PARTE 2: LA MUJER QUE DESAPARECIÓ

Durante los siguientes treinta días, Gabriel Castillo no volvió a verme.

Ni una sola vez.

Al principio pensé que era porque estaba ocupado.

Luego pensé que era porque se sentía culpable.

Después entendí la verdad.

No volvía porque en su mente ya había decidido quién era yo.

La villana.

La mujer cruel.

La persona que había hecho daño a Camila.

Y cuando alguien está convencido de odiarte, cualquier prueba deja de importar.

La única persona que siguió entrando a mi habitación fue la doctora Elena Vargas, la cirujana encargada de mis manos.

Ella no me trataba como una víctima.

Me trataba como alguien que todavía tenía una vida por recuperar.

—Lucía, necesito que seas honesta conmigo —me dijo una tarde mientras revisaba mis estudios—. ¿Cómo ocurrió realmente esto?

Me quedé mirando la ventana.

Durante semanas había repetido la misma historia.

“Nadie me creyó”.

Pero decirlo en voz alta hacía que doliera más.

—Mi cuñada mintió.

Elena no respondió inmediatamente.

Solo tomó una silla y se sentó frente a mí.

—¿Tienes pruebas?

Negué.

Mis manos estaban demasiado dañadas para hacer muchas cosas.

Pero mi mente seguía funcionando.

Y eso era lo único que me quedaba.

—Las cámaras estaban apagadas.

—¿Todas?

Esa pregunta me hizo levantar la mirada.

—¿Qué quieres decir?

Elena abrió una carpeta.

—El día del incidente, el hospital recibió una solicitud para conservar ciertas grabaciones de seguridad.

Fruncí el ceño.

—¿De parte de quién?

Ella dudó.

—De la familia Castillo.

Sentí un escalofrío.

—¿Gabriel?

—No.

La doctora sacó unos documentos.

—Camila.

Mi respiración se detuvo.

Por primera vez desde el ataque, algo parecido a una posibilidad apareció frente a mí.

Una grieta.

Una prueba.

—¿Por qué pediría conservarlas si supuestamente no había ocurrido nada?

Elena me miró.

—Eso mismo pensé yo.

Esa noche no pude dormir.

Por primera vez no estaba pensando en el dolor.

Estaba pensando en la verdad.

Camila no había actuado impulsivamente.

Había preparado todo.

Y Gabriel había sido la herramienta perfecta.

Tres meses antes, cuando él me pidió matrimonio por segunda vez después de una crisis familiar, me dijo:

“Mi familia es complicada. Pero tú eres la única persona en quien confío”.

Yo le creí.

Nunca imaginé que algún día usaría esa confianza para destruirme.

Dos semanas después llegó mi primera cirugía.

La recuperación fue lenta.

Dolorosa.

Pero había algo diferente.

Ya no estaba esperando que Gabriel apareciera.

Ya no esperaba que abriera la puerta y dijera:

“Lo siento”.

Porque una parte de mí sabía que incluso si lo hacía…

nada volvería a ser igual.

Una tarde, mientras hacía ejercicios de rehabilitación, la doctora Elena entró con una expresión seria.

—Lucía, alguien vino a verte.

Mi corazón se detuvo por un segundo.

Pensé que era Gabriel.

Pero no.

Era Tomás Castillo.

El hermano menor de Gabriel.

El mismo hombre que estaba presente aquella noche.

El mismo que había visto cómo me sacaban en una ambulancia.

Entró lentamente.

Parecía haber envejecido diez años en pocas semanas.

—Lucía…

No respondí.

Tomás bajó la mirada.

—No espero que me perdones.

Silencio.

—Pero necesito decirte algo.

Me quedé quieta.

—Ese día, Gabriel no llegó solo.

Mis ojos se estrecharon.

—¿Qué?

Tomás apretó los puños.

—Camila lo llamó antes de venir al hospital.

—Le dijo que tú la habías atacado.

—Pero había algo más.

Sacó su teléfono.

—Grabé una conversación.

El mundo pareció detenerse.

Tomás presionó reproducir.

Primero hubo ruido.

Después apareció la voz de Camila.

Clara.

Sin lágrimas.

Sin miedo.

—Gabriel hará lo que sea por protegerme.

Sentí que mi pecho se cerraba.

La voz de otra persona preguntó:

—¿Y si Lucía habla?

Camila respondió:

—Nadie le creerá.

—Él la ama demasiado como para pensar que ella podría ser inocente.

Silencio.

Luego una frase que me dejó completamente helada.

—Además, si el matrimonio termina, será mucho más fácil que Gabriel vuelva a mí.

Tomás apagó el audio.

Yo no dije nada.

Porque durante tres meses había esperado sentir rabia.

O dolor.

Pero lo único que apareció fue cansancio.

Un cansancio profundo.

—¿Por qué me muestras esto ahora?

Tomás cerró los ojos.

—Porque fui un cobarde.

—Vi lo que ocurrió.

—Vi que ella se golpeó a propósito.

—Vi que tú intentaste alejarte.

Su voz se quebró.

—Y aun así me quedé callado.

Miré mis manos vendadas.

—Todos se quedaron callados.

Tomás no tuvo respuesta.

Al día siguiente firmé los documentos.

No los del divorcio.

Todavía no.

Primero firmé otros.

La transferencia de mis acciones.

La protección de mi patrimonio.

La solicitud de investigación.

Porque durante tres meses Gabriel había creído que había destruido a una mujer indefensa.

Lo que no sabía era que la mujer que había dejado en aquella cama…

ya estaba reconstruyéndose.

Y cuando finalmente recibió la citación judicial, abrió el documento esperando encontrar una esposa arrepentida.

Encontró algo completamente diferente.

Una demanda.

Pruebas.

Y una frase escrita al final:

“Lucía Serrano ya no solicita justicia.”

“Exige consecuencias.”

Por primera vez desde aquella noche…

Gabriel Castillo sintió miedo.

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