Lorena se puso de pie de golpe.
—¡Eso es ridículo! ¿Qué pretende decir?
El rector Arturo Castañeda levantó una hoja.
—Durante ocho meses, alguien ingresó repetidamente al sistema de becas utilizando la cuenta institucional de Daniela Ramírez.
Daniela frunció el ceño.
—¿Mi cuenta?
—Sí. Pero hay un detalle. Esos accesos ocurrieron mientras usted trabajaba en la farmacia o se encontraba registrada en sus prácticas profesionales.
El auditorio comenzó a murmurar.
El rector mostró otra hoja.
—Las solicitudes no buscaban beneficiar a Daniela. Al contrario, desviaban apoyos económicos destinados a madres estudiantes hacia otra persona.
Lorena sintió que las piernas le temblaban.
—¡Eso no prueba nada!
—Aún no he terminado.
Arturo hizo una señal y el director de informática subió al escenario con una computadora portátil.
En la pantalla apareció un historial de accesos.
Todas las conexiones provenían de la misma dirección.

—¿Reconoce este domicilio, señora Lorena Ramírez?
Ella guardó silencio.
Daniela abrió los ojos con sorpresa.
Era la dirección de la boutique de su hermana.
—Además —continuó el rector—, las cámaras del laboratorio de cómputo registraron quién utilizó la cuenta de Daniela para modificar los expedientes.
La imagen apareció en la pantalla gigante.
Aunque llevaba gorra y cubrebocas, era imposible confundirse.
Lorena.
Un murmullo recorrió todo el auditorio.
Daniela sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué…?
Lorena bajó la mirada, incapaz de responder.
Entonces el rector cerró la carpeta lentamente.
—Lo más grave no fue el dinero.
Hizo una pausa.
—Fue descubrir que, por culpa de esas modificaciones, Daniela estuvo a punto de perder su derecho a titularse… mientras otra persona cobraba beneficios usando el esfuerzo de una madre que nunca dejó de luchar.
El auditorio, que minutos antes se había burlado de Daniela, estalló en un aplauso que hizo que Lorena quisiera desaparecer.