PARTE 2: EL DINERO QUE BEATRIZ NUNCA PUDO EXPLICAR

Álvaro permaneció sentado frente a las pantallas durante varios minutos después de que Beatriz saliera del salón.

No podía apartar la vista de sus hijas.

Lucía había recogido el conejo de peluche del suelo.

Lo limpió con cuidado.

Luego se lo entregó a Claudia.

—No llores —le susurró—. Papá volverá.

Aquella frase le dolió más que cualquier insulto.

Porque sus hijas no habían dicho “papá nos protegerá”.

Habían dicho “papá volverá”.

Como si su presencia fuera algo temporal.

Como si la seguridad dependiera de esperar a que él apareciera.

Álvaro cerró los ojos.

Durante años había pensado que contratar ayuda y pagar una buena casa era suficiente.

Ahora entendía que sus hijas no necesitaban una mansión.

Necesitaban sentirse seguras dentro de ella.

—Señor Serrano.

La voz de Javier lo sacó de sus pensamientos.

—Encontré algo más.

Álvaro levantó la mirada.

—¿Qué?

El jefe de seguridad señaló otra carpeta digital.

—Revisamos los accesos de los últimos seis meses.

—Beatriz entró varias veces a su despacho cuando usted estaba fuera.

Álvaro frunció el ceño.

—¿Tiene pruebas?

Javier abrió los registros.

Fechas.

Horas.

Grabaciones.

En varios videos aparecía Beatriz entrando al despacho privado.

No parecía buscar documentos.

Parecía saber exactamente dónde mirar.

—Ella dijo que nunca había entrado aquí —murmuró Álvaro.

Javier no respondió.

No hacía falta.

La mentira ya estaba grabada.

Álvaro pidió revisar las cámaras de la semana anterior.

Entonces apareció otra escena.

Beatriz hablando por teléfono en el despacho.

La imagen no tenía sonido al principio.

Javier recuperó el audio.

La voz de Beatriz llenó la habitación.

—No te preocupes. Álvaro está completamente convencido de que soy la única persona que puede cuidar de sus hijas.

Pausa.

—Cuando nos casemos, el control de las propiedades será mucho más fácil.

Álvaro se quedó inmóvil.

El corazón le golpeaba con fuerza.

La voz continuó.

—Además, esas niñas son un problema. Pero después de la boda todo cambiará.

Javier apagó el audio.

No porque no quisiera escuchar más.

Porque sabía que su jefe ya había entendido suficiente.

Álvaro miró la pantalla.

Por primera vez no vio a Beatriz como una futura esposa.

Vio a alguien que había calculado cada paso.

Una actuación perfecta.

Una sonrisa perfecta.

Una mentira perfecta.

—Busca todo.

La voz de Álvaro salió fría.

—Todo lo relacionado con sus finanzas.

Javier asintió.

—Ya lo hice.

Abrió otro archivo.

—Y encontramos esto.

Sobre la pantalla aparecieron transferencias bancarias.

Pequeñas al principio.

Luego cantidades más grandes.

Decenas de movimientos.

Todas provenientes de cuentas relacionadas con Beatriz.

El destino era una empresa intermediaria.

Álvaro reconoció el nombre.

—Esa compañía…

Javier asintió.

—Está vinculada a un socio antiguo de su padre.

El silencio fue absoluto.

Entonces apareció una transferencia específica.

1.250.000 euros.

Fecha: dos semanas después del compromiso.

Concepto:

“Asesoría previa a matrimonio y gestión patrimonial”.

Álvaro apretó los puños.

No era una prueba de un crimen.

Pero sí era una prueba de intención.

Beatriz no estaba construyendo una familia.

Estaba construyendo acceso.

—Prepare a mis abogados.

Javier dudó.

—¿La boda sigue en pie?

Álvaro miró otra pantalla.

Sus hijas estaban sentadas junto a Elena.

La mujer les estaba preparando chocolate caliente.

No sabía que estaba siendo observada.

No sabía que acababa de ser la única adulta en esa casa que había protegido a sus hijas.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—La boda terminó.

Esa misma tarde, Álvaro regresó a la casa.

Beatriz estaba en el salón esperando.

Vestía como siempre.

Elegante.

Tranquila.

Como si nada hubiera ocurrido.

—Pensé que estabas en Zúrich.

Álvaro dejó una carpeta sobre la mesa.

—Yo también pensé muchas cosas.

Ella sonrió.

—¿Qué significa eso?

Álvaro no respondió.

Abrió la carpeta.

Dentro estaban impresos los videos.

Los registros.

Las transferencias.

La sonrisa de Beatriz desapareció lentamente.

—Álvaro…

—No.

Por primera vez, él levantó la mano para detenerla.

—Ahora hablas tú.

Ella miró los documentos.

Luego volvió a mirarlo.

—¿Me espiaste?

Álvaro soltó una risa fría.

—No.

—Te observé.

Pausa.

—La diferencia es que yo no tenía nada que ocultar.

En ese momento, Lucía y Claudia aparecieron en la escalera.

Beatriz las vio.

Y durante un segundo olvidó fingir.

Su mirada se volvió dura.

Álvaro lo notó.

Sus hijas también.

Entonces entendió algo.

Elena no era la amenaza.

Nunca lo había sido.

La única persona que había intentado ocupar un lugar que no le pertenecía era Beatriz.

Álvaro tomó la carpeta.

—Mañana mis abogados estarán aquí.

Beatriz palideció.

—¿Para qué?

Él miró a sus hijas.

Luego volvió hacia ella.

—Para cancelar la boda.

Pero antes de salir del salón, su teléfono vibró.

Era un mensaje del abogado.

Solo contenía una frase:

“Álvaro, revisamos el historial completo de Beatriz. Hay algo más grave que las transferencias.”

Debajo había una fotografía.

Una fotografía tomada tres años atrás.

El día del funeral de Irene.

Y en esa imagen…

Beatriz aparecía hablando con alguien de la familia Serrano.

Alguien que supuestamente nunca la había conocido.

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