El veterano avanzó lentamente hacia mí, con los ojos clavados en la insignia de mi uniforme.
—Dios mío… —murmuró—. ¿Capitana Victoria Hayes?
Ethan soltó una carcajada.
—¿Ahora resulta que es famosa?
El anciano ni siquiera lo miró.
—Soy el sargento retirado Thomas Walker. Serví bajo el mando del coronel James Mitchell.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Hacía siete años que no escuchaba aquel nombre pronunciado por alguien que lo hubiera conocido personalmente.
—Coronel Mitchell… —susurré.
Thomas asintió.
—Él me habló de usted.
La sonrisa de Ethan desapareció ligeramente.
—¿De qué demonios están hablando?
Thomas giró hacia él.
—Joven, ¿tiene idea de quién es esta mujer?
Ethan cruzó los brazos.
—Una soldadito que tiene miedo de pelear.
El rostro del veterano se endureció.
—Esta mujer dirigió una misión de rescate en Afganistán cuando su unidad quedó aislada durante cuarenta y ocho horas. Sacó a nueve soldados de una situación que todos consideraban imposible.
Un murmullo recorrió la multitud.
Denise se llevó una mano a la boca.
—Victoria… ¿eso es verdad?
Bajé la mirada.
—Hice mi trabajo.
Thomas negó lentamente.
—No, capitana. Hizo mucho más que eso.
Ethan parecía irritado.
—Muy conmovedor. ¿Vamos a luchar o no?
Lo miré.
—Carlos, ¿siguen vigentes las reglas?
El instructor asintió con seriedad.
—Sí. Y yo detendré esto inmediatamente si alguien pierde el control.
Entré en la colchoneta.
Ethan sonrió de nuevo.
—Intenta no romperte nada, abuela.
Tenía treinta y cuatro años.
Pero no respondí.
Carlos levantó la mano.
—¡Comiencen!
Ethan avanzó rápidamente, intentando sujetarme del cuello.
Me aparté medio paso.
Falló.
Volvió a intentarlo.
Esta vez consiguió agarrar mi manga.
Sentí cómo preparaba una proyección.
Su técnica era buena.
Muy buena.
Pero estaba cometiendo un error.
Estaba luchando contra la imagen que tenía de mí, no contra la persona que tenía delante.
Cambió su peso hacia adelante.
Aproveché el movimiento, controlé su equilibrio y lo llevé suavemente hacia la colchoneta.
La multitud contuvo el aliento.
Ethan intentó recuperar su posición.
Durante varios segundos forcejeamos.
Entonces conseguí una posición de control lateral.
—¿Te rindes? —pregunté tranquilamente.
—¡Ni soñarlo!
Intentó girar.
Le permití moverse lo suficiente para que comprendiera que estaba atrapado, sin aplicar ninguna presión peligrosa.
Carlos observaba atentamente.
Ethan golpeó la colchoneta dos veces.
—¡Alto! —ordenó Carlos.
Me aparté inmediatamente.
Todo había terminado.
Veintisiete segundos.
Nadie aplaudió al principio.
El silencio era demasiado grande.
Después, Denise comenzó a hacerlo.
Otros la siguieron.
Pero yo no levanté los brazos.
Simplemente ayudé a Ethan a incorporarse.
—Buen entrenamiento —le dije.
Él apartó mi mano.
—¡Tuviste suerte!
Su padre avanzó furioso.
—¡Esto fue una exhibición preparada! ¡Mi hijo jamás perdería contra una mujer sin entrenamiento profesional!
Entonces Thomas Walker dio un paso adelante.
—Señor Caldwell, le recomiendo que deje de hablar.
Richard Caldwell lo miró con desprecio.
—¿Y usted quién es para darme órdenes?
Thomas sonrió tristemente.
—Alguien que conoce la historia de su familia.
El rostro de Richard cambió.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
Thomas se volvió hacia mí.
—Capitana Hayes, necesito mostrarle algo.
Sacó de su chaqueta una fotografía antigua.
En ella aparecían doce soldados frente a un helicóptero.
Reconocí inmediatamente al coronel Mitchell.
Y junto a él había un joven soldado que jamás había olvidado.
Daniel Caldwell.
Mi mejor amigo durante el despliegue.
El hombre que había dado su vida para salvar a cuatro compañeros.
Levanté lentamente la mirada hacia Richard.
—¿Daniel era su hermano?
Richard dejó de respirar.
Ethan miró a su padre.
—Papá, ¿quién es Daniel?
Thomas guardó la fotografía.
—Tu tío.
El silencio regresó.
—Tu familia te dijo que había muerto en un accidente de automóvil, ¿verdad?
Ethan palideció.
—Sí…
Thomas negó con la cabeza.
—Daniel fue un Ranger. Y esta mujer estuvo con él en su última misión.
Sentí que los recuerdos regresaban con una intensidad dolorosa.
—Daniel era el hombre más valiente que conocí —susurré.
Richard cerró los ojos.
Pero Ethan retrocedió un paso.
—¿Por qué nunca me contaste esto, papá?
Richard no respondió.
Entonces Thomas sacó un sobre amarillento.
—Porque Daniel dejó una carta antes de morir.
Richard abrió los ojos de golpe.
—¡Guarde eso!
Thomas permaneció inmóvil.
—La carta estaba destinada a su sobrino cuando cumpliera veinticinco años.
Ethan miró el sobre.
—Tengo veintisiete.
Thomas asintió.
—Lo sé.
Me entregó la carta.
Reconocí inmediatamente la letra de Daniel.
Y cuando vi la última línea, sentí que la sangre se me helaba.
“Victoria, si algún día conoces a mi sobrino Ethan, dile que su padre no es el hombre que cree conocer”.
Levanté lentamente la mirada hacia Richard Caldwell.
Su rostro estaba completamente blanco.
Pero entonces Thomas añadió algo que nadie esperaba.
—Capitana, Daniel no murió solamente protegiendo a sus compañeros.
Hizo una pausa.
—Antes de su última misión había descubierto algo sobre los negocios de su hermano.
Richard comenzó a retroceder.
Ethan lo miró, aterrorizado.
—Papá… ¿qué hiciste?
Y por primera vez aquella tarde, el hombre más rico de Larksburg Court parecía tener verdadero miedo.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…