PARTE 2: La promesa que Genevieve escondió

Miré el informe durante varios segundos.

Las fechas no tenían sentido.

Siete años atrás.

Un año antes del nacimiento de Jonah y Blythe.

Levanté lentamente la vista hacia Elena.

—Explícamelo.

Ella respiró hondo.

—Su esposa me pidió que nunca me acercara a ustedes mientras ella estuviera viva.

—¿Por qué?

—Porque sabía que usted jamás la dejaría sola para investigar esto.

Sentí que el pecho se me tensaba.

—Habla claro.

Elena señaló el informe.

—Ese documento pertenece a un programa experimental de fertilidad.

Mi sangre se heló.

Genevieve y yo habíamos tardado años en tener hijos.

Siempre creí que los tratamientos simplemente habían funcionado.

—Ella era voluntaria en un estudio clínico —continuó Elena—. Allí nos conocimos.

Fruncí el ceño.

—¿Quién eres realmente?

—Era técnica de laboratorio en el Centro de Investigación Ashford.

El nombre hizo que Prescott levantara la cabeza.

Ashford había cerrado cinco años antes por una investigación federal.

—Ese laboratorio manipulaba material genético —dijo Elena con la voz quebrada—. Oficialmente estudiaban nuevas terapias. Extraoficialmente… ocultaban errores.

Empujó el informe hacia mí.

—Mire la última página.

Abrí el documento.

Allí aparecía una anotación escrita a mano.

Posible contaminación cruzada de muestras embrionarias.

Debajo había dos códigos.

J-17.

B-17.

Las iniciales de mis hijos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—No…

Elena asintió lentamente.

—Genevieve descubrió semanas después que algunos embriones habían sido expuestos accidentalmente a células alteradas durante el proceso.

Apreté el papel con tanta fuerza que casi lo rompí.

—¿Y nadie hizo nada?

—La empresa lo ocultó.

Prescott intervino.

—¿Estás diciendo que la enfermedad de los niños…?

—Puede no ser hereditaria.

El silencio cayó sobre la habitación.

Elena sacó un segundo sobre.

Dentro había varias fotografías.

Reconocí inmediatamente a Genevieve.

Sonreía.

Estaba embarazada.

A su lado aparecía Elena con una bata blanca.

En la parte trasera de una fotografía había una nota escrita con la letra de mi esposa.

“Si algún día algo me ocurre, busca a Lawson. Él protegerá a los niños cuando conozca la verdad.”

Las piernas comenzaron a temblarme.

Era su letra.

No había ninguna duda.

—¿Por qué nunca viniste?

Las lágrimas rodaron por el rostro de Elena.

—Lo intenté.

Sacó una carpeta llena de cartas.

Todas estaban dirigidas a mí.

Ninguna había sido abierta.

—Las envié durante dos años.

Miré los sobres.

Nunca habían llegado a mis manos.

Prescott tomó uno.

—Todas fueron recibidas por la oficina central de la finca.

Nos miramos al mismo tiempo.

Solo tres personas filtraban toda mi correspondencia.

Yo.

Mi abogado.

Y…

Prescott palideció.

—El administrador, Charles Donovan.

Un hombre que llevaba quince años trabajando para mi familia.

Elena continuó.

—Hace tres semanas alguien entró en mi apartamento.

No robaron dinero.

Ni joyas.

Solo intentaron llevarse esta carpeta.

Por eso vine personalmente.

No podía confiar en nadie más.

En ese instante, la puerta de mi despacho se abrió violentamente.

Uno de los guardias apareció jadeando.

—¡Señor Mercer!

—¿Qué ocurre?

—Acabamos de revisar las cámaras del ala infantil.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Los niños?

—Están vivos.

Respiré por primera vez en varios minutos.

—Entonces, ¿qué pasó?

El guardia tragó saliva.

—Hace diez minutos alguien vestido como médico intentó entrar en la habitación de Jonah y Blythe con una jeringa.

Toda la oficina quedó inmóvil.

—¿Lo detuvieron?

El hombre negó lentamente con la cabeza.

—Escapó antes de que pudiéramos alcanzarlo.

Miré otra vez las cartas nunca entregadas.

El informe oculto.

El collar de Genevieve.

Y comprendí que mis hijos no solo estaban luchando contra una enfermedad.

Alguien había pasado años asegurándose de que jamás descubriéramos la verdadera causa.

Y ahora…

…ese alguien acababa de intentar terminar el trabajo antes de que la verdad saliera a la luz.

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