PARTE 2: LA PRUEBA QUE DAMIEN EXIGIÓ DEMASIADO PRONTO

Damien no respondió a mi comentario.

Salió de mi habitación sin siquiera mirar otra vez a nuestros gemelos.

Veinte minutos después, sus gritos atravesaron el pasillo.

—¡QUIERO UNA PRUEBA DE ADN!

Cerré los ojos.

Predecible.

Maya lloraba en la habitación contigua.

—Damien, puedo explicarlo.

—¡Entonces explícame cómo se supone que ese niño es mío!

Mi suegra, Victoria Lancaster, llegó media hora después.

Ni siquiera vino primero a verme.

Fue directamente con Maya.

La familia Lancaster podía tolerar amantes.

Lo que no toleraba era el ridículo.

Finalmente Victoria entró en mi habitación.

Miró a mis gemelos y respiró aliviada.

—Al menos tenemos al heredero.

Aquella frase me molestó.

—Tenemos dos bebés.

—Por supuesto.

Pero sus ojos seguían sobre mi hijo.

Entonces llegó Edmund Lancaster.

El anciano patriarca caminaba con bastón, pero toda la habitación pareció enderezarse cuando entró.

Observó primero al niño.

Después a su hermana.

—¿Cuál nació antes?

La enfermera revisó el registro.

—La niña, señor. Por cuatro minutos.

Edmund frunció el ceño.

—Entonces el niño fue segundo.

Damien apareció detrás de él.

—Eso no importa. Sigue siendo mi primer hijo varón.

—Importará para el fideicomiso —respondió Edmund.

Damien se tensó.

Yo también.

Nunca había leído el documento completo que regulaba aquellas famosas acciones.

Solo conocía la versión repetida por la familia:

primer heredero varón reconocido.

Edmund miró a su abogado.

—Prepare las pruebas.

Damien señaló hacia la habitación de Maya.

—Empiece por ese niño.

El anciano lo miró con desprecio.

—Por todos.

El rostro de Damien cambió.

—¿También mis gemelos?

—Especialmente ellos.

Tres días después llegaron los resultados.

Nos reunieron en una sala privada.

Maya estaba allí con su bebé.

Tenía los ojos hinchados.

Damien ni siquiera se sentó cerca de ella.

El abogado abrió el primer sobre.

—Respecto al hijo de Maya Quinn: Damien Lancaster queda excluido como padre biológico.

Victoria cerró los ojos.

Damien soltó una risa amarga.

—Lo sabía.

Maya empezó a llorar.

—Yo no sabía que podía ser de él.

—¿De quién? —preguntó Damien.

Ella no respondió.

El abogado abrió el segundo informe.

—El gemelo varón de Clara Sutton: probabilidad de paternidad de Damien Lancaster, 99,99%.

Damien sonrió.

Victoria exhaló.

Entonces llegó el resultado de mi hija.

—Gemela femenina: probabilidad de paternidad, 99,99%.

Damien se volvió hacia Edmund.

—Entonces se acabó.

—Todavía no —dije.

Todos me miraron.

Saqué una carpeta de mi bolso.

Durante mi embarazo había aprendido algo importante.

Cuando una familia habla constantemente de sangre, conviene leer exactamente qué significa “sangre” en sus documentos.

—Quiero que el señor Lancaster lea la cláusula catorce.

Edmund me observó con interés.

Su abogado tomó mis papeles.

Leyó.

Después volvió a leer.

Damien perdió la paciencia.

—¿Qué dice?

El abogado levantó la cabeza.

—Las acciones no corresponden al primer hijo varón.

Victoria palideció.

—Eso es absurdo.

—Corresponden al primer descendiente biológico de la siguiente generación nacido dentro de un matrimonio reconocido.

Todos miraron hacia las cunas.

Mi hija había nacido cuatro minutos antes que su hermano.

Damien quedó inmóvil.

—Entonces las acciones son de ella.

—En fideicomiso —corregí—. Y yo ejerceré sus derechos hasta su mayoría de edad.

Ocho millones no irían a Damien.

Ni a su hijo favorito.

Quedaban vinculados a mi hija.

Edmund sonrió por primera vez.

—Al menos alguien en esta familia sabe leer.

Damien me miró con furia.

Pero nuestro pequeño triunfo duró menos de treinta segundos.

La puerta se abrió.

Entró el director médico.

Traía dos expedientes.

—Señora Sutton, necesitamos hablar sobre los bebés.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué ocurre?

—Durante las pruebas genéticas apareció una inconsistencia.

Damien se levantó.

—Acaban de confirmar que soy el padre.

—Ese no es el problema.

El médico miró hacia mí.

—La señora Sutton también proporcionó una muestra.

Sentí que mis dedos se enfriaban.

—Sí.

—Los dos bebés son hermanos biológicos completos entre sí.

—Claro.

El médico no respondió.

Entonces comprendí que algo estaba mal.

—¿Son mis hijos?

Silencio.

—Doctor.

—La prueba indica que Damien Lancaster es el padre biológico de ambos.

Me puse de pie pese al dolor de la cesárea.

—¿Y yo?

El médico bajó la mirada.

—Usted no es la madre genética de ninguno de los dos.

Nadie respiró.

—Eso es imposible —susurré—. Los llevé dentro de mí.

—Precisamente por eso revisamos los registros de fertilidad.

Damien giró hacia mí.

—¿Fertilidad?

Él no sabía nada.

Mi embarazo había requerido un procedimiento después de dos pérdidas tempranas, pero siempre me dijeron que se habían utilizado nuestros propios embriones.

El médico dejó una hoja sobre la mesa.

—El embrión implantado a la señora Sutton no coincide con el código asignado a su muestra.

Victoria se sentó lentamente.

—Entonces ¿de quién eran esos embriones?

El médico miró a Maya.

Ella dejó de llorar.

Y esa reacción fue suficiente para que todos la notáramos.

Damien avanzó hacia ella.

—Maya.

—Yo no hice nada.

—¿Qué sabes?

Ella abrazó a su bebé.

—Pregúntale a tu madre.

Todos miramos a Victoria.

Por primera vez desde que la conocía, mi suegra parecía aterrorizada.

Edmund golpeó el suelo con su bastón.

—Habla.

Victoria cerró los ojos.

—Solo quería asegurarme de que hubiera un heredero Lancaster.

Sentí náuseas.

—¿Qué hiciste?

El médico abrió el último expediente.

Los embriones que yo había llevado durante nueve meses provenían de Damien.

Pero el nombre registrado como donante de los óvulos no era Clara Sutton.

Era Maya Quinn.

Miré a la mujer de la habitación contigua.

Luego a los dos bebés que acababa de parir.

Y finalmente a su hijo, cuyo padre todavía era desconocido.

Entonces el médico añadió:

—Hay algo más.

Colocó los tres análisis juntos.

—El bebé de Maya no es hijo de Damien.

Hizo una pausa.

—Pero genéticamente está relacionado con los gemelos.

Edmund levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué clase de parentesco?

El médico respondió:

—Comparten aproximadamente la mitad de su ADN materno.

Maya empezó a temblar.

Y comprendí que alguien no solo había intercambiado embriones.

También había utilizado mis óvulos.

El niño que Maya sostenía contra su pecho podía ser biológicamente mío.

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