CASA.
Me quedé mirando aquella palabra dentro de una línea de código que no debería contener palabras humanas.
La transferencia seguía avanzando.
Veintitrés por ciento.
Veintisiete.
Pero yo ya no escuchaba a los inversionistas ni a Roman contando los minutos.
Porque conocía aquella firma.
—¿Qué pasa? —preguntó Dominic.
No respondí.
Abrí el módulo oculto y ejecuté una comparación con el código almacenado en mi memoria USB.
Coincidencia: 99,8 %.
Sentí que se me helaban las manos.
—Autumn.
Esta vez Dominic pronunció mi nombre con más fuerza.
—Este malware no lo escribió Cross.
Adrien Cross, todavía retenido por los guardias, levantó la cabeza.
—Nunca dije que lo hubiera escrito.
Giré hacia él.
—¿Quién te lo dio?
Cross miró a Dominic.
—Los Rossi.
—No. —Señalé la pantalla—. ¿Quién te entregó físicamente el programa?
Cross dudó.
—Una mujer.
Mi respiración se detuvo.
—¿Nombre?
—No lo sé.
—¿Edad?
—Quizá cincuenta.
Tragué saliva.
—¿Cabello oscuro? ¿Una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda?
Cross me miró sorprendido.
—Sí.
El comedor pareció inclinarse.
Siete años atrás, después del ataque al MIT, una sola profesora había defendido mi inocencia.
La doctora Evelyn Hart.
Mi mentora.
La mujer que me había enseñado a programar sistemas de recuperación cuando yo apenas era una estudiante brillante y arrogante que creía que todo problema tenía solución.
Tres semanas después de mi expulsión, Evelyn desapareció.
La policía dijo que probablemente había abandonado el país.
Yo nunca volví a verla.
Hasta ahora.
—¿La conoces? —preguntó Dominic.
—Ella conocía este código.
La transferencia alcanzó el cuarenta y uno por ciento.
Entonces apareció otro directorio.
HOME_PROTOCOL
CASA.
Abrí la carpeta.
Roman se inclinó.
—¿Qué es eso?
—No lo sé.
Pero sí sabía una cosa.
No pertenecía a los archivos de Dominic.
Había sido introducida junto con el malware.
Dentro encontré una fotografía.
La abrí.
Y dejé de respirar.
Era yo.
Tenía diecinueve años.
Estaba sentada en una cafetería del campus del MIT con un portátil delante y una taza enorme entre las manos.
La fotografía había sido tomada desde la calle.
—¿Por qué demonios hay una foto tuya en mi sistema? —preguntó Dominic.
No tenía respuesta.
Abrí el siguiente archivo.
Otra fotografía.
Yo saliendo del campus.
Después otra.
Mi antiguo apartamento.
Otra más.
Mi padre entrando en nuestra casa de Massachusetts.
La última imagen tenía una fecha.
Tres días antes del ataque que destruyó la base financiera del MIT.
Debajo había una línea:
SUJETO A-17 CONFIRMADO. INICIAR FASE CASA.
Sentí náuseas.
Dominic se acercó.
—¿Qué significa A-17?
—No lo sé.
—¿Estás segura?
Lo miré.
—Hace diez minutos yo era la mesera que estaba trayendo tu almuerzo. ¿Por qué crees que sé algo de esto?
Por primera vez, casi pareció creerme.
Entonces la transferencia llegó al sesenta y ocho por ciento.
El inversionista principal habló desde el otro lado de la mesa.
—Señor Kaine, quedan nueve minutos.
Dominic ni siquiera se volvió.
—Autumn.
—Puedo terminar.
—No hablo del trato.
Señaló mi fotografía.
—Hablo de ti.
Seguí tecleando.
—Primero salvo tus archivos. Después averiguo por qué estoy dentro de ellos.
Setenta y nueve por ciento.
Ochenta y cuatro.
Cross comenzó a agitarse.
—Tenemos que salir.
Roman lo miró.
