El teléfono siguió vibrando dentro de mi mano.
Papá.
Una llamada.
Dos.
Tres.
Henry observó la pantalla sin alterar el gesto.
—Todavía no.
Respiró despacio mientras el enorme portón de acero de la prisión se cerraba detrás de él con un estruendo metálico.
Aquel sonido parecía poner fin a diez años.
Y abrir algo mucho más peligroso.
Guardé el teléfono.
Arranqué el coche.
Durante varios kilómetros ninguno habló.
Solo se escuchaba el ruido del motor y la lluvia golpeando el parabrisas.
Fue Henry quien rompió el silencio.
—¿Sabes por qué acepté la condena?
Negué lentamente.
—Porque alguien tenía que entrar.
Lo miré.
—No entiendo.
Él apoyó el brazo sobre la ventanilla.
—Tu padre, Patricia y tu tío mayor administraban conmigo la empresa familiar.
Sentí un nudo en el estómago.
—Ellos dijeron que todo lo hiciste tú.
Henry sonrió con amargura.
—Claro que lo dijeron.
Sacó una fotografía doblada de la vieja bolsa de tela.
Era una imagen tomada quince años atrás.
Los cuatro hermanos aparecían abrazados delante de la primera fábrica de la familia.
Todos sonreían.
Mi padre tenía un brazo sobre los hombros de Henry.
Costaba creer que aquellos hombres fueran los mismos.
—Ese día —dijo Henry— juramos que nunca nos traicionaríamos.
Doblé la fotografía con cuidado.
—¿Qué ocurrió después?
Henry cerró los ojos.
—El negocio empezó a crecer demasiado.
—Y el dinero hace que algunas personas olviden hasta el nombre de sus padres.
Continuamos avanzando.
Media hora después paramos en una estación de servicio.
Compré dos cafés.
Cuando regresé, encontré a Henry mirando fijamente el estacionamiento.
No al edificio.
No a los coches.
A un sedán negro.
Dos hombres permanecían dentro.
No bajaban.
No comían.
No hablaban.
Simplemente observaban.
—¿Los conoces? —pregunté.
Henry negó con tranquilidad.
—No.
—Pero ellos sí me conocen a mí.
Sentí un escalofrío.
—¿Nos siguen?
—Desde que salimos de la prisión.
Miré por el retrovisor.
Era cierto.
El mismo automóvil seguía allí.
Henry tomó el café.
Ni siquiera parecía preocupado.
—Arranca.
—¿No llamamos a la policía?
Él negó.
—Todavía no.
Volvimos a la carretera.
El sedán negro arrancó diez segundos después.
No intentaba adelantarnos.
Solo mantenía la distancia.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez era Patricia.
Rechacé la llamada.
Cinco segundos después llegó un mensaje.
“Daniel. Si estás con Henry, dile que deje de esconderse. Necesitamos hablar.”
Henry leyó el texto.
Rio por lo bajo.
—Qué rápidos.
—¿Cómo saben que estoy contigo?
—Porque alguien vigilaba la prisión desde antes de que yo saliera.
Miré otra vez el espejo.
El coche negro seguía detrás.
Henry abrió lentamente la bolsa de tela.
Yo esperaba encontrar ropa.
Encontré documentos.
Muchísimos documentos.
Carpetas.
Contratos.
Escrituras.
Estados bancarios.
Y un sobre grueso completamente sellado.
En la portada solo había una frase escrita a mano.
“Abrir únicamente si nadie viene por mí.”
Sentí un vuelco en el pecho.
—¿Qué significa eso?
Henry acarició el sobre.
—Lo preparé hace nueve años.
—Sabía que podía ocurrir exactamente lo de hoy.
—¿Lo sabías?
—Con absoluta certeza.
Abrió el sobre.
Dentro había varias memorias USB y un expediente encuadernado.
Me entregó el primero.
La portada decía:
“Transferencias internacionales.”
El segundo:
“Empresas pantalla.”
El tercero:
“Confesiones notariales.”
Lo miré sin comprender.
Henry habló con absoluta calma.
—Durante el juicio todos creyeron que desaparecieron ciento cuarenta millones de yuanes.
Asentí.
Era la cifra que siempre había escuchado.
—Nunca desaparecieron.
Sentí que el volante casi se escapaba de mis manos.
—¿Qué?
—Cada yuan está localizado.
—Entonces…
—Entonces alguien necesitaba un culpable para quedarse con todo mientras yo estaba encerrado.
El coche negro redujo otra vez la distancia.
Ya podía distinguir el rostro del conductor.
Henry siguió hablando como si aquello no existiera.
—Esos ciento cuarenta millones terminaron repartidos entre tres personas.
No necesitó pronunciar sus nombres.
Ya los conocía.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
—¿Mi padre…?
Henry permaneció callado.
El silencio fue suficiente.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez apareció el nombre de mi padre acompañado por ocho llamadas perdidas.
Contesté.
Antes de que pudiera hablar, escuché su voz.
—¡¿Dónde estás?!
—Conduciendo.
—¿Está Henry contigo?
Miré de reojo a mi tío.
Él hizo un pequeño gesto.
No mintiera.
Respiré hondo.
—Sí.
Al otro lado hubo varios segundos de silencio.
Después mi padre habló mucho más despacio.
Demasiado despacio.
—Escúchame con atención.
—No abras ninguna carpeta.
Sentí que el corazón empezaba a golpearme el pecho.
—¿Qué carpetas?
Su voz tembló por primera vez en mi vida.
—Daniel…
—Si todavía me consideras tu padre…
—No leas lo que Henry lleva en esa bolsa.
La llamada se cortó.
Henry permanecía mirando el horizonte.
No parecía sorprendido.
Solo dijo una frase.
—Ahora ya sabes quién tiene verdadero miedo.
Y, casi al mismo tiempo, el sedán negro aceleró bruscamente hasta colocarse a nuestro lado.

El copiloto bajó la ventanilla.
Levantó una placa de investigador privado.
Y gritó con fuerza suficiente para atravesar el ruido de la lluvia.
—¡Señor Henry Tang!
—¡Si quiere seguir con vida, no regrese a su ciudad!
Porque las tres personas que usted protegió durante diez años… acaban de contratar gente para encontrar esa bolsa antes que usted llegue a casa.