PARTE 2: La primera pieza del dominó

Natalia sostuvo el vaso de agua entre las manos antes de hablar en voz baja.

—Señora… lo único que puedo decirle es que haga lo que haga, piense antes en usted que en ellos.

Aquella frase terminó de convencerme de algo.

No necesitaba subir a la quinta planta.

No necesitaba una escena.

No necesitaba que Álvaro improvisara otra mentira con esa voz tranquila que había utilizado durante años para convertir mis dudas en inseguridades.

Necesitaba tiempo.

Y ellos acababan de regalármelo.

Tomé el portátil de la mesa.

—Gracias por el agua.

Natalia asintió sin añadir una palabra.

Cuando salí del hotel, el aire caliente de Madrid me golpeó la cara. El tráfico seguía avanzando como si nada hubiera ocurrido. Un repartidor descargaba cajas frente al edificio. Una pareja discutía por un taxi.

Todo parecía ridículamente normal.

Entré en el coche.

Apoyé las manos sobre el volante.

Esperé exactamente cuarenta y siete segundos.

Después respiré hondo, abrí el portátil de Álvaro y pulsé el botón de encendido.

Conocía su contraseña.

No porque fuera una experta informática.

Porque durante quince años había utilizado la misma combinación: la fecha en que empezamos a salir.

Siempre decía que era un gesto romántico.

Ahora comprendía que solo era comodidad.

El escritorio apareció ante mí.

La carpeta llamada “Presentación Consejo” estaba allí.

También otra llamada “Clientes Reservados”.

Y una tercera cuyo nombre me hizo detener la respiración.

“IR-518”.

Sentí un escalofrío.

La abrí.

No encontré fotografías.

Ni cartas de amor.

Encontré hojas de cálculo.

Reservas de hoteles.

Extractos bancarios.

Fechas.

Transferencias.

Incluso un documento protegido con contraseña que llevaba como título:

“Cronología”.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Aquello no parecía la carpeta improvisada de una aventura.

Parecía un archivo organizado durante meses.

Quizá durante años.

No abrí nada más.

Cerré el portátil.

No debía tocar archivos privados de un despacho de abogados.

Ni alterar información que pudiera tener relevancia profesional.

Mi trabajo me había enseñado que, cuando alguien comete un error grave, suele dejar un rastro todavía más valioso si cree que nadie sospecha de él.

Y Álvaro seguía convencido de que yo estaba en casa.

Saqué mi teléfono.

No llamé a mi marido.

Llamé a otra persona.

—¿Laura?

—¡Clara! ¿Qué ocurre?

Laura Fernández había sido mi compañera en la universidad y ahora trabajaba como perito especializada en análisis documental. Llevábamos años sin vernos con frecuencia, pero seguíamos confiando la una en la otra.

—Necesito que mañana desayunes conmigo.

Hubo un silencio.

—¿Es grave?

Miré el hotel a través del parabrisas.

En la quinta planta alguien descorrió una cortina.

—Mucho.

—¿Tiene que ver con Álvaro?

No respondí.

Laura tampoco insistió.

—Estaré allí.

Colgué.

Antes de arrancar observé otra vez las fotografías.

Las amplié una por una.

Entonces descubrí un detalle que antes había pasado por alto.

En el reflejo del espejo, detrás de Álvaro e Irene, aparecía un hombre saliendo de la habitación contigua.

Llevaba un maletín negro.

Traje gris.

Y una acreditación colgada del cuello.

Amplié la imagen hasta que los píxeles empezaron a romperse.

La fotografía era borrosa.

Pero el logotipo de la acreditación seguía siendo reconocible.

Era el del despacho Rivas, Valdés y Asociados.

No estaban solos.

Había otro abogado del bufete en aquel pasillo.

¿Casualidad?

Mi experiencia decía que las casualidades rara vez aparecían justo cuando más convenían a un mentiroso.

Guardé las imágenes en una carpeta protegida.

Después las envié automáticamente a mi almacenamiento en la nube.

Y, por si algo ocurría con mi teléfono, también al correo electrónico que utilizaba exclusivamente para conservar documentación importante del trabajo.

Tres copias.

Tres lugares distintos.

Ninguna posibilidad de que desaparecieran.

Mientras conducía hacia casa, Álvaro me llamó.

Rechacé la llamada.

Volvió a intentarlo.

Otra vez.

Y otra.

Al quinto intento llegó un mensaje.

“Cariño, ¿has podido traerme el portátil? El consejo está esperando y no consigo localizarte.”

Sonreí por primera vez desde que las puertas del ascensor se habían abierto.

Mentía incluso mientras seguía besando a Irene.

Escribí una única respuesta.

“Sí. Ya sé exactamente dónde estás.”

No añadí nada más.

Vi aparecer el aviso de que estaba escribiendo.

Desapareció.

Volvió a aparecer.

Desapareció otra vez.

Durante casi un minuto no llegó ninguna respuesta.

Álvaro, el hombre que siempre encontraba una explicación para todo, acababa de quedarse sin palabras.

Y yo comprendí que la caída no empezaba con un grito.

Empezaba con un silencio.

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