—¿Qué dijiste?
—Si ella encontró HOME_PROTOCOL, ellos lo sabrán.
Dominic giró lentamente.
—¿Quiénes?
Cross palideció.
—Los Rossi no querían sus archivos.
—Entonces, ¿qué querían?
Cross miró directamente hacia mí.
—Encontrarla a ella.
Nadie habló.
Mis dedos se detuvieron sobre el teclado.
—Eso no tiene sentido.
—Me ordenaron instalar el malware exactamente hoy, exactamente en esta reunión.
—¿Por qué?
—Porque sabían quién trabajaba en este restaurante.
Dominic miró a Cross con una expresión que hizo retroceder incluso a Roman.
—¿Estás diciendo que pusiste en riesgo un acuerdo de novecientos millones para atraer a una mesera hasta mi ordenador?
Cross negó con la cabeza.
—No una mesera.
Sus ojos se clavaron en mí.
—A-17.
La transferencia alcanzó el noventa y seis por ciento.
Entonces todas las luces se apagaron.
Los inversionistas gritaron.
El sistema de emergencia se encendió un segundo después, bañando el comedor con una iluminación tenue.
Mi portátil seguía funcionando gracias a la batería.
Noventa y siete.
Noventa y ocho.
Roman habló por radio.
—Seguridad, informe.
Estática.
—Seguridad.
Nada.
Dominic sacó su teléfono.
Sin señal.
Cross cerró los ojos.
—Ya están aquí.
Noventa y nueve por ciento.
Escuchamos un golpe al otro lado de la puerta.
Roman se colocó delante de Dominic.
Yo pulsé la última tecla.
TRANSFERENCIA COMPLETADA.
Saqué la unidad externa.
—Terminó.
El inversionista principal la tomó.
El acuerdo todavía podía salvarse.
Pero Dominic ya no miraba los archivos.
Me miraba a mí.
—Vienes conmigo.
—Tengo turno hasta las diez.
Me sostuvo la mirada.
—Autumn, alguien organizó un ataque informático de millones de dólares para encontrarte. Tu turno ha terminado.
Entonces mi memoria USB emitió un sonido.
Había aparecido un archivo nuevo.
No lo había descargado.
Se había abierto solo.
CASA_001
Lo seleccioné.
Apareció un vídeo antiguo.
Una habitación oscura.
Una mesa.
Dos hombres hablando.
Uno era mucho más joven, pero reconocí inmediatamente a Dominic Kaine.
El otro hombre estaba de espaldas.
Hasta que giró.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—No…
Dominic se acercó a la pantalla.
—¿Quién es?
Yo conocía aquel rostro mejor que el mío.
El hombre llevaba siete años muerto.
Al menos eso decía su certificado de defunción.
—Mi padre.
Dominic quedó completamente inmóvil.
En el vídeo, mi padre deslizó una carpeta hacia él.
La etiqueta decía:
PROYECTO CASA — SUJETO A-17: AUTUMN REED
Después escuchamos su voz.
—Si alguna vez activan este protocolo, Dominic, significa que han encontrado a mi hija.
El Dominic del vídeo abrió la carpeta.
—¿Y qué quieres que haga?
Mi padre respondió sin vacilar:
—No le cuentes quién es.
El vídeo se cortó.
Miré lentamente al hombre que tenía delante.
Dominic ya no parecía confundido.
Parecía alguien cuyo secreto de dieciocho años acababa de regresar para cobrar una deuda.
—Tú conocías a mi padre —susurré.
Dominic no respondió.
—¿Quién soy?
Antes de que pudiera contestar, tres golpes sonaron en la puerta.
Pausa.
Otros dos.
Cross empezó a temblar.
—Ese es el código.
Roman levantó la mirada.
—¿Qué código?

Cross me miró.
—El de Evelyn Hart.
Y desde el otro lado de la puerta, una voz femenina dijo con absoluta calma:
—Autumn, abre. He venido a llevarte a casa.