PARTE 2: TREINTA DÍAS

A la mañana siguiente, Alexander regresó a las seis y doce.

Yo ya estaba desayunando.

—¿No vas a preguntarme por Victoria?

—No.

—La electricidad volvió una hora después.

Unté mantequilla sobre una tostada.

—Qué bien.

Alexander permaneció frente a mí.

Antes habría preguntado por qué tardó toda la noche.

Ahora revisé mi correo.

La universidad necesitaba mi confirmación definitiva antes del viernes.

Acepté.

—Isabella.

—¿Sí?

—Mírame.

Levanté los ojos.

Por primera vez parecía incómodo dentro de su propia casa.

—¿Estás planeando algo?

Sonreí.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

No le conté que esa tarde tenía cita con una abogada.

Tampoco que ya había solicitado copias de mis documentos personales.

Pasaporte.

Títulos.

Estados financieros.

Historial médico.

Y, por consejo legal, una solicitud para preservar cualquier registro todavía disponible del sistema de seguridad de la casa.

No buscaba venganza.

Buscaba salir sin dejar mi vida atrás.

Tres días después, Alexander encontró la carta de California.

Entró en mi habitación sosteniéndola.

—¿Qué es esto?

—Mi doctorado.

—¿En California?

—Sí.

—¿Cuándo solicitaste?

—Después del hospital.

Su rostro cambió.

—¿Piensas irte?

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

Cerré la maleta que estaba organizando.

—No pienso volver.

Alexander soltó una risa breve.

—Estás enfadada.

—No.

—Entonces esto es un castigo.

—Tampoco.

Saqué otra carpeta.

Cuando vio los documentos de divorcio, dejó de hablar.

—No voy a firmarlos.

—Mi abogada te explicará el procedimiento.

—¿Por Ethan?

Lo miré.

Aquello resumía perfectamente nuestro matrimonio.

Todavía pensaba que necesitaba una razón que él considerara válida.

—Cuando desperté en el hospital sin nuestra hija, me llamaste descuidada.

Alexander palideció.

—Yo estaba alterado.

—Yo también.

Mi voz no tembló.

—Solo que yo era quien acababa de perderla.

Intentó tocarme.

Retrocedí.

Eso pareció asustarlo más que los papeles.

—Isabella, podemos arreglarlo.

—No quiero arreglarlo.

Aquella noche, Ethan llegó tarde.

Alexander lo esperaba.

Yo no pretendía escuchar, pero sus voces atravesaron el pasillo.

—Quiero que me digas exactamente qué ocurrió aquel día —dijo Alexander.

Silencio.

—Ethan.

—Ya te lo dije.

—Dijiste que Isabella cayó.

—Sí.

—Entonces mírame y repítelo.

Pasaron varios segundos.

Después escuché al niño llorar.

—Mamá dijo que ella quería reemplazarme.

Me quedé inmóvil.

Alexander bajó la voz.

—¿Victoria te dijo eso?

—Dijo que cuando naciera el bebé tú ya no me necesitarías.

Cerré los ojos.

Ethan era responsable de haberme empujado.

Pero también era un niño al que alguien llevaba meses llenando de miedo.

Alexander preguntó:

—¿Ella te dijo que hicieras algo?

La respuesta llegó rota.

—Solo que no dejara que Isabella nos quitara todo.

Alexander salió del estudio minutos después.

Su rostro estaba blanco.

—Isabella…

—No.

—Necesitas escuchar esto.

—No necesito interrogar a un niño.

—Victoria estuvo manipulándolo.

—Y tú elegiste creerlo sin revisar nada.

Eso lo silenció.

Al día siguiente mi abogada llamó.

—Recibimos respuesta sobre las cámaras.

Me senté.

—¿Había grabación?

—No. Los archivos de ese período ya no están disponibles.

Sentí decepción.

—Pero hay registros administrativos.

—¿Qué registros?

—El sistema muestra que la cámara de la escalera fue desactivada manualmente la noche anterior a tu caída.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Por quién?

—No podemos decir todavía quién estaba físicamente frente al dispositivo. Solo qué credencial se utilizó.

Esperé.

—La de Alexander.

No sentí rabia.

Sentí frío.

Esa noche coloqué la copia del registro frente a él.

Alexander lo leyó dos veces.

—Yo no hice esto.

—Es tu código.

—Victoria lo conocía.

—¿Por qué?

No respondió inmediatamente.

Entonces recordé.

Durante años, Victoria había entrado y salido de aquella casa por Ethan.

Alexander jamás había cambiado algunos accesos después del divorcio.

—Voy a llamar a seguridad —dijo.

—Hazlo.

Aquella respuesta volvió a desconcertarlo.

Una hora después llegó el administrador del sistema.

Revisó los registros.

—La credencial del señor Hawthorne fue utilizada a las 22:14.

Alexander estaba fuera de la ciudad aquella noche.

Eso podía verificarse.

—¿Y Victoria? —preguntó.

El técnico continuó leyendo.

—Su código se utilizó siete minutos antes.

Alexander levantó la cabeza.

Dos accesos.

Dos códigos.

Entonces el técnico encontró algo más.

—Hay una tercera actividad.

—¿Cuál?

—Se creó un código temporal esa misma noche.

—¿Para quién?

El hombre giró la pantalla.

El nombre registrado era:

ETHAN HAWTHORNE.

Alexander se quedó helado.

—Mi hijo no conoce el panel de administración.

—Entonces alguien creó el código en su nombre.

La hora era 22:23.

Dos minutos después, la puerta lateral había sido abierta.

—¿Quién entró? —pregunté.

—El sistema no puede decirlo.

Pero sí había registrado cuándo salió.

A las 23:01.

Alexander miró la hora durante mucho tiempo.

Después susurró:

—Victoria me llamó esa noche a las diez y media.

—¿Qué quería?

—Saber dónde estaba.

El silencio se volvió pesado.

Mi teléfono vibró entonces.

Era mi abogada.

Había conseguido otro documento del proveedor de seguridad: la solicitud digital con la que se creó aquel código temporal.

La abrí.

El solicitante había escrito una sola instrucción:

“Acceso para el tutor de Ethan. Autorizado por Alexander Hawthorne.”

Alexander negó inmediatamente.

—Yo nunca autoricé eso.

Miré la dirección de correo desde la que se había enviado.

No era la de Victoria.

Tampoco la de Alexander.

Reconocí el nombre.

Era de la única persona de la familia que, después de mi caída, había insistido en que me arrodillara toda una noche y pidiera perdón por “acusaciones vergonzosas”.

La madre de Alexander.

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