—¿Por qué alguien preguntaría por mí?
Adrian no respondió.
Se levantó, tomó una chaqueta y ordenó:
—Cierren Belladonna. Nadie entra. Nadie sale.
—Adrian, necesito una explicación.
Sus ojos grises volvieron hacia mí.
—Yo también.
La mujer del bastón, que resultó ser su abuela, Vittoria Moretti, dejó de sonreír.
—Entonces la muchacha realmente no sabe nada.
—Nada —respondió Adrian.
Aquello no me tranquilizó.
Minutos después encontraron al hombre que había preguntado por mí.
No seguía en la propiedad.
Pero había dejado un sobre en recepción.
Mi nombre estaba escrito a mano.
ELENA BROOKS.
Adrian intentó impedir que lo abriera.
—Es mío.
Dentro había una fotografía.
Mi padre.
Sentí que las piernas me fallaban.
Había muerto cuando yo tenía nueve años.
O eso me habían dicho.
En la fotografía parecía mucho más joven, sentado en aquella misma mansión junto a Vittoria y un hombre que reconocí inmediatamente.
El padre de Adrian.
En el reverso había una frase:
“Pregúntales qué ocurrió la noche del incendio.”
Levanté la mirada.
Vittoria había palidecido.
—¿Conocía a mi padre?
La anciana cerró los ojos.
—Sí.
Adrian se volvió hacia ella.
—Nonna.
—Ya no podemos esconderlo.
Vittoria me explicó que mi padre, Thomas Brooks, había trabajado durante años como contador para varias empresas controladas por los Moretti.
Pero descubrió algo que nunca debía encontrar.
Alguien dentro de la organización estaba desviando millones y vendiendo información a una familia rival.
Thomas reunió pruebas.
Antes de entregarlas, hubo un incendio.
Él murió.
Los documentos desaparecieron.
Y todos asumieron que el traidor también.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
Vittoria miró la fotografía.
—Tu padre dejó algo antes de morir.
—¿Qué?
—Nunca lo encontramos.
Adrian comprendió antes que yo.
—Quien preguntó por Elena cree que ella lo tiene.
Sentí un escalofrío.
—Yo tenía nueve años.
—Eso no importa —dijo Adrian—. Si creen que Thomas te dejó las pruebas, eres un riesgo.
Entonces recordé algo.
Mi padre me había regalado una pequeña caja musical semanas antes de morir.
Mi madre nunca quiso tirarla.
Seguía guardada en mi apartamento.
Se lo dije.
Adrian maldijo por lo bajo.
—No vuelves allí sola.
—No eres realmente mi prometido.
—Esta mañana alguien entró en mi propiedad preguntando por ti. Por ahora, puedes odiar el título todo lo que quieras. Pero mientras crean que estás conmigo, tocarte significa declararme la guerra.
Aquella frase me dejó fría.
No era romanticismo.
Era estrategia.
Y por primera vez agradecí la mentira.
Fuimos a mi apartamento acompañados por seguridad.
La puerta estaba abierta.
Todo había sido registrado.
Cajones vaciados.
Colchón cortado.
Fotografías arrancadas.
Pero la caja musical seguía allí.
La levanté.
Sonaba extraño.
Adrian encontró un compartimento oculto debajo.
Dentro había una diminuta llave y una nota envejecida.
Solo decía:
“Belladonna. Capilla. Tercera piedra.”
Regresamos inmediatamente.
Debajo de la tercera piedra del antiguo altar encontramos una caja metálica.
Dentro había documentos financieros, nombres y fotografías.
Adrian pasó las páginas hasta detenerse.
Su expresión se endureció.
—Imposible.
Vittoria tomó el documento.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Quién es? —pregunté.
Adrian levantó la mirada.
—Mi tío Salvatore.
El hombre que había dirigido temporalmente a los Moretti después de la muerte del padre de Adrian.
El hombre que, según Adrian, llevaba años aconsejándolo.
El hombre que había estado sentado en la cena de la noche anterior.
Entonces escuchamos un aplauso lento detrás de nosotros.
Salvatore estaba en la entrada de la capilla.
—Thomas siempre fue demasiado cuidadoso.
Sus ojos se posaron sobre mí.
—Pero jamás imaginé que dejaría la llave con su hija.
Los guardias de Adrian levantaron sus armas.
Salvatore sonrió.
—¿Vas a destruir a tu propia familia por una desconocida?
Adrian se colocó delante de mí.
—No.
Miró los documentos.
—Voy a destruir al hombre que traicionó a mi padre.
Salvatore había cometido un error.
Pensó que treinta años dentro de la familia significaban que todos le pertenecían.
Pero Adrian ya había enviado copias de las pruebas a sus abogados y a personas de confianza antes de enfrentarlo.
Aquella mañana terminó con Salvatore perdiendo todo el poder que había acumulado en secreto.
Y yo descubrí que mi padre no había muerto por accidente.
Había muerto intentando impedir que un traidor destruyera a los Moretti desde dentro.
Dos días después preparé mi maleta.
Adrian apareció en la puerta.
—¿Adónde vas?
—A casa.
—Tu apartamento sigue comprometido.
—Buscaré otro.
Asintió.
Después miró mi mano.
—Hay otro problema.
—¿Cuál?
—Toda Boston cree que eres mi prometida.
Suspiré.
—Entonces desmiéntelo.
Adrian permaneció en silencio.
—Adrian.
—Eso sería complicado.
—¿Por qué?
Vittoria apareció detrás de él con una sonrisa demasiado satisfecha.
—Porque esta mañana mi nieto anunció oficialmente el compromiso.
Miré a Adrian.
—¿Qué hiciste?
Por primera vez desde que lo conocía, el hombre al que media ciudad temía pareció no tener preparada una respuesta.

Levanté mi maleta.
—Tienes diez segundos para explicarlo.
Vittoria comenzó a reír.
Y comprendí que sobrevivir al enemigo de los Moretti quizá había sido la parte fácil.
Ahora tenía que sobrevivir a los propios Moretti.