PARTE 2: LA RAZÓN PARA VIVIR

Los ojos de Dominic se clavaron en mí.

—¿Qué dijiste?

—Que no voy a salir.

Intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a detenerse.

—Las otras enfermeras fueron más inteligentes.

Encendí la lámpara.

La venda estaba completamente empapada.

—Las otras enfermeras quizá podían permitirse perder el trabajo.

Abrí mi bolsa.

—Yo tengo alquiler.

Por primera vez, algo parecido a sorpresa cruzó su rostro.

—¿No sabes quién soy?

—Ahora mismo eres un paciente con fiebre y una herida que volvió a abrirse.

Me acerqué.

Dominic agarró mi muñeca.

—No me toques.

—Entonces dime por qué estás intentando morir.

Su expresión cambió.

Había acertado.

—No sabes nada.

—Sé que seis enfermeras renunciaron porque impediste que te trataran. Eso no es terquedad. Es una decisión.

Sus dedos se aflojaron.

Limpié la herida mientras él permanecía en silencio.

Finalmente murmuró:

—Mi hijo murió hace cuatro meses.

Me detuve.

—Matteo tenía seis años.

Su voz perdió toda dureza.

—El coche era para mí. Él subió primero.

Entonces comprendí.

Dominic no estaba rechazando el tratamiento porque no temiera morir.

Lo rechazaba porque quería hacerlo.

—Sobrevivir no significa que lo traicionaste —dije.

Sus ojos se endurecieron.

—No vuelvas a hablar de mi hijo.

—Entonces deja de castigarlo utilizando su recuerdo para destruirte.

Dominic me miró como si nadie hubiera tenido valor suficiente para decirle aquello.

Terminé de vendarlo.

—Mañana regresaré.

—Estás despedida.

Recogí mi bolsa.

—Perfecto. Págame el turno de hoy.

Cuando abrí la puerta, escuché algo inesperado.

Una risa breve.

La primera, según Leo me contó después, desde la muerte de Matteo.

A la mañana siguiente encontré un sobre bajo la puerta de mi apartamento.

Dentro había dinero suficiente para cubrir varios meses de alquiler.

Y una nota:

No es caridad. Preséntate a las ocho.

Regresé.

Durante las siguientes semanas, Dominic dejó de arrancarse las vendas. Su fiebre desapareció. Empezó a caminar nuevamente.

Pero una noche encontré una fotografía de Matteo sobre su escritorio.

Detrás había escrito un nombre.

Reconocí inmediatamente el apellido.

Era el mismo hombre que había firmado la orden que eliminó mi puesto en el hospital.

Miré a Dominic.

—¿Quién es?

Su rostro se volvió de piedra.

—El hombre que mató a mi hijo.

Sentí que se me helaba la sangre.

Porque de repente mi despido, mis deudas y aquel trabajo en la mansión Rossi dejaron de parecer una coincidencia.

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