.
—Los hombres que me salvaron la vida no se olvidan.
Las conversaciones desaparecieron por completo.
Larkin observaba cada gesto.
Cada palabra.
Romano tomó mi mano con respeto.
—Cuando desapareciste después de su muerte, pensé que nunca volvería a verte.
Thomas abrió mucho los ojos.
—¿Su padre?
Romano giró lentamente hacia él.
—El coronel Jonathan Woods.
El hombre que entrenó durante veinte años a las unidades especiales que protegían a funcionarios federales… antes de rechazar trabajar para cualquiera de nosotros.
Nadie dijo una palabra.
Romano volvió a mirarme.
—Él me pidió una sola cosa antes de morir.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Que jamás interviniera en tu vida.
Bajó la voz.
—Dijo que querías construir tu propio camino.
Larkin seguía inmóvil.
Yo respiré lentamente.
—Y así fue.
Romano sonrió.
—Lo hiciste bien.
Thomas soltó una risa incrédula.
—¿Entonces la contadora resulta ser la hija de un héroe?
Lo miré directamente.
—No.
Hice una breve pausa.
—Solo soy una mujer que aprendió muy pronto que llamar la atención puede matarte.
Larkin dio un paso hacia mí.
—¿Aceptaste este trabajo sabiendo quién era yo?
—Sí.
—¿Y nunca tuviste miedo?
Lo pensé unos segundos.
—Todos los días.
La sinceridad pareció sorprenderlo más que cualquier otra cosa.
Entonces un camarero se acercó apresuradamente hasta Larkin.
Le entregó un teléfono.
—Señor… es urgente.
Larkin escuchó durante apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Colgó lentamente.
Thomas sonrió.
—¿Qué pasa?
Larkin no respondió.
Solo levantó la vista hacia mí.
—Alguien acaba de vaciar tres cuentas secretas del sindicato.
Mi sangre se heló.
Porque esas cuentas…
…eran precisamente las que yo conciliaba cada viernes.
Todos los hombres del salón comenzaron a mirarme al mismo tiempo.
Y comprendí que, en menos de un minuto, había dejado de ser la secretaria invisible…
…para convertirme en la única persona que podía explicar quién acababa de robar millones de dólares al sindicato más peligroso de Nueva York.
