PARTE 2 — LA PUERTA QUE YA NO PODÍAN CRUZAR

El clic de la cerradura hizo que el departamento quedara en un silencio extraño.

Mireya sonrió con desprecio.

—¿Crees que encerrarnos te hará sentir poderosa?

Valeria dejó el teléfono sobre la mesa sin apartar la vista de ella.

—No.

—Solo quería asegurarme de que todos estuvieran presentes cuando llegue la policía.

Los dos guardaespaldas intercambiaron una mirada.

Damián levantó la cabeza por primera vez.

—¿Policía?

Valeria asintió con tranquilidad.

—Y también dos personas más.

Mireya soltó una carcajada.

—¿Piensas denunciarme porque intenté convencer a tu hija de proteger el patrimonio familiar?

—No.

—Entonces, ¿por qué?

Valeria abrió lentamente un cajón del aparador.

Sacó una carpeta azul bastante gastada.

La colocó junto a la carpeta negra de Mireya.

—Porque llevo casi una hora grabando todo lo que han dicho.

La sonrisa de Mireya desapareció apenas un instante.

—Eso no demuestra nada.

—¿No?

Valeria pulsó la pantalla del teléfono.

La voz de Mireya llenó la sala.

“Mi hijo pedirá la anulación…”

“Mis abogados las van a dejar hundidas…”

“Ese inmueble tiene que pasar a nombre de Damián…”

Nadie habló.

Valeria detuvo la grabación.

—Extorsión.

Miró después a Camila.

—Privación ilegal de la libertad.

Observó el vestido roto.

—Lesiones.

Finalmente levantó la carpeta azul.

—Y todavía falta lo más interesante.

Mireya intentó mantener la calma.

—No sabes con quién te estás enfrentando.

Valeria sonrió.

—Sí lo sé.

Abrió la carpeta.

Dentro había copias de escrituras, registros notariales y varios organigramas empresariales.

Damián frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Hace doce años investigué una red de empresas fantasma que lavaban dinero mediante desarrollos inmobiliarios.

Mireya dejó de respirar por un segundo.

Valeria continuó.

—El caso fue archivado cuando me retiré.

—Pero nunca destruí mis notas.

Sacó una fotografía.

La dejó frente a Mireya.

Era una imagen antigua.

Mucho más joven.

Entrando a una notaría junto a un hombre de cabello blanco.

—Reconoce a esta persona, ¿verdad?

Mireya empalideció.

—No sé de qué hablas.

Valeria colocó otra fotografía.

Después otra.

Y otra más.

Todas mostraban reuniones con los mismos empresarios.

Los mismos notarios.

Las mismas sociedades.

—Curiosamente, muchos de esos nombres aparecen hoy como accionistas de Arriaga Desarrollos.

Damián abrió los ojos.

—Mamá…

Ella no respondió.

Uno de los guardaespaldas dio un paso atrás.

Valeria cerró lentamente la carpeta.

—Cuando dejé la fiscalía me obligaron a abandonar el expediente.

—Pero nunca olvidé los rostros.

En ese momento sonó el timbre.

Tres veces.

Nadie se movió.

Valeria caminó hasta la puerta.

Miró por la mirilla.

Después abrió.

Dos agentes de la Policía de Investigación entraron acompañados por una mujer de traje gris.

Camila la reconoció enseguida.

—Licenciada Herrera…

Era su abogada.

La mujer mostró una carpeta sellada.

—Señora Valeria Rivas.

—El juez autorizó hace veinte minutos la orden de aseguramiento preventivo de cualquier documento relacionado con el intento de transferencia patrimonial denunciado por la señorita Camila Rivas.

Uno de los agentes observó el vestido ensangrentado.

Después miró la herida de su clavícula.

—¿Quién la lesionó?

Nadie contestó.

La abogada tomó la carpeta negra que Mireya había llevado.

La abrió.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Interesante…

Levantó una hoja.

—Aquí aparece una cesión gratuita del departamento.

Miró a Camila.

—Con una firma que claramente no coincide con la registrada en su identificación oficial.

El agente guardó silencio unos segundos.

Después miró directamente a Mireya.

—Señora Arriaga…

—A partir de este momento necesito que nadie abandone este departamento.

La seguridad absoluta con la que Mireya había entrado comenzó a desmoronarse.

Y por primera vez en toda la noche comprendió que la puerta cerrada nunca había sido una trampa para la familia Rivas.

Había sido una jaula preparada para ella.

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