PARTE 2: El secreto que Priya murió creyendo proteger

Aaron sujetó con fuerza el brazo de su hermano.

Su voz apenas fue un susurro.

—No se lo enseñes…

—¿Por qué? —preguntó Aiden con miedo.

Aaron no apartó la vista de mí.

—Porque Maya dijo que, si el hombre del collar nos encontraba, nos mataría igual que mató a nuestra mamá.

El mundo dejó de girar.

Víctor me tomó la mano sin entender por qué había dejado de respirar.

—Papá…

No pude responder.

Me arrodillé lentamente frente a los dos niños.

—Escúchenme bien.

Intenté mantener la voz firme.

—Yo jamás le hice daño a Priya.

Aaron dudó.

Aiden abrazó el relicario contra su pecho.

—Ella decía que nuestro papá era bueno.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Ella hablaba de mí?

Los dos asintieron.

—Todas las noches —susurró Aaron—. Decía que algún día nos encontrarías.

Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la lluvia.

Cinco años.

Cinco años creyendo que mis hijos habían muerto.

Cinco años mientras ellos sobrevivían entre refugios, calles y promesas rotas.

Víctor dio un paso adelante.

Sacó otro paquete de galletas de su mochila.

—Si él es mi papá…

Miró a los gemelos.

—Entonces ustedes también son mis hermanos.

Les ofreció el paquete entero.

Ninguno de los dos lo tomó de inmediato.

No porque desconfiaran de Víctor.

Porque no estaban acostumbrados a que alguien les regalara comida sin pedir nada a cambio.

Aiden fue el primero en aceptar.

Sonrió tímidamente.

Era exactamente la sonrisa de Priya.

Sentí que el pecho me ardía.

—Prescott.

Mi jefe de seguridad apareció enseguida.

—Sí, señor.

—Quiero un médico aquí en cinco minutos.

—Ya viene en camino.

—Y nadie…

Miré a los niños.

—Nadie vuelve a separarlos.

Los guardias asintieron inmediatamente.

Mientras una manta térmica cubría a Aaron y Aiden, abrí el relicario con cuidado.

Dentro seguía la fotografía de Priya.

Pero detrás de la imagen había algo más.

Un pequeño papel doblado.

Lo deslicé lentamente hacia afuera.

Era una nota escrita con su letra.

“Si estás leyendo esto, significa que encontraron a nuestros hijos antes que tú.”

Las manos comenzaron a temblarme.

“No confíes en el hospital.”

Seguí leyendo.

“No fue un accidente.”

Sentí que la respiración desaparecía.

“No dejé de luchar por ellos.”

La tinta estaba corrida por lágrimas antiguas.

“Si yo no sobrevivo, busca a la enfermera Emily Carson.”

“Ella sabe quién se llevó a Aaron y Aiden.”

Miré la fecha.

Había sido escrita la noche antes del parto.

Cinco años.

Cinco malditos años.

Prescott tomó aire lentamente.

—Señor…

Levantó una tableta.

—Encontré algo sobre Maya.

—Habla.

—No ha salido del país.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿dónde está?

—Trabaja desde hace cuatro años…

Su voz vaciló.

Eso nunca ocurría.

—¿Dónde?

—En el mismo hospital donde nacieron los niños.

Apreté el papel con tanta fuerza que casi lo rompí.

—¿Cómo es posible?

—Figura como administradora del archivo clínico.

Todas las piezas comenzaron a encajar.

Los documentos desaparecidos.

La enfermera que quiso hablar conmigo.

Los expedientes que jamás volví a ver.

No había sido un error.

Había sido un plan.

En ese instante, uno de mis hombres corrió bajo la lluvia.

—¡Señor Mallory!

—¿Qué ocurre?

—Acabamos de revisar el contenido completo del relicario.

—¿Y?

El guardia tragó saliva.

—Había un segundo compartimento oculto.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué contiene?

El hombre me entregó una diminuta llave plateada.

En el llavero había una sola palabra grabada.

LOCKER 217.

Debajo aparecía el nombre del hospital donde Priya había dado a luz.

Miré una última vez a mis tres hijos.

Después guardé la llave en el bolsillo.

Porque comprendí que la verdad sobre la muerte de mi esposa nunca había sido enterrada con ella…

Había estado esperando cinco años dentro de un casillero que alguien había olvidado destruir.

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