PARTE 2: LA PERSONA QUE NUNCA MURIÓ

Ethan no volvió la vista.

Pero apenas las puertas del ascensor se cerraron, su asistente, Marcus, habló en voz baja.

—Señor Grant…

Ninguna respuesta.

—¿Era ella?

Ethan seguía mirando fijamente el reflejo de las puertas de acero.

Como si aún pudiera verla.

—Sí.

Su voz salió casi rota.

—Era Ava.

Marcus sintió un escalofrío.

Llevaba doce años trabajando con Ethan.

Lo había visto negociar adquisiciones multimillonarias sin pestañear.

Había visto a políticos, inversionistas y directores generales perder la calma frente a él.

Jamás lo había visto temblar.

Hasta ese momento.

—Pero… nosotros…

Marcus tragó saliva.

—Nosotros asistimos a su funeral.

Ethan cerró los ojos.

Ese recuerdo seguía persiguiéndolo.


Siete años antes.

Después del accidente de automóvil.

Liam había regresado solo al internado.

Llevaba un sobre en la mano.

—La familia Sullivan se mudó.

Nadie sabe exactamente dónde.

Luego les mostró un periódico local.

En una pequeña nota aparecía una fotografía borrosa del vehículo destrozado.

Y una frase.

“Una estudiante falleció tras un accidente ocurrido en la carretera estatal.”

Liam aseguró que era Ava.

También dijo que los padres no querían ceremonias públicas.

Ethan pidió confirmar la información.

Liam respondió con otra mentira.

—Hablé con su tía.

Ya fue enterrada.

Aquella noche Ethan permaneció solo en el gimnasio del colegio hasta el amanecer.

Después desapareció durante varios meses.

Cuando volvió…

Ya era otra persona.


En el presente.

El ascensor se abrió.

Marcus habló otra vez.

—¿Qué hacemos?

Ethan abrió lentamente la mano.

Dentro seguía teniendo la tarjeta donde el asistente había escrito el número de Ava.

La observó durante varios segundos.

—Investiga todo.

—¿Qué exactamente?

—Todo.

Dónde vivió estos siete años.

Quién le dijo a Liam que había muerto.

Y…

Su voz se endureció.

—Por qué mintió.


Mientras tanto, yo seguía completamente confundida.

Mi jefe no dejaba de sonreír.

—¡Lo lograste!

—¿Qué logré?

—¡Consiguió tu número!

Lo miré sin entender.

—Porque hablamos del proyecto.

Él soltó una carcajada.

—Ava…

Se acercó un poco.

—Llevo tres años intentando que Ethan Grant converse conmigo más de veinte segundos.

Hoy habló contigo casi cinco minutos.

No supe qué responder.

Porque, sinceramente…

Aquella conversación había sido un desastre.


Esa misma noche, mientras cenaba en el hotel, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Sí?

Al otro lado solo hubo silencio.

Después una respiración lenta.

Finalmente una voz masculina.

—¿Ava?

Reconocí inmediatamente aquella voz.

—Ethan.

Él tardó varios segundos en continuar.

—Necesito hacerte una pregunta.

—Adelante.

—Hace siete años…

Su voz comenzó a quebrarse.

—¿Por qué nunca me dijiste que seguías viva?

Fruncí el ceño.

—Porque ni siquiera sabía que alguien creyera que estaba muerta.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Después del accidente perdí el teléfono.

Cambiamos de ciudad.

Mis padres querían empezar de cero.

No conservé contacto con nadie.

Respiré hondo.

—Ethan…

¿Qué está pasando?

Él no respondió.

Solo hizo otra pregunta.

—¿Quién fue la última persona de nuestra escuela con la que hablaste?

Pensé unos segundos.

—Creo que…

Liam.

Su respiración cambió por completo.

—¿Estás segura?

—Sí.

Después del accidente vino al hospital.

Me llevó flores.

Dijo que avisaría a todos que me estaba recuperando.

Al otro lado de la línea se escuchó un golpe seco.

Como si Ethan hubiera dejado caer algo.

Cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía ninguna calidez.

—Ava.

—¿Sí?

—No busques a Liam.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Por qué?

—Porque lleva siete años mintiéndome.

Me quedé inmóvil.

Él continuó.

—Y si descubrió que volviste…

Hizo una larga pausa.

—…es posible que ahora tú también estés en peligro.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Ethan colgó.


A la mañana siguiente decidí ir directamente a la oficina de mi empresa.

Pensé que todo aquello era una enorme confusión.

Hasta que la recepcionista me llamó apenas crucé la puerta.

—Señorita Sullivan…

—¿Sí?

Me entregó un sobre sin remitente.

—Lo dejaron hace diez minutos.

Lo abrí allí mismo.

Dentro solo había una fotografía.

Era una imagen tomada la tarde anterior.

Yo saliendo del centro de convenciones.

Al dorso, escrito con tinta negra, aparecía un único mensaje.

“Las personas que deberían estar muertas no hacen preguntas.”

Y, en la esquina inferior derecha, había una firma que hizo que toda la sangre abandonara mi rostro.

L. Walker.

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