Las palabras de Valeria quedaron suspendidas en el aire.
—La gente cambia cuando está con la persona correcta.
El restaurante seguía lleno. Los platos humeaban. Los cubiertos chocaban contra la porcelana. Sin embargo, Sofía ya no escuchaba nada.
Porque, por primera vez, no sintió celos.
Sintió claridad.
Miró a Adrian durante unos segundos.
Esperó.
Esperó que negara aquella insinuación.
Que dijera que Valeria estaba exagerando.
Que recordara, al menos por respeto, que ella seguía siendo su novia.
Pero Adrian permaneció en silencio.
Bajó la vista hacia el vaso de agua y dio un sorbo demasiado largo.
Ese silencio respondió por él.
Sofía sonrió con una calma que ni ella misma entendía.
—Tienen razón.
Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—La gente cambia.
Tomó su bandeja.
—Y yo también.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y regresó a la empresa.
Aquella tarde nadie volvió a escribirle.
Ni Adrian.
Ni Valeria.
Como si la conversación hubiera terminado exactamente como ellos querían.
Sin embargo, a las cuatro, Recursos Humanos la llamó.
—Sofía, necesitamos que firmes algunos documentos relacionados con tu renuncia.
Entró en la oficina con tranquilidad.
La gerente de RR. HH., Elena, levantó la vista y sonrió con cierta tristeza.
—No esperaba recibir tu carta.
—Yo tampoco esperaba escribirla.
Elena cruzó las manos.
—¿Puedo preguntarte por qué?
Sofía dudó unos segundos.
Luego respondió con sinceridad.
—Porque llevo demasiado tiempo sintiéndome invisible.
La mujer permaneció callada.
Después abrió un cajón y sacó una carpeta.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Cuando llegaste hace tres años, el presidente insistió personalmente en contratarte.
Sofía frunció el ceño.
—¿El presidente?
—Sí.
—Debe haber un error.
Elena negó con la cabeza.
—No lo hay.
Aquellas palabras la desconcertaron por completo.
El presidente de NovaTech apenas aparecía en la empresa.
Los empleados solo lo conocían por fotografías.
Un hombre reservado.
Brillante.
Millonario.
Prácticamente una leyenda dentro de la compañía.
¿Por qué iba a fijarse en una recepcionista?
—Creo que me confundes con otra persona.
—No.
Elena sonrió.
—Recuerdo perfectamente aquella reunión. Él dijo una frase muy concreta.
Abrió la carpeta y leyó una nota escrita años atrás.
—”Contrátenla. No permitan que empiece en otro lugar.”
Sofía sintió un escalofrío.
—Nunca he hablado con él.
—Lo sé.
—Entonces…
—Eso tendrás que preguntárselo tú.
Cuando salió de Recursos Humanos, seguía intentando encontrar una explicación lógica.
No encontró ninguna.
En recepción, Marta, una de las guardias de seguridad, le hizo una seña.
—Sofi.
—¿Sí?
—Hay alguien preguntando por ti.
—¿Quién?
—Un señor mayor.
Al acercarse al vestíbulo vio a un hombre elegante, de unos sesenta años, vestido con un impecable traje gris.
Al verla sonrió con alivio.
—Señorita Sofía.
Ella se detuvo.
—¿Nos conocemos?
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi nombre es Esteban.
Le entregó una tarjeta.
Solo aparecía un nombre.
Esteban Ruiz. Secretario Ejecutivo.
Y debajo…
Oficina del Presidente.
Sofía levantó lentamente la mirada.
—¿El presidente quiere verme?
—Así es.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Creo que se equivocan de persona.
Esteban negó con absoluta seguridad.
—No nos equivocamos desde hace muchos años.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, las puertas del ascensor se abrieron.
Adrian y Valeria salieron conversando y riendo.
La risa desapareció del rostro de ambos al ver al secretario presidencial.
—Señor Ruiz… —saludó Adrian con respeto.
Esteban apenas hizo un gesto de cortesía.
Su atención seguía centrada únicamente en Sofía.
—El presidente desea recibirla mañana a las nueve de la mañana.
Valeria abrió mucho los ojos.
—¿A… a Sofía?
Esteban asintió.
—Correcto.
Adrian dio un paso al frente.
—Disculpe… quizá haya algún error administrativo. Sofía trabaja en recepción.
El secretario lo observó con educación.
—Conozco perfectamente el puesto de la señorita Sofía.
Luego añadió una frase que dejó helados a los tres.
—Y también sé que, desde hace demasiado tiempo, esta empresa no la ha tratado como merece.
El vestíbulo entero quedó en silencio.
Varios empleados dejaron de caminar para mirar la escena.
Valeria intentó sonreír.
—Bueno… seguramente será alguna encuesta interna o un reconocimiento.
Esteban la ignoró por completo.
Sacó un sobre color marfil.
Lo sostuvo con ambas manos y se lo entregó únicamente a Sofía.
—Por favor, no falte.
El presidente lleva años esperando este encuentro.
Dicho eso, inclinó ligeramente la cabeza y abandonó el edificio.
Las puertas automáticas se cerraron tras él.
Nadie habló durante varios segundos.

Adrian miró el sobre.
Después miró a Sofía.
Y por primera vez desde que comenzó su relación…
Sintió que había algo sobre la mujer que tenía delante que jamás había llegado a conocer.