Sebastián sostuvo a su madre antes de que cayera al suelo.
Los gemelos seguían llorando.
Con manos temblorosas desató el rebozo y abrazó a Santiago y Mateo contra su pecho.
Después volvió a mirar los moretones que cubrían la espalda de Teresa.
—¿Quién te hizo esto?
Ella bajó la mirada.
—Fue un accidente…
—Mamá.
Su voz se quebró.
—No me mientas.
Verónica recuperó el aliento y dio un paso al frente.
—Sebastián, estás exagerando. Tu mamá quiso cargar a los niños mientras limpiaba y…
—¡Cállate!
Fue la primera vez en siete años de matrimonio que él le levantó la voz.
Toda la casa quedó en silencio.
Teresa tomó la mano de su hijo.
—No la lastimes… por favor.
—¿Todavía la estás defendiendo?
Ella negó lentamente.
—Solo… no quiero que me aleje de los niños.
Sebastián sintió un nudo en la garganta.
Su madre siempre había sido una mujer fuerte. Lo había criado sola trabajando como costurera, haciendo dobles turnos y privándose de todo para que él pudiera estudiar.
Verla suplicar de aquella manera le resultaba insoportable.
Entonces observó algo más.
El bastón de Teresa estaba escondido detrás de la lavadora.
Roto en dos.
—¿Quién hizo eso?
Nadie respondió.
Sebastián caminó hasta el cesto de basura.
Dentro encontró una libreta.
La reconoció al instante.
Era la agenda donde su madre anotaba sus medicamentos.
La abrió.
Las últimas páginas estaban arrancadas.
Pero en una hoja quedó marcada la presión del bolígrafo.
Acercó el papel a la luz.
Podían leerse varias frases.
“No puedo cargar más a los bebés…”
“Hoy volvió a quitarme las pastillas…”
“Si Sebastián descubre algo, ella dice que jamás volveré a ver a mis nietos.”
El rostro de Sebastián cambió por completo.
—¿También te quitaba la medicina?
Teresa comenzó a llorar.
—Decía que las pastillas me daban sueño… que primero debía terminar de limpiar.
Verónica dio un paso atrás.
—¡Está inventando todo!
Sebastián tomó el frasco vacío que estaba sobre el lavabo.
La receta indicaba claramente una dosis diaria.
Pero llevaba más de dos semanas sin una sola pastilla.
En ese momento recordó algo.
Cada vez que llamaba por videollamada, Verónica aparecía diciendo que su madre estaba descansando o había salido a caminar.
Nunca le permitía hablar con ella más de unos minutos.
Había sido un plan perfectamente calculado.
Sebastián sacó su teléfono.
—Ricardo.
Su jefe de seguridad respondió de inmediato.
—Señor.
—Quiero revisar todas las cámaras de la casa de los últimos tres meses. Ningún archivo puede borrarse.
Verónica palideció.
—¿Para qué? No confías en mí.
Él la miró con una frialdad que ella nunca había visto.
—Ya no.
Antes de que pudiera reaccionar, Ricardo entró acompañado por otros dos empleados de seguridad.
—Señor, acabamos de revisar las cámaras del pasillo.
Sebastián levantó la vista.
—¿Y?
Ricardo tragó saliva.
—Hay un problema.
—Habla.
—Las grabaciones de la lavandería, la cocina y el baño… fueron eliminadas manualmente.
Todos miraron a Verónica.
Ella empezó a negar desesperadamente.
—Yo no fui.
Ricardo sostuvo una tableta.
—La eliminación ocurrió usando la contraseña del administrador de la casa.

Hizo una breve pausa.
—Y esa contraseña solo fue utilizada desde el teléfono personal de la señora Verónica.
La sonrisa de superioridad que había llevado durante años desapareció por primera vez.
Porque entendió que el hombre que siempre creyó ciego… acababa de empezar a ver.