El murmullo del salón desapareció.
Todas las miradas se dirigieron hacia la enorme pantalla LED.
Rodrigo dio un paso apresurado.
—¡Apaguen eso!
Mariana levantó el control remoto.
—Quédate donde estás.
Su voz fue tranquila.
Tan tranquila que provocó más miedo que cualquier grito.
La primera imagen apareció.
Era un video grabado por una cámara de seguridad del edificio corporativo de Grupo Armenta.
Fecha.
Hora.
Todo perfectamente visible.
Fernanda y Rodrigo entraban juntos al estacionamiento subterráneo un sábado a las diez y media de la noche.
Él la abrazaba por la cintura.
Después la besaba.
Doña Teresa perdió el color.
—Eso no prueba nada…
Mariana no respondió.
Presionó otro botón.
La siguiente grabación mostró el lobby de un hotel en Santa Fe.
Rodrigo firmaba el registro.
Fernanda llevaba una gorra y unos lentes oscuros.
El recepcionista entregó una sola llave.
Habitación 1807.
Varias personas de la empresa comenzaron a intercambiar miradas incómodas.
Uno de los directores carraspeó.
—Rodrigo…
¿Eso ocurrió durante la convención de Monterrey?
Mariana contestó por él.
—No.
Durante un supuesto viaje de negocios en Querétaro.
El silencio se hizo más pesado.
Fernanda apretó la mano sobre su vientre.
Rodrigo intentó acercarse nuevamente a la pantalla.
Mariana levantó otra vez el control.
—Todavía no termina.
La tercera carpeta apareció bajo un nombre mucho más inquietante.
“Tratamientos de fertilidad”.
Rodrigo sonrió con desprecio.
—Ahora vas a exhibir tus expedientes médicos.
Qué triste.
Mariana negó lentamente.
—No son los míos.
Abrió el primer documento.
Era una factura.
Después otra.
Luego otra más.
Todas estaban emitidas por una clínica privada de reproducción asistida.
Paciente:
Fernanda Lozano.
Fecha del primer tratamiento:
Veinte meses antes.
Veinte meses.
El salón entero quedó inmóvil.
Mariana miró directamente a Rodrigo.
—Qué curioso.
Según ustedes…
Nuestra crisis matrimonial comenzó hace apenas seis meses.
Entonces…
¿Por qué Fernanda ya intentaba embarazarse contigo casi dos años antes?
La copa que sostenía uno de los gerentes cayó sobre el mantel.
Doña Teresa dio un paso atrás.
Fernanda empezó a llorar.
—Yo…
Yo puedo explicarlo.
Mariana sonrió por primera vez.
—Claro.
Explícalo.
Explícales también por qué llevas usando el seguro médico de la empresa como si fueras la esposa del director.
Todos voltearon hacia Rodrigo.
El director de Recursos Humanos abrió inmediatamente la aplicación corporativa en su teléfono.
Buscó el expediente.
Su rostro cambió.
—Rodrigo…
La beneficiaria adicional aparece registrada hace dieciocho meses.
¿Cómo autorizaste esto?
Rodrigo tragó saliva.
—Fue… un error administrativo.
Mariana soltó una pequeña risa.
—Sí.
Uno muy caro.
Porque cada tratamiento fue pagado con fondos ejecutivos destinados exclusivamente al cónyuge legal.
Las conversaciones comenzaron a llenar el salón.
—Eso es fraude…
—¿Usó recursos de la empresa?
—¿Desde cuándo?
Rodrigo levantó la voz.
—¡Mariana!
¡Basta!
Ella volvió a pulsar el control.
La pantalla quedó completamente negra.
Durante unos segundos nadie entendió qué ocurría.
Después apareció un archivo nuevo.
“Proyecto Horizonte”.
Rodrigo dejó escapar el aire.
Por primera vez parecía realmente asustado.
—No…
Eso no.
Mariana lo miró fijamente.
—¿Ahora sí tienes miedo?
Abrió el video.
Era una reunión privada.
Solo aparecían tres personas.
Rodrigo.
Fernanda.
Y el presidente del consejo de administración.
La grabación tenía audio perfecto.
—El ascenso ya está asegurado —decía Rodrigo—. Solo falta que Mariana firme el divorcio para que el consejo deje de hacer preguntas.
Fernanda sonrió.
—¿Y si se niega?
Rodrigo respondió sin vacilar.
—Mi madre reunirá a toda la familia. Delante de suficientes testigos, cualquier mujer termina cediendo.
La sala quedó completamente en silencio.
Todos acababan de descubrir que aquella cena no era una celebración.
Era una emboscada cuidadosamente organizada.
Mariana dejó el control sobre la mesa.
—Querías que todos fueran testigos.
Lo conseguiste.
Pero olvidaste comprobar quién controlaba la pantalla.
En ese instante se abrió la puerta del salón.
Entró un hombre de cabello gris acompañado por dos abogados y varios representantes del corporativo.

Al verlo, el presidente del consejo se puso de pie.
El recién llegado habló con voz firme.
—Señor Rodrigo Armenta…
Queda suspendido de inmediato como director regional.
Y antes de que Rodrigo pudiera reaccionar, el hombre dejó una carpeta sobre la mesa.
En la portada solo había una frase:
“Auditoría por desvío de fondos y falsificación de documentos.”