Claudia bajó lentamente el teléfono.
—¿Qué más te dijo tu papá?
Del otro lado de la línea, Ximena respiró con dificultad.
—Que no contestara tus preguntas.
—¿Por qué?
—Dijo… que estabas muy alterada y que podías malinterpretar las cosas.
Claudia cerró los ojos.
Era la misma estrategia que había visto durante años en investigaciones militares.
Aislar.
Controlar.
Hacer que la otra persona pareciera inestable antes de que pudiera contar su versión.
—¿Tú dónde estás?
—En Monterrey, mamá.
—No regreses todavía.
Hubo un breve silencio.
—¿Pasó algo muy grave?
Claudia miró la ciudad desde la ventana del hotel.
—Sí.
—¿Papá tiene otra familia?
La pregunta la atravesó.
No respondió.
Porque ya no estaba segura de que esa fuera la peor parte.
A la mañana siguiente, Claudia fue al Registro Público.
No llevaba uniforme.
Solo una carpeta y una libreta.
Pidió copias de varios documentos relacionados con la empresa y con algunos inmuebles.
La empleada revisó el sistema.
Después levantó la vista.
—¿Se refiere a la señora Renata Robles de Salcedo?
Claudia sintió un escalofrío.
—Sí.
—Aparece como cónyuge en varios trámites administrativos de la empresa.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Qué clase de trámites?
—Poderes para representación, eventos corporativos, autorizaciones bancarias…
La empleada frunció el ceño.
—Pensé que era usted.
Claudia permaneció inmóvil.
No existía un segundo matrimonio legal registrado.
Pero alguien llevaba años presentando a otra mujer como la esposa del director general en múltiples actos privados y empresariales.
Esa tarde decidió ir a la casa.
La casa donde había vivido casi tres décadas.
Entró con su llave.
Seguía funcionando.
El recibidor estaba igual.
Pero el aroma era distinto.
El perfume no era suyo.
Sobre la consola había fotografías nuevas.
En una aparecía Arturo abrazando a Renata durante una gala.
La fotografía ocupaba exactamente el lugar donde antes estaba el retrato del ascenso de Claudia a coronela.
Subió lentamente las escaleras.
Abrió la puerta de su habitación.
Su ropa había desaparecido.
Los vestidos de Renata ocupaban el clóset.
Las cremas sobre el tocador no eran las suyas.
Su cepillo de cabello tampoco.
Abrió el cajón donde siempre guardaba la medalla original.
Estaba vacío.
En ese momento escuchó una voz detrás de ella.
—Sabía que tarde o temprano ibas a venir.
Claudia se giró.
Era Renata.
No parecía nerviosa.
Entró en la habitación con absoluta tranquilidad.
—¿Dónde está Arturo?
—En una reunión.
Claudia sostuvo su mirada.
—¿Desde cuándo usas mi apellido?
Renata sonrió apenas.
—Desde que él dejó de usar el tuyo en su vida.
Aquella respuesta no provocó un grito.
Solo un silencio.
Claudia observó nuevamente la habitación.
Después dijo con calma:
—Puedes quedarte con la ropa.
Miró el tocador.
—Con los muebles.
Con la cama.
Con la casa.
Renata frunció el ceño.
No esperaba esa reacción.

—¿Eso es todo?
Claudia dio un paso hacia la puerta.
—Solo vine a confirmar una cosa.
—¿Cuál?
La coronela la miró fijamente.
—Que durante años no ocupaste mi lugar.
Ocupaste un escenario construido sobre mentiras.
Renata dejó de sonreír.
—No entiendo.
Claudia sacó una carpeta de su bolso.
En la portada aparecía el sello del área jurídica del Ejército Mexicano.
—Ayer denuncié la desaparición de una condecoración oficial entregada por el Estado.
Renata palideció.
Miró instintivamente la estrella plateada que llevaba al cuello.
Claudia continuó:
—Y también informé que esa condecoración ha sido utilizada públicamente por una persona que nunca fue autorizada para portarla.
El silencio llenó la habitación.
Porque la medalla ya no era un recuerdo de matrimonio.
Era una condecoración oficial cuya posesión y uso indebido podía convertirse en una investigación formal.
Y Arturo aún no sabía que ese era solo el primero de varios documentos que Claudia había comenzado a reunir desde que volvió a México.