Nathan cerró la carpeta.
—Claire, antes de presentar esto necesito hacerte una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Quién controla actualmente Prescott Global?
—Aaron.
Nathan negó lentamente con la cabeza.
—No exactamente.
Deslizó un documento hacia mí.
—Revisé los registros corporativos mientras hablabas.
Miré la primera página.
Mi apellido aparecía en una sección que jamás había visto.
—¿Qué es esto?
—Tu participación indirecta.
Sentí un escalofrío.
—Mi abuelo no me dejó acciones personales. Me dejó una estructura de inversión.
—Exactamente.
Nathan señaló una cifra.
—Y esa estructura posee una participación significativa en el fondo que financió la expansión de Prescott Global.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuánto?
Nathan me miró.
—Lo suficiente para que Aaron no pueda ignorarte.
Mi teléfono vibró.
Aaron.
Esta vez contesté.
—¿Dónde estás?
Su voz estaba furiosa.
—En casa.
—No vuelvas allí.
Silencio.
—Claire, ¿qué demonios hiciste anoche?
—Dije la verdad.
—Humillaste a mi empresa delante de quinientos empleados.
—No. Tú humillaste nuestro matrimonio durante tres años.
Su respiración cambió.
—Jasmine no significa nada.
Cerré los ojos.
—Ya no importa.
—Podemos arreglarlo.
—No quiero arreglarlo.
Silencio.
Entonces dijo algo que me hizo entender que todavía no había comprendido nada.
—No puedes simplemente abandonarme.
Miré a Nathan.
Luego respondí:
—Aaron, fui tu esposa. Nunca fui tu propiedad.
Colgué.
A las cuatro de la tarde, Nathan recibió un correo urgente.
Su expresión cambió al leerlo.
—Claire…
—¿Qué?
Me mostró la pantalla.
Era una convocatoria extraordinaria de la junta directiva de Prescott Global.
Motivo: una posible alteración en la estructura de control de la empresa.
Mi nombre aparecía en el documento.
Pero yo no había solicitado ninguna reunión.
—¿Quién la convocó?
Nathan leyó la última línea.
—El presidente del fondo de inversión que controla tu participación.
Me quedé completamente quieta.
—¿Quién es?
Nathan levantó la mirada.
—Tu padre.
Mi corazón se detuvo.
—Mi padre prometió no intervenir.
—Parece que cambió de opinión.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez no era de Aaron.
Era de Jasmine.
Solo decía:
“Claire, tenemos que hablar. Hay algo que Aaron nunca te contó.”
Miré la pantalla durante varios segundos.
Nathan preguntó:
—¿Quieres responder?
Bloqueé el número.
—No.
—¿Por qué?
Guardé el teléfono.
—Porque si Jasmine está asustada, significa que algo mucho peor está a punto de salir a la luz.
Y tenía razón.
A las 8:03 de esa misma noche, mi padre me llamó.
No habló de Aaron.
No habló del divorcio.
Solo dijo:
—Claire, ¿alguna vez te preguntaste por qué Aaron insistió tanto en que no trabajaras después de casarte?
Me quedé helada.
—¿Qué estás diciendo?
Hubo una pausa.

—Tu abuelo no solo te dejó dinero.
—Te dejó una posición.
—Y Aaron lleva tres años intentando descubrir exactamente cuánto vale.