PARTE 2: LA PUERTA QUE NO DEBÍA TOCAR

La manija volvió a girar.

Una.

Dos.

Tres veces.

—Emma… abre. Tenemos que hablar.

Mateo seguía sonriendo al otro lado de la puerta.

Yo no respondí.

Solo activé la grabación de mi teléfono y lo dejé sobre el escritorio.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—Solo conversar.

—Hablamos mañana.

Su voz perdió inmediatamente el tono amable.

—No.

—Es ahora.

Empujó la puerta con más fuerza.

La cerradura resistió.

—Sé que estás despierta.

Me acerqué sin hacer ruido hasta la ventana.

Mi habitación daba al jardín delantero.

A las nueve y media, el automóvil de mi padre seguía estacionado.

Pero él no estaba en casa.

Había vuelto a salir para atender una llamada urgente de la empresa.

Estábamos solos.

Volví hacia la puerta.

—Mateo.

—¿Sí?

—Aléjate de mi habitación.

Escuché una risa baja.

—¿Tanta confianza te da ese papel donde dice que la casa es tuya?

No contesté.

Él continuó.

—Las cosas cambian muy rápido.

Después de unos segundos, sus pasos finalmente se alejaron.

Esperé diez minutos antes de salir.

La casa estaba completamente oscura.

Solo la luz de la cocina seguía encendida.

Bajé despacio.

Y entonces escuché voces.

Mateo y Carmen no sabían que el extractor de aire llevaba años averiado y amplificaba cualquier conversación.

—¿Qué hiciste? —preguntó Carmen.

—Nada todavía.

—La mocosa cerró con llave.

—No vuelvas a acercarte a su cuarto esta noche.

—¿Por qué?

—Porque Richard sospechará.

Mateo golpeó la mesa.

—¡Pues acelera las cosas!

—No pienso vivir como invitado.

Carmen bajó aún más la voz.

—Escúchame bien.

—Primero conseguiremos que Richard te nombre gerente.

—Después convenceremos a Emma de vender esta casa.

—¿Y si no acepta?

Hubo un silencio incómodo.

Entonces Carmen respondió con una tranquilidad que me heló la sangre.

—Todos terminan aceptando cuando creen que ya no tienen otra opción.

Sentí un escalofrío.

Aquello ya no era simple ambición.

Era un plan.

Regresé a mi habitación sin hacer ruido.

Abrí nuevamente el sobre que mi madre me había dejado.

Debajo de la carta había un segundo documento que nunca había leído con atención.

Era un contrato.

En la última página aparecía una cláusula escrita a mano por el abogado Harris.

“En caso de que el señor Richard Walker vuelva a contraer matrimonio, cualquier intento de vender, hipotecar o transferir esta propiedad requerirá obligatoriamente la firma de Emma Walker.”

Me quedé inmóvil.

Ahora entendía por qué Carmen estaba tan desesperada.

No podía quedarse con la casa.

Ni convencer a mi padre de venderla.

Mientras yo existiera, aquella propiedad era intocable.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje del abogado Harris.

“Emma, tu padre me llamó esta noche.”

“Me pidió que revisara nuevamente el testamento de tu madre.”

“Creo que alguien está intentando presionarlo para firmar unos documentos.”

Levanté la vista hacia la puerta.

En ese mismo instante escuché el motor de un automóvil.

Mi padre había regresado.

Bajé corriendo.

Lo encontré entrando con el saco en la mano.

Pero no venía solo.

Detrás de él caminaban dos hombres con portafolios.

Carmen apareció inmediatamente con una sonrisa.

—Richard, ¿quiénes son?

Mi padre dejó lentamente las llaves sobre la consola.

—Notarios.

La sonrisa de Carmen vaciló.

—¿Notarios?

—Sí.

Él la miró fijamente.

—Esta noche vamos a revisar todos los documentos de esta casa.

Mateo salió de la cocina intentando aparentar tranquilidad.

—¿Ocurre algo?

Mi padre giró hacia él.

—Sí.

Sacó una carpeta de cuero.

—Hace una hora intentaron tramitar un poder para vender una de mis propiedades.

El color desapareció del rostro de Carmen.

—¿Qué… qué poder?

El notario abrió la carpeta.

—Alguien falsificó la firma del señor Richard Walker.

Toda la sala quedó en silencio.

Mi padre dio un paso al frente.

Miró primero a Carmen.

Luego a Mateo.

Y pronunció una frase que ninguno de los dos esperaba escuchar.

—Quiero saber cuál de los dos empezó a robarme primero.

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