PARTE 2: El hombre de la cicatriz no era el muerto que Clara recordaba

Clara acercó la imagen de seguridad hasta que los píxeles comenzaron a deformarse.

La cicatriz seguía allí.

Una línea inclinada sobre la ceja izquierda.

Su padre, Arturo Mendoza, había obtenido aquella marca cuando Clara tenía ocho años.

—Es él —susurró.

Gabriel Ortega guardó silencio al otro lado del teléfono.

—Clara, no salgas del hotel.

—Mi padre murió.

—Eso es lo que te dijeron.

Aquella respuesta le heló la sangre.

—¿Qué significa eso?

—Significa que una fotografía borrosa no basta. Primero necesitamos saber quién es ese hombre.

Gabriel le pidió enviar la imagen.

Diez minutos después volvió a llamar.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—Daniel no me preguntó solamente por tu padre hace seis semanas.

Clara apretó el teléfono prestado de recepción.

—¿Qué quería?

—Quería saber quién administraba los antiguos derechos de Faro Norte.

Clara miró la tarjeta que sostenía.

—¿Faro Norte no eres tú?

—No.

Gabriel respiró profundamente.

—Es el nombre de una estructura patrimonial que tu padre creó antes de desaparecer de tu vida.


Clara sintió que la mañana se partía en dos.

Durante dieciséis años había creído que Arturo había muerto en un accidente.

Había funeral.

Documentos.

Una urna cerrada.

Una madre destruida que jamás quiso hablar del tema.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

—Porque Arturo me dejó instrucciones muy específicas. Solo podía intervenir si alguien intentaba quitarte documentos, aislarte fuera del país o hacerte firmar sin explicarte qué estabas firmando.

Clara miró hacia la piscina.

Daniel había cumplido las tres condiciones.

—¿Qué firmé en su tableta?

—Eso necesitamos descubrir.


Nicha ayudó a conservar los registros del hotel y las imágenes disponibles.

Clara también dejó constancia de la desaparición de sus documentos y contactó por las vías oficiales correspondientes para resolver su situación de viaje.

No persiguió a Daniel.

No necesitaba hacerlo.

Daniel creía que la había dejado atrapada.

Eso le daba una ventaja inesperada.

Él todavía pensaba que Clara no sabía nada.

Gabriel consiguió además que una abogada en México, Laura Méndez, revisara los movimientos empresariales relacionados con la cuenta conjunta.

Los trescientos mil pesos habían terminado en DS Meridian Consulting.

D.

S.

Daniel.

Sofía.

Pero Sofía era la hija de Daniel de su matrimonio anterior.

Tenía diecisiete años.

No podía ser quien administraba realmente aquella empresa.

La representante legal era Elvira.


Entonces apareció algo peor.

DS Meridian había presentado tres semanas antes una solicitud para adquirir derechos sobre una propiedad industrial en Veracruz.

El propietario registrado no era Clara.

Era:

Faro Norte Patrimonial.

Clara sintió que las piezas comenzaban a encajar.

Daniel no la había abandonado en Tailandia por una pelea.

Necesitaba tiempo.

Y necesitaba que ella estuviera lejos.

—¿Qué tiene esa propiedad? —preguntó.

Gabriel tardó en responder.

—Ahora vale muchísimo dinero. Pero cuando tu padre la adquirió no era más que terreno industrial.

—¿Y qué tengo yo que ver?

—Eres la beneficiaria designada.

Clara cerró los ojos.

Daniel siempre se había burlado de las historias sobre su padre.

Siempre decía que Arturo había dejado únicamente deudas.

Pero llevaba seis semanas preguntando por él.


Dos días después, Clara recibió copias de los documentos que supuestamente había firmado junto a la piscina.

No eran únicamente seguros de viaje.

Entre ellos aparecía una autorización electrónica para que Daniel actuara como representante en determinadas gestiones administrativas.

Su firma estaba allí.

Pero había páginas que Clara jamás había visto en la tableta.

Laura fue clara:

—No sabemos todavía cómo se incorporaron. No asumas nada. Conservaremos los archivos originales y revisaremos la trazabilidad.

—¿Daniel puede quedarse con Faro Norte?

—No con estos documentos por sí solos.

Clara sintió alivio por primera vez.

Entonces Laura añadió:

—Pero alguien lleva años intentando modificar su estructura.


El hombre de la cicatriz volvió a aparecer.

Esta vez en otra cámara.

Había acompañado a Daniel hasta un vehículo negro frente al hotel.

Nicha consiguió una imagen mejor.

Clara la envió a Gabriel.

Media hora después recibió una videollamada.

Gabriel tenía delante una fotografía antigua.

—Míralos.

Había dos hombres.

Uno era Arturo.

El otro tenía casi el mismo rostro.

Y la misma cicatriz.

—No entiendo.

—Tu padre tenía un hermano.

Clara sintió que el corazón se detenía.

—Eso es imposible.

