PARTE 2: La Primera Caída

Marcus dio un paso al frente convencido de que todo terminaría en menos de un minuto.

Levantó los puños con la confianza de quien llevaba años ganando peleas en un gimnasio rodeado de aplausos fáciles.

—No te preocupes —rió mientras miraba a los vecinos—. No le voy a romper los dos brazos. Solo uno.

Algunos soltaron una risa incómoda.

Nadie parecía dispuesto a detener aquello.

Lily dio un paso hacia mí.

—Mamá…

Le sonreí sin apartar la vista de Marcus.

—Cariño, quédate donde estás.

Mi voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

Marcus aprovechó ese instante para lanzar un derechazo directo a mi cabeza.

No me moví hasta el último segundo.

Giré apenas unos centímetros.

Su puño atravesó el aire.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, apoyé una mano sobre su codo y la otra en su muñeca.

Un movimiento.

Solo uno.

El enorme cuerpo de Marcus salió despedido por encima de mi cadera y cayó de espaldas contra el césped con un golpe seco que hizo callar toda la calle.

El silencio fue absoluto.

Marcus abrió los ojos, desconcertado.

No entendía qué había ocurrido.

Yo tampoco había golpeado.

Simplemente había utilizado su propia fuerza.

—Levántate —dije con calma.

Su rostro se llenó de rabia.

Se puso de pie de un salto.

—¡Eso fue suerte!

Volvió a lanzarse contra mí.

Esta vez intentó sujetarme por los hombros para derribarme con su peso.

Error.

Bloqueé uno de sus brazos, giré sobre mi eje y lo inmovilicé en menos de dos segundos.

Marcus terminó de rodillas, con el brazo doblado detrás de la espalda.

Un ligero movimiento más…

Y el hombro se habría dislocado.

Él dejó escapar un grito.

—¡Suéltame!

—Todavía puedes irte caminando.

—¡Maldita…!

Intentó girarse.

Aumenté apenas un poco la presión.

Su respiración se cortó.

—Te advertí que cuando quisieras detenerte, bastaba con quedarte en el suelo.

Warren dejó caer su cerveza.

—¡Marcus!

Los cuatro amigos del gimnasio dejaron de sonreír.

Por primera vez comprendieron que aquello no era una pelea entre un hombre fuerte y una mujer indefensa.

Era alguien completamente fuera de su alcance.

Solté el brazo de Marcus.

Él retrocedió varios pasos masajeándose el hombro, humillado delante de todos.

Rachel me observaba como si estuviera viendo a una desconocida.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó casi en un susurro.

No respondí.

Me limité a recoger mi chaqueta del banco.

Pensé que todo había terminado.

Me equivoqué.

Marcus sacó de su camioneta un bate de aluminio.

Los vecinos comenzaron a gritar.

Lily rompió a llorar.

Y, al mismo tiempo, una camioneta negra sin distintivos dobló lentamente la esquina de la calle.

Se detuvo justo frente a nuestra casa.

Tres hombres y una mujer descendieron del vehículo con la precisión de personas entrenadas.

Vestían ropa civil.

Pero todos llevaban el mismo auricular transparente.

El que iba al frente miró primero a Marcus sosteniendo el bate.

Después me miró a mí.

Sin decir una palabra, levantó la mano derecha y realizó un saludo militar que muy pocas personas en el país conocían.

Entonces pronunció una frase que hizo desaparecer el color del rostro de Marcus.

—Mayor Carter… el Comando confirmó el Código Negro. Hemos venido a escoltarla.

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