PARTE 2: EL LATIDO OCULTO

No dormí ni un solo minuto.

La imagen de Camila sujetando aquel botón azul marino no dejaba de repetirse en mi cabeza.

No era un accidente.

No era un gesto involuntario.

Mi esposa había luchado.

Y antes de morir quiso decirme exactamente quién había estado frente a ella.

A las cinco y media de la mañana salí de la hacienda sin despertar a nadie. Guardé el botón dentro de una pequeña bolsa de evidencia, metí la carpeta de documentos legales en el asiento del copiloto y conduje hacia el Hospital San Gabriel mientras el amanecer apenas teñía de naranja las montañas de San Miguel de Allende.

La entrada de urgencias estaba casi vacía.

La doctora Ana Lucía Méndez me esperaba con una bata blanca y el rostro agotado.

Apenas me vio, me abrazó.

No dijo “lo siento”.

Solo murmuró:

—Llegaste.

Eso me hizo comprender que lo que iba a escuchar sería mucho peor.

Entramos por un pasillo reservado para el personal médico hasta una pequeña oficina sin ventanas.

Ana Lucía cerró la puerta con llave.

Después apagó incluso el teléfono fijo.

—Tu madre tiene demasiados contactos —dijo en voz baja—. No podemos correr riesgos.

Sentí un nudo en el estómago.

—Empieza.

Ella abrió un expediente grueso.

Pero la portada estaba completamente en blanco.

—Porque nunca existió un expediente oficial.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que Camila jamás fue registrada como paciente.

Mi respiración se cortó.

Ana Lucía colocó sobre la mesa una memoria USB.

—Las cámaras de seguridad del hospital grabaron todo antes de que alguien intentara borrar los archivos.

Conectó la memoria al ordenador.

La pantalla mostró la fecha.

Dos días antes.

A las dos cuarenta y siete de la madrugada apareció una camioneta negra entrando por la zona de ambulancias.

No era una ambulancia.

Era una camioneta particular.

Cuatro personas bajaron rápidamente.

Dos hombres cargaban una camilla.

Sobre ella estaba Camila.

Inmóvil.

Vestía la misma bata con la que ahora descansaba dentro del ataúd.

Sentí cómo mis manos empezaban a sudar.

Entonces apareció otra figura.

Rodrigo.

No llevaba traje negro.

Vestía una chaqueta azul marino.

La misma de la que probablemente había salido el botón que llevaba en mi bolsillo.

Mi hermano hablaba alterado con un médico de guardia.

No había sonido.

Pero sus movimientos eran violentos.

Señalaba a Camila.

Después señalaba repetidamente el reloj.

Como si tuviera prisa.

Ana Lucía detuvo el video.

—Cinco minutos después llegó tu madre.

La grabación continuó.

Teresa entró caminando con absoluta tranquilidad.

No parecía una mujer desesperada por salvar a su nuera.

Parecía alguien que iba a cerrar un negocio.

Firmó varios documentos.

Entregó un sobre.

El médico lo abrió discretamente.

Había dinero.

Mucho dinero.

Mi sangre comenzó a hervir.

—¿Quién es ese médico?

Ana Lucía respiró profundamente.

—Ya no trabaja aquí.

—¿Lo despidieron?

—Renunció esa misma mañana… y desapareció.

Volvió a cambiar de archivo.

Esta vez apareció una fotografía clínica.

Reconocí inmediatamente el rostro de Camila.

Tenía pequeños hematomas alrededor de ambas muñecas.

Marcas de presión.

Como si alguien hubiera intentado sujetarla con fuerza.

Mi garganta se cerró.

—Ella peleó…

Ana Lucía asintió lentamente.

—Y hay algo más.

Abrió un sobre transparente.

Dentro había una bolsa de evidencias.

Mi corazón dejó de latir durante un instante.

Era la alianza de matrimonio de Camila.

La misma que yo había colocado en su dedo durante nuestra boda.

Pero la alianza estaba doblada.

Como si hubiera sido aplastada entre dos superficies metálicas.

—La encontramos debajo de la camilla.

Nadie la reclamó.

Saqué lentamente el botón azul marino de mi bolsillo.

Lo coloqué junto a la alianza.

Ana Lucía abrió mucho los ojos.

—¿Dónde encontraste eso?

—En la mano de mi esposa.

La doctora permaneció varios segundos sin hablar.

Después susurró:

—Entonces Camila alcanzó a arrancárselo antes de perder el conocimiento.

Volví a mirar el video.

Congelé la imagen justo cuando Rodrigo giraba ligeramente el cuerpo.

Entonces lo vi.

No era solo la chaqueta.

En el puño izquierdo faltaba exactamente un botón.

El mismo tamaño.

El mismo color.

La misma posición.

Una coincidencia imposible.

Pero antes de que pudiera decir una palabra, alguien golpeó tres veces la puerta de la oficina.

Ana Lucía palideció.

Nadie conocía aquella reunión.

Nadie debía saber que yo estaba allí.

El picaporte comenzó a girar lentamente desde el otro lado.

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