PARTE 2: LA PROMESA BAJO LA AURORA

Esa noche, la tormenta empeoró.

La cabaña tenía pocas habitaciones, así que Amelia insistió en que compartiera la suya.

—No quiero que estés sola si vuelves a sentirte mal.

Quise negarme.

Pero Ethan habló desde la puerta.

—Déjala. Si quiere estar sola, es asunto suyo.

Lo miré.

Tres años atrás, aquella indiferencia me habría destrozado.

Ahora solo me quedaban tres días.

No quería desperdiciarlos intentando comprenderlo.

—Prefiero una habitación sola —respondí.

Cerré la puerta.

Y entonces corrí al baño.

La tos que llevaba horas conteniendo finalmente salió.

Cuando terminó, me quedé sentada en el suelo, agotada, sosteniendo un pañuelo manchado que escondí rápidamente en el fondo de la papelera.

Después saqué la carta.

En el sobre había escrito:

“Para Ethan. Abrir después del día 17.”

Era la fecha de nuestra promesa.


A la mañana siguiente, Amelia llamó a mi puerta.

—¡Luna! El cielo se despejó.

Salimos antes del amanecer.

Ethan caminaba detrás de nosotras.

Yo podía sentir su mirada.

Finalmente preguntó:

—¿Qué quiso decir tu médico ayer?

Mis pasos se detuvieron.

—Nada que te importe.

Su mandíbula se tensó.

—Vi “análisis graves”.

—Entonces viste demasiado.

Intentó acercarse.

Amelia apareció entre ambos.

—¿Ustedes se conocen?

Silencio.

Ethan me miró.

Yo respondí primero.

—No.

Algo se quebró en sus ojos.

Pero no me corrigió.


El segundo día empeoré.

Ya casi no podía comer.

Amelia empezó a preocuparse.

Ethan empezó a observarme demasiado.

Cuando creía que no lo veía, miraba mis manos temblorosas.

Contaba las pastillas que sacaba discretamente de mi bolso.

Una noche escuché pasos fuera de mi habitación.

Abrí la puerta.

Ethan estaba allí.

—¿Qué quieres?

—La verdad.

—Llegas tres años tarde.

Su rostro se endureció.

—Tú desapareciste.

Solté una risa cansada.

—¿Eso crees?

—Cambiaste de número. Dejaste el apartamento. Nunca respondiste mis correos.

—Porque me pediste que desapareciera.

Ethan quedó inmóvil.

—Yo nunca dije eso.

Lo miré durante varios segundos.

Entonces comprendí que seguíamos viviendo dentro de dos historias diferentes.

Pero ya no tenía tiempo para descubrir cuál era verdadera.

—Mañana tengo que ir a un lugar —dije—. Después no volverás a verme.

Cerré la puerta.

Esta vez Ethan puso la mano antes de que terminara de cerrarse.

—¿Qué significa eso?

—Exactamente lo que escuchaste.


El tercer día llegamos al lago.

El mismo que habíamos elegido años atrás mirando fotografías desde nuestro pequeño apartamento.

El cielo estaba despejado.

La nieve parecía azul bajo la oscuridad.

Caminé sola hasta la orilla.

Saqué la carta.

Y la dejé debajo de una piedra.

—Cumplí —susurré.

Entonces el cielo comenzó a moverse.

Una franja verde apareció sobre las montañas.

Después otra.

La aurora se extendió lentamente sobre nosotros.

Era más hermosa de lo que había imaginado.

Y por primera vez desde mi diagnóstico, sonreí de verdad.

—Ethan…

Pronuncié su nombre sin querer.

—Estoy aquí.

Me giré.

Estaba detrás de mí.

Solo.

—¿Dónde está Amelia?

—No es mi esposa.

Parpadeé.

Ethan levantó la mano.

—Las fotos eran para una campaña de la empresa de su familia. Ella bromeó llamándome esposo y yo no la corregí porque…

Su voz se quebró.

—Porque te vi.

Miró la carta bajo la piedra.

—Y quise que te doliera.

Cerré los ojos.

Qué absurdo.

Tres años separados.

Dos personas fingiendo indiferencia.

Y el tiempo que yo necesitaba para arreglarlo ya no existía.

Entonces mis piernas dejaron de sostenerme.

Ethan me alcanzó antes de que tocara la nieve.

—¡Luna!

Intenté decirle que estaba bien.

No pude.

Mi bolso cayó.

Las medicinas rodaron sobre el hielo.

Ethan tomó uno de los frascos.

Leyó la etiqueta.

Después encontró el informe médico doblado debajo.

Su rostro perdió todo color.

—¿Terminal?

No respondí.

—Luna, mírame.

Sus manos temblaban.

El hombre que había permanecido frío durante tres años parecía incapaz de respirar.

—¿Cuánto tiempo?

—No mucho.

—¿Por eso viniste?

Asentí.

Sus ojos fueron hacia la carta.

—¿Y eso?

—Mi despedida.

Ethan cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.

—No.

Tomó la carta, pero no la abrió.

—Prometimos encontrarnos aquí si algún día nos perdíamos.

Miró la aurora sobre nosotros.

—Te encontré.

Negué lentamente.

—Demasiado tarde.

Ethan apretó mi mano.

—Entonces llegaré tarde contigo.

Y mientras la aurora iluminaba el lago, comprendí que mi última promesa no había terminado como esperaba.

Yo había venido a Islandia para despedirme de Ethan.

Pero él acababa de descubrir que todavía quedaba una verdad pendiente sobre nuestra separación.

Una verdad que ninguno de los dos conocía completa.

Y esta vez, antes de dejarme marchar, estaba decidido a descubrirla.

Related Posts

PARTE 2: LA CAJA ROJA NO ERA UN REGALO… ERA LA RAZÓN POR LA QUE GENE PODÍA PERDERLO TODO

Gene abrió la caja. Primero frunció el ceño. Después gritó. —¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! Dentro no había joyas. Había una pequeña llave plateada y una tarjeta doblada….

PARTE 2: EL LOBBY ERA EL PEOR LUGAR PARA ESCONDERME

Daniel Cole no recogió la carpeta que había caído al suelo. Seguía mirándome. Luego miró mi uniforme. La placa sobre mi pecho decía: OLIVIA HAYES — RECEPCIÓN…

PARTE 2: LA PULSERA NO ERA DE CLARA

—Detén el coche. Adrián me miró por el retrovisor. —Está lloviendo. —He dicho que pares. El automóvil se detuvo junto a la acera. Antes de bajar, respiré…

PARTE 2: CUANDO DESPERTÉ, ALEXANDER YA NO ERA EL PRESIDENTE

A las siete y doce de la mañana encendí el teléfono. Ciento diecinueve llamadas perdidas. Alexander había llamado cuarenta y tres veces. Su padre, diecisiete. Vanessa, nueve….

PARTE 2: LA POLICÍA NO HABÍA VENIDO POR MI DÓLAR

Daniel apartó ligeramente la cortina. —Claire… son policías. Sentí un vuelco en el estómago. Dos agentes esperaban frente a nuestra puerta. Abrí. —¿Claire Morgan? —Sí. —Necesitamos hacerle…

PARTE 2: EL HOMBRE DEL MAYBACH NO ERA SU NOVIO

Valeria salió lentamente del coche. —Señor Bennett… Mi padre arqueó una ceja. —¿Nos conocemos? Aquella pregunta me dejó helada. Valeria también. —Papá —dije—, ella lleva cuatro años…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *