No respondí enseguida.
Nathan dio un paso hacia nosotros.
—Elena, te pregunté si Noah es mi hijo.
Me interpuse entre ambos.
—Hace tres años dijiste que no querías que naciera. No puedes aparecer ahora y llamarlo “tu hijo”.
Su rostro se tensó.
—Me dijiste que te ibas. Nunca dijiste que continuarías con el embarazo.
—Porque ya habías tomado tu decisión.
Nathan miró a Noah nuevamente.
—Quiero una prueba de ADN.
—Puedes solicitarla legalmente.
Aquello lo desconcertó. El antiguo Nathan habría esperado que yo obedeciera inmediatamente.
Ese hombre ya no tenía poder sobre mí.
Dos semanas después, la prueba confirmó lo evidente.
99,99 % de probabilidad de paternidad.
Pero entonces Nathan hizo exactamente lo que había temido.
Solicitó la custodia.
Su equipo legal me describió como una mujer que había ocultado deliberadamente a un padre de su hijo.
Parecía una batalla imposible.
Hasta que Claire Hamilton me llamó.
—Tengo algo que necesitas ver.
Nos encontramos en una cafetería.
Claire parecía diferente. Sin arrogancia. Sin aquella sonrisa perfecta.
Colocó su teléfono frente a mí.
Había mensajes antiguos de Nathan.
Uno decía:
“Cuando Elena resuelva el problema del embarazo, podremos anunciar nuestro compromiso.”
Otro:
“Si se niega, tendrá que marcharse.”
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Por qué me das esto?
Claire soltó una risa amarga.
—Porque nunca me casé con él.
Levanté la mirada.
—La fusión fracasó seis meses después de que desaparecieras. Cuando mi familia dejó de serle útil, descubrí exactamente qué clase de hombre era.
En la audiencia, aquellos mensajes cambiaron todo.
Nathan ya no podía presentarse simplemente como el padre al que habían privado injustamente de conocer a su hijo.
Había pruebas de que había presionado a su esposa embarazada para apartar al bebé de sus planes y después había dejado de buscarla.
El tribunal mantuvo a Noah conmigo y estableció que cualquier acercamiento de Nathan tendría que desarrollarse de forma gradual y bajo las condiciones determinadas para proteger al niño.
Al salir, Nathan me alcanzó.
—Perdí tres años con él.
Me giré.
—No, Nathan.
Señalé hacia Noah, que esperaba de la mano de Rose.
—Los entregaste voluntariamente.
Noah corrió hacia mí.
Lo levanté y él rodeó mi cuello con sus pequeños brazos.
Nathan permaneció a varios metros, mirándonos.
Por primera vez comprendía que compartir los ojos de un niño no convertía automáticamente a un hombre en su padre.

Eso tendría que ganárselo.
Y esta vez, Nathan Whitmore no podía comprar, amenazar ni negociar el resultado.