PARTE 2: LA PROPUESTA NÚMERO CIEN NUNCA LLEGÓ.

A la mañana siguiente, Julián salió temprano.

Camila todavía dormía.

Yo pedí el traslado.

Había una plaza disponible en una unidad de investigación logística a más de mil kilómetros.

La acepté sin pensarlo.

Después separé mis documentos, cancelé mi tarjeta vinculada a la cuenta común y guardé las pruebas de los 730.000 yuanes que habíamos ahorrado juntos.

No reclamé el dinero inmediatamente.

Solo dejé una nota sobre la mesa.

«Mis cosas están fuera. Cuando quieras hablar del dinero que también era mío, hazlo a través de un abogado.»

Julián me llamó esa misma noche.

No respondí.

Después llegaron mensajes.

«¿Dónde estás?»

«Camila dice que sacaste todas tus cosas.»

«Elena, deja de comportarte así.»

El último decía:

«Cuando regreses hablaremos.»

Nunca regresé.

Tres meses después, inicié formalmente la reclamación de mi parte de los ahorros.

Julián pagó.

Sin verme.

Un año después escuché que Camila había solicitado el divorcio.

Había conseguido un traslado y ya no necesitaba aquel matrimonio.

Para entonces, a mí me daba igual.

Pasaron siete años.

Y ahora Julián estaba sentado a mi lado en aquella sala de reuniones, creyendo aparentemente que nuestra historia había quedado suspendida en algún lugar del pasado.

Al terminar la sesión, me alcanzó en el pasillo.

—Elena.

Me detuve.

—¿Sí, general?

La formalidad lo incomodó.

—No tienes que llamarme así.

—Estamos trabajando.

—Quiero hablar contigo.

—Entonces habla.

Julián tardó varios segundos.

—Me divorcié de Camila hace años.

—Me enteré.

Pareció sorprendido.

—¿Y no pensaste en buscarme?

Lo miré.

Por primera vez comprendí lo extraño que era aquello.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Porque aquello terminó.

—Para ti.

Su mandíbula se tensó.

—Nunca la amé.

—Lo sé.

—Entonces deberías entenderlo.

Negué.

—Después de siete años sigues pensando que Camila fue el problema.

Julián guardó silencio.

—El problema eras tú.

Sus ojos cambiaron.

—Yo te propuse matrimonio noventa y nueve veces. Tú dijiste que no estabas preparado. Pero cuando otra mujer necesitó ayuda, conseguiste un certificado, un anillo, joyas y setecientos mil yuanes en cuestión de días.

—Intentaba protegerla.

—Y para protegerla decidiste que podías sacrificarme a mí.

No tuvo respuesta.

Aquella noche hubo una recepción para los oficiales participantes.

Yo estaba conversando con varios compañeros cuando Julián apareció nuevamente.

Traía una pequeña caja.

Mi corazón no se aceleró.

Eso fue lo que finalmente me confirmó que estaba curada.

La abrió.

Había un anillo.

—Elena, esta vez soy yo quien pregunta.

Varias personas alrededor guardaron silencio.

Siete años atrás habría llorado de felicidad.

Ahora solo sentí cansancio.

—No.

Julián quedó inmóvil.

—Ni siquiera lo has pensado.

—Lo pensé noventa y nueve veces.

Cerré suavemente la caja con mis dedos.

—Tuviste noventa y nueve respuestas.

—Yo era un idiota.

—Probablemente.

—He esperado siete años.

Lo miré.

—No, Julián. Tú decidiste estar solo siete años. No es lo mismo que esperarme.

Aquello pareció golpearlo.

—Pensé que algún día volverías.

—¿Por qué?

No pudo responder.

Yo sí conocía la respuesta.

Porque durante ocho años siempre había vuelto.

Porque él confundió mi perseverancia con permanencia.

Creyó que podía aplazarme indefinidamente y encontrarme exactamente donde me había dejado.

—¿Hay alguien más? —preguntó.

Sonreí ligeramente.

—Otra vez haces la pregunta equivocada.

—Entonces ¿cuál es la correcta?

—Si todavía existe la Elena que necesitaba casarse contigo para sentirse elegida.

Hice una pausa.

—Y no existe.

Dos días después terminó el ejercicio conjunto.

Antes de marcharnos, Julián me encontró junto al vehículo.

Esta vez no llevaba ningún anillo.

—Encontré algo hace años —dijo.

Sacó de su bolsillo una fotografía vieja.

Éramos nosotros después de graduarnos.

En la parte trasera, con mi letra de veinteañera, estaba escrito:

«Propuesta número uno. Algún día dirá que sí.»

La miré y sonreí.

No con tristeza.

Con cariño hacia aquella muchacha que había amado sin saber cuándo detenerse.

—Puedes quedártela.

—¿Por qué?

Subí al vehículo.

—Porque yo ya no necesito recordar cuántas veces te pedí que me eligieras.

Siete años atrás abandoné una casa pensando que había desperdiciado ocho años de mi vida.

Estaba equivocada.

Aquellos años me enseñaron algo que ninguna victoria profesional pudo enseñarme después:

el amor no debería convertirse en una audición interminable.

Julián necesitó siete años para preparar la propuesta número cien.

Yo necesité mucho menos para comprender que ya no quería escucharla.

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