PARTE 2: LA PUERTA ABIERTA

Esa noche apenas dormí.

El teléfono permaneció sobre la mesa de noche, con la conversación del agente inmobiliario todavía abierta. Leí una y otra vez aquella última frase.

“Si vivo enfrente, podré cuidarla mejor.”

Cada vez sonaba más inquietante.

Vanessa nunca había usado esa palabra conmigo.

Ella decía proteger, acompañar, ayudar.

Pero cuidar…

Era diferente.

Apagué la pantalla y me obligué a pensar con calma.

Tal vez estaba exagerando.

Tal vez solo era una amiga demasiado dependiente.

Tal vez llevaba años confundiendo admiración con obsesión.

Pero si eso era cierto, necesitaba pruebas.

No sospechas.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, recibí un mensaje suyo.

—¿Dormiste bien? Estuve viendo cocinas por Pinterest. Creo que la tuya quedaría preciosa con mármol blanco.

Sonreí sin ganas.

Ni siquiera sabía cuál era mi cocina.

Porque la que imaginaba era la del apartamento 1601.

El apartamento donde yo nunca iba a vivir.

Le respondí con un simple corazón.

Cinco minutos después llegó otro mensaje.

—¿Ya llamaste para elegir los acabados?

Fruncí el ceño.

Eso no se lo había contado.

Ni siquiera yo había decidido cuándo hacerlo.

Escribí despacio.

—Todavía no.

La respuesta apareció casi al instante.

—No tardes. Los mejores colores vuelan.

Sentí un pequeño escalofrío.

Sabía demasiado.

Demasiado pronto.

Durante las siguientes dos semanas comencé mi pequeño experimento.

A Vanessa le contaba una versión de mi vida.

Al resto del mundo, otra completamente distinta.

A ella le dije que había encargado una cocina negra.

En realidad elegí una de madera clara.

Le dije que instalaría una enorme biblioteca en la sala.

Nunca la pedí.

Comenté casualmente que quería convertir el tercer dormitorio en despacho.

En realidad sería un cuarto para invitados.

Ella reaccionaba siempre igual.

Con entusiasmo.

Con demasiados detalles.

—¡Qué buena idea! Yo también haré una biblioteca enorme.

—Las cocinas negras son elegantísimas.

—Siempre soñé con un despacho lleno de plantas.

Todo coincidía.

Siempre.

Como si estuviera construyendo su apartamento usando el mío como plano.

No era casualidad.

Ya no.

Un viernes por la tarde Daniel pasó por mi oficina.

Subimos a una cafetería del último piso para celebrar que finalmente nos entregarían las llaves en tres meses.

Le conté todo.

Desde el apartamento hasta los mensajes.

Esperé que se riera.

Que dijera que veía fantasmas donde no los había.

Pero permaneció serio.

—¿Desde cuándo hace esto?

Miré por la ventana.

—Creo que desde siempre.

—¿Siempre?

Respiré hondo.

—¿Recuerdas cuando cambié de coche?

Él asintió.

—Compró el mismo.

—¿Cuando empecé yoga?

—También apareció.

—¿Mi cambio de trabajo?

Daniel apoyó lentamente la taza sobre la mesa.

—Nunca lo había relacionado.

Yo tampoco.

Hasta ahora.

Él permaneció varios segundos pensando.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—Pero tampoco puedes acusarla sin pruebas.

Asentí.

Era exactamente lo que yo pensaba.

Necesitaba verla actuar.

No imaginarlo.

Dos días después Vanessa apareció en mi apartamento con bolsas de comida.

—¡Cena sorpresa!

Entró como si aquella casa también fuera suya.

Mientras calentaba la pasta comenzó a recorrer el salón.

Tocó los libros.

Abrió una ventana.

Entró en mi dormitorio.

—¿Buscas algo? —pregunté.

—No. Solo imaginaba cómo quedará el nuevo apartamento.

Sonrió.

Luego abrió mi armario.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué haces?

—Nada.

Sacó una blusa.

—Esta deberías llevarla cuando firmes la escritura.

Le quité la prenda con suavidad.

—Gracias.

Ella cerró el armario.

Como si aquello fuera completamente normal.

Pero ya no podía dejar de observarla.

Sus ojos recorrían cada rincón.

Cada objeto.

Cada fotografía.

Como si estuviera memorizándolo todo.

Cuando se fue revisé la casa.

No faltaba nada.

Pero había una sensación extraña.

Como si alguien hubiera respirado demasiado tiempo dentro de mi espacio.

Aquella noche instalé discretamente una pequeña cámara en la entrada.

No esperaba encontrar nada.

Solo quería tranquilizarme.