—Tu tío se llamaba Alejandro Mendoza.

—Nunca escuché ese nombre.

—Esa era la intención.

Gabriel señaló la fotografía.

—Arturo y Alejandro eran gemelos.

El hombre del hotel no era necesariamente su padre.

Podía ser Alejandro.


Clara recordó entonces algo de su infancia.

Su padre jamás permitía fotografías familiares cuando viajaban a Veracruz.

Una vez, siendo niña, había escuchado a su madre discutir con él.

“Algún día Clara descubrirá que hay dos.”

Siempre creyó que hablaban de propiedades.

Ahora entendía.

—¿Alejandro sigue vivo?

—No lo sabía hasta hoy.

—¿Y por qué está con Daniel?

Gabriel abrió otro archivo.

—Porque Alejandro fue el primer administrador de Faro Norte.


Clara regresó a México cinco días después con documentación temporal y copias certificadas de todo lo ocurrido.

Daniel no fue a recibirla.

Tampoco sabía que había regresado.

Laura había descubierto mientras tanto que Elvira intentó presentar una modificación sobre Faro Norte la mañana siguiente al abandono en Phuket.

La operación fue detenida porque faltaba una verificación adicional de Clara.

Eso explicaba el aislamiento.

Daniel necesitaba que ella no pudiera responder rápidamente.

Pero había algo que seguía sin encajar.

¿Por qué llevarse su pasaporte si únicamente necesitaban retrasarla?

La respuesta apareció en los registros de un notario.

El mismo día, alguien había concertado una cita a nombre de Clara.

Y una mujer se había presentado.

No era Clara.

La cámara mostraba a una persona con gafas oscuras y cabello recogido.

A su lado estaba Elvira.


Daniel llegó a casa aquella noche convencido de que Clara seguía en Tailandia.

Encendió la luz.

Ella estaba sentada en la sala.

Sobre la mesa había copias de los documentos.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Cómo regresaste?

—Eso es lo primero que preguntas.

—Clara…

—¿Dónde está mi pasaporte?

Él cerró la puerta lentamente.

—Mi madre se equivocó llevándoselo.

—¿Y mi teléfono?

—Sofía creyó que era suyo.

—¿Y cancelar mi vuelo?

Silencio.

Clara empujó hacia él la solicitud de Faro Norte.

Daniel palideció.

—¿Quién te dio esto?

—Mi padre.

Era mentira.

Pero funcionó.

Daniel perdió el color del rostro.

—Eso no es posible.

—Curioso. Dijiste exactamente lo mismo que Gabriel.

Daniel retrocedió.

—¿Gabriel Ortega está involucrado?

Clara comprendió entonces que Daniel conocía mucho más de lo que había admitido.

—¿Quién es Alejandro Mendoza?

El miedo apareció en sus ojos.

Ya no podía esconderlo.

—Clara, escúchame. El hombre de Phuket no es quien crees.

—Sé que es el gemelo de mi padre.

Daniel cerró los ojos.

—No.

Clara se quedó inmóvil.

—¿No qué?

—Alejandro no era el gemelo que murió.

El silencio llenó la habitación.

Daniel la miró.

—Hace dieciséis años murió Alejandro.

Clara sintió que las manos comenzaban a temblarle.

—Entonces…

—El hombre del hotel era Arturo.

Su padre.

Daniel tragó saliva.

—Tu padre está vivo.

Antes de que Clara pudiera responder, alguien tocó la puerta.

Tres golpes lentos.

Daniel palideció aún más.

Clara abrió.

El hombre de la cicatriz estaba allí.

Más envejecido que en sus recuerdos.

Pero esta vez, a pocos centímetros de distancia, no había ninguna duda.

—Hola, pequeña —dijo.

Clara dejó de respirar.

Arturo miró a Daniel por encima de su hombro.

Su expresión se volvió fría.

—Veo que finalmente hiciste exactamente lo que tu madre te pidió.

Daniel retrocedió.

Clara giró hacia él.

—¿Su madre?

Arturo entró y colocó una vieja llave de metal sobre la mesa.

La misma palabra estaba grabada en ambos lados:

FARO NORTE.

—Daniel no se casó contigo para encontrarme —dijo Arturo—. Cuando empezó a investigar, ya llevaba años casado contigo.

Clara sintió un alivio mínimo.

Duró apenas un segundo.

—Entonces ¿por qué Elvira quería Faro Norte?

Arturo la miró con una tristeza que Clara no entendió.

—Porque Elvira sabe lo que hay debajo de aquella propiedad.

—¿Qué hay?

Su padre empujó la llave hacia ella.

—La prueba de por qué tuve que permitir que mi propia hija creyera durante dieciséis años que yo estaba muerto.

Y cuando Clara tomó aquella llave, comprendió que Daniel podía haberle robado un vuelo, un teléfono y un pasaporte.

Pero la persona que le había robado dieciséis años de verdad acababa de entrar voluntariamente por su puerta.

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