PARTE 2: La herencia que Julián jamás podría tocar

No contesté la llamada número treinta y ocho.

Arturo colocó el teléfono boca abajo.

—Antes de hablar con su marido, debe conocer el resto.

Abrió otro compartimento del cofre.

Dentro había un testamento fechado apenas cuatro meses atrás.

—Doña Leonor modificó sus últimas voluntades cuando descubrió las firmas falsas.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Ella lo sabía?

—Sabía mucho más.

Arturo señaló los documentos.

Leonor había contratado en secreto una auditoría.

Durante dieciocho meses, Julián había movido dinero de la empresa familiar hacia sociedades controladas por terceros, mientras colocaba las obligaciones financieras más peligrosas bajo mi identidad.

El plan era sencillo.

Si todo salía bien, él conservaba los beneficios.

Si el negocio colapsaba, yo aparecía como responsable de millones en deudas.

—¿Por qué Leonor no me lo dijo?

Arturo guardó silencio unos segundos.

—Porque necesitaba pruebas antes de enfrentarse a su hijo.

Sacó entonces el testamento.

—Y porque preparó una alternativa.

Leí la primera página.

Después la segunda.

En la tercera dejé de respirar.

Leonor poseía todavía el cincuenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Transportes Varela-Cortés.

Yo siempre había creído que Julián controlaba la empresa.

No era cierto.

Su madre nunca le había entregado el poder definitivo.

—¿Quién hereda esas acciones?

Arturo me sostuvo la mirada.

—Usted.

Me levanté de golpe.

—No puedo aceptar eso.

—Leonor sabía que diría exactamente esas palabras.

Me entregó otra carta.

Solo contenía tres líneas.

“Elena, durante veinte años cuidaste lo que mi hijo abandonó.
No te dejo esto como recompensa.
Te lo dejo para impedir que Julián destruya lo que nuestra familia tardó generaciones en construir.”

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez contesté.

—Elena —dijo Julián inmediatamente—. ¿Dónde estás?

Detrás de él escuché viento y música.

Todavía seguía de vacaciones.

—Con Arturo.

Silencio.

—¿Arturo Varela?

Su voz cambió.

—Sí.

—¿Por qué?

Miré la pequeña llave.

—Tu madre murió anoche.

No respondió durante varios segundos.

—¿Qué?

—Mientras ignorabas mis llamadas.

La música desapareció.

—Elena, yo no sabía que estaba tan grave.

—Lo sabías.

—Regreso hoy.

—Haz lo que quieras.

Entonces cometió su error.

—¿Mi madre te dio algo antes de morir?

Arturo y yo intercambiamos una mirada.

—¿Por qué preguntas?

Julián respiró demasiado rápido.

—Solo quiero saber si dejó instrucciones.

Ya conocía la existencia del cofre.

—Me dio una llave.

Al otro lado se hizo un silencio absoluto.

Luego escuché otra voz.

La misma mujer que había contestado aquella noche.

—Julián, pregúntale si abrió la caja.

Me quedé inmóvil.

Arturo también la escuchó.

Julián cortó la llamada.

—Esa mujer sabe del cofre —susurré.

Arturo abrió el último sobre.

—Entonces debemos descubrir por qué.

Dentro había fotografías.

En varias aparecía Julián reuniéndose con diferentes intermediarios.

Pero la última me hizo acercarme a la mesa.

Era la mujer de Ibiza.

Estaba sentada frente a Leonor en aquel mismo despacho.

La fotografía tenía casi dos años.

—Arturo…

Él palideció.

—La conozco.

—¿Quién es?

Buscó entre los documentos hasta encontrar un antiguo expediente laboral.

Me lo entregó.

La fotografía era más joven, pero no había duda.

—Se llama Camila Serrano —dijo—. Fue auditora interna de la empresa.

—¿Fue?

—Desapareció después de acusar a Julián de desviar dinero.

Sentí un escalofrío.

—Entonces ¿por qué está de vacaciones con él?

Arturo no respondió.

No podía.

Porque acababa de encontrar una memoria USB pegada debajo de la fotografía.

Sobre ella, Leonor había escrito:

“ELENA: CAMILA NO ES SU AMANTE. SI ESTÁ CON JULIÁN, SIGNIFICA QUE ÉL YA DESCUBRIÓ QUE TRABAJA PARA MÍ.”

Y de pronto comprendí que Leonor no había muerto dejando únicamente una herencia.

Había dejado una investigación sin terminar.

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