Sin embargo, tres días después ocurrió algo inesperado.

La empresa de mensajería dejó un paquete mientras yo seguía trabajando.

El repartidor llamó a Vanessa por error.

No sabía cómo había conseguido su número.

Ella aceptó el paquete.

Eso tampoco era raro.

Lo extraño vino después.

La cámara mostraba perfectamente cómo Vanessa entraba en mi apartamento con la llave de emergencia que yo misma le había dado años atrás.

Dejó la caja sobre la mesa.

Miró alrededor.

Permaneció inmóvil unos segundos.

Y entonces comenzó a caminar lentamente por todas las habitaciones.

Sin ninguna necesidad.

Sin buscar nada.

Simplemente observando.

Entró en mi dormitorio.

Abrió otra vez el armario.

Tocó mi ropa.

Después tomó uno de mis perfumes.

Lo olió.

Y volvió a colocarlo exactamente en el mismo sitio.

Sentí un nudo en el estómago.

Continué viendo la grabación.

Fue entonces cuando hizo algo que me dejó completamente helada.

Sacó el móvil.

Abrió la cámara.

Y fotografió el interior de mi dormitorio.

Después mi escritorio.

Después el baño.

Después el salón.

Una fotografía.

Otra.

Otra más.

Cuarenta y tres imágenes en menos de cuatro minutos.

No tenía ningún motivo para hacerlo.

Ninguno.

Cuando terminé de ver el video llamé a Daniel.

No contestó.

Estaba reunido.

Le envié únicamente un mensaje.

“Tenemos un problema.”

Aquella noche Daniel llegó directamente a mi casa.

Le mostré la grabación completa.

No habló durante varios minutos.

Cuando terminó, solo preguntó:

—¿Quién más tiene copia de esa llave?

—Nadie.

—Entonces mañana mismo cambiaremos la cerradura.

Asentí.

Pero mientras él hablaba, yo seguía mirando una parte concreta del video.

Había algo raro.

Retrocedí la imagen.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Allí estaba.

Vanessa había abierto el cajón donde guardaba mis documentos.

No lo registró.

Solo miró una carpeta azul.

La sostuvo unos segundos.

Luego la dejó exactamente donde estaba.

—¿Qué contiene esa carpeta? —preguntó Daniel.

La abrí.

Dentro estaban mi contrato laboral.

Mi pasaporte.

Mi escritura del coche.

Y una hoja impresa con la fecha prevista para firmar definitivamente el apartamento.

Daniel levantó la vista.

—Ella ya sabía cuándo ibas a firmar.

Sentí un vacío en el pecho.

No porque hubiera visto aquellos papeles.

Sino porque comprendí que llevaba mucho tiempo entrando cuando yo no estaba.

Era imposible memorizar la ubicación exacta de cada objeto en solo una visita.

Lo hacía con demasiada naturalidad.

Demasiada confianza.

Al día siguiente cambiamos todas las cerraduras.

No le dije nada.

Esperé.

Dos noches después, exactamente a las nueve y doce, mi teléfono vibró.

Era Vanessa.

—¿Estás en casa?

Mentí.

—No. Estoy cenando con Daniel.

Tres puntos aparecieron en la pantalla.

Desaparecieron.

Volvieron.

—Qué pena. Quería dejarte unas galletas.

No respondí.

Miré la cámara instalada junto a la puerta.

A las nueve y veintitrés apareció ella.

Sostenía una pequeña caja envuelta con un lazo.

Sonreía.

Miró a ambos lados del pasillo.

Sacó la vieja llave de su bolso.

Intentó abrir.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

La sonrisa desapareció lentamente.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Entonces dio un paso atrás.

Observó la cerradura.

Y por primera vez desde que la conocía, vi en su rostro una expresión que jamás le había visto.

No era tristeza.

No era decepción.

Era furia.

Una furia silenciosa.

Controlada.

Sus labios dejaron de sonreír.

Su mandíbula se tensó.

Y durante unos segundos permaneció inmóvil mirando mi puerta, como si acabara de perder algo que le pertenecía.

Después levantó lentamente la vista.

Miró directamente hacia la cámara oculta.

Y, aunque era imposible que supiera que yo la estaba viendo en ese mismo instante, sonrió otra vez.

Una sonrisa distinta.

Fría.

Calculada.

Como si quisiera decirme que el juego apenas acababa de empezar.

Entonces dejó la caja de galletas en el suelo, se dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Cuando abrí la puerta una hora después para recoger el paquete, descubrí que debajo de la caja había un pequeño sobre blanco.

Dentro solo había una nota escrita con la letra impecable de Vanessa.

“No me gusta que me ocultes cosas, Emma. Las amigas no tienen secretos.”

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