Cuando desperté, el techo era completamente blanco.
El olor a desinfectante sustituyó al del aceite quemado.
Intenté mover el brazo derecho.
Un dolor insoportable me atravesó el cuerpo.
—No lo haga.
Una enfermera se acercó inmediatamente.
—Tiene quemaduras de segundo y tercer grado.
Cerré los ojos.
—¿Cuánto tiempo…?
—Dos días.
Dos días.
Daniel no había aparecido.
Ni una sola vez.
La puerta de la habitación se abrió.
Entró una mujer de traje azul marino.
Llevaba una carpeta gruesa bajo el brazo.
—Soy Victoria Reynolds.
Mi abogada.
Se sentó junto a la cama.
—Antes de decir cualquier cosa…
Abrió una tableta.
—Necesita ver esto.
Presionó reproducir.
En la pantalla apareció la cocina.
La fecha.
La hora.
Y después…
Margaret levantando la sartén.
Su voz era perfectamente clara.
—¡Si no firmas, te voy a enseñar quién manda en esta familia!
El aceite cayó sobre mí.
Mis gritos llenaron la habitación.
Después apareció Daniel.
No intentando ayudarme.
No llamando a emergencias.
Solo diciendo con absoluta tranquilidad:
—Divórciate de una vez de este monstruo.
Victoria detuvo el video.
—La grabación tiene audio y respaldo automático en la nube.
Respiró profundamente.
—No pueden destruirla.
Sentí un alivio que no experimentaba desde hacía meses.
—¿La policía…?
—Ya tiene una copia.
Tres días después apareció Daniel.
Entró vestido con un traje negro impecable.
Llevaba un ramo de flores.
Las dejó sobre la mesa.
—¿Cómo te sientes?
Lo miré sin responder.
Él suspiró.
—No hacía falta denunciar a mi madre.
—Ella me lanzó aceite hirviendo.
—Fue un accidente.
Victoria, que estaba sentada junto a la ventana, levantó la vista.
—Qué curioso.
Daniel frunció el ceño.
Ella deslizó una fotografía sobre la cama.
Era una ampliación del video.
Margaret sujetando la sartén con ambas manos.
Mirándome directamente antes de arrojar el aceite.
Victoria sonrió apenas.
—Los accidentes normalmente no anuncian lo que van a hacer.
Daniel perdió el color.
—No tienen contexto.
—Tenemos ocho minutos completos de contexto.
Él ya no respondió.
Se marchó pocos segundos después.
Sin recoger las flores.
Una semana más tarde llegó la demanda de divorcio.
Tal como había prometido.
Solicitaba además la mitad de todos mis bienes.
La casa del lago.
Las inversiones.
Las cuentas.
Todo.
Victoria terminó de leer la demanda.
Después comenzó a reír.
La miré sorprendida.
—¿Qué ocurre?
Ella levantó una sola hoja.
—Tu esposo cree que todavía eres propietaria de todo esto.
Comprendí inmediatamente.
El fideicomiso.
Victoria asintió.
—Lleva tres meses demandando bienes que legalmente ya no te pertenecen.
—¿Y eso qué significa?
—Que la demanda está construida sobre patrimonio inexistente.
Cerró la carpeta.
—Va a ser divertido verlo descubrirlo.
El día de la audiencia preliminar, Daniel llegó acompañado de Margaret.
Ella llevaba el brazo en cabestrillo.
Intentaba aparentar fragilidad.
Incluso caminaba despacio.
Al verme entrar con las vendas todavía visibles bajo la manga larga, sonrió.
—Las cicatrices no impresionan a los jueces.
No respondí.
Mi abogado sí.
—Tiene razón.
Todos giramos hacia Victoria.
—Lo que suele impresionar son las pruebas.
Margaret dejó de sonreír.
El juez comenzó revisando la solicitud de división patrimonial.
—Señorita Reynolds.
Victoria se puso de pie.
—Su Señoría.
Solicitamos incorporar al expediente la certificación del Registro Nacional de Fideicomisos.
Entregó un documento.
El juez comenzó a leerlo.
Frunció lentamente el ceño.
Miró a Daniel.
—¿Usted sabía que todos los bienes mencionados en su demanda fueron transferidos hace tres meses a un fideicomiso irrevocable?
Daniel abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Su abogado empezó a revisar desesperadamente los documentos.
Margaret se inclinó hacia él.
—¿Qué está diciendo?
Nadie respondió.
El juez continuó leyendo.
—La casa del lago.
Las inversiones.
Las acciones.
Las cuentas.
Todo quedó fuera del patrimonio personal antes de los hechos denunciados.
Levantó la vista.
—¿Sobre qué bienes pretende entonces reclamar el cincuenta por ciento?
Daniel permanecía inmóvil.
Era evidente que no tenía la menor idea.
Margaret comenzó a ponerse nerviosa.
—Eso… eso no puede ser.
Victoria habló con absoluta tranquilidad.
—Sí puede.
Y lo es.
El juez cerró el expediente.
—Parece que esta demanda necesitará varias modificaciones.
Pensé que aquello era suficiente.
Pero Victoria todavía no había terminado.
—Su Señoría.
Solicitamos también incorporar una grabación correspondiente a los hechos ocurridos el día de las lesiones sufridas por mi representada.
Margaret sintió un escalofrío.
Daniel levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué grabación?
Victoria colocó una memoria USB sobre la mesa.

—La que demuestra exactamente cómo ocurrieron las quemaduras.
Por primera vez desde que comenzó el proceso…
Vi auténtico miedo en los ojos de ambos.
Porque acababan de comprender que el divorcio ya no era el mayor de sus problemas.
Lo era el proceso penal que estaba a punto de comenzar… y que incluía intento de homicidio, fraude documental y una conspiración para despojarme de mi patrimonio.