PARTE 2: LA NUERA PERFECTA

Renata miró la pantalla de la cámara.

Ofelia no había venido sola.

A su lado estaba un hombre de traje gris, portafolios negro y expresión demasiado seria para una simple visita familiar.

Detrás de ellos esperaba otra mujer, de unos cincuenta años, con una carpeta gruesa bajo el brazo.

Renata sonrió.

—Así que ya trajeron al notario.

Mauricio sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—No… mi mamá dijo que solo vendría a desayunar.

Renata lo miró.

—Entonces tú tampoco sabías todo.

Abrió la puerta.

—Buenos días.

Ofelia entró como si fuera la dueña del departamento.

Ni siquiera saludó.

Lo primero que hizo fue observar la cocina.

—Así me gusta.

Limpia.

Una esposa debe aprender rápido.

Después vio a Mauricio.

—¿Ya te entregó la tarjeta?

Él tragó saliva.

—Todavía no…

Ofelia chasqueó la lengua.

—Qué decepción.

Se volvió hacia Renata.

—Pero hoy lo arreglaremos.

El hombre del traje dio un paso adelante.

—Buenos días.

Soy el licenciado Ferrer.

La mujer añadió inmediatamente:

—Yo soy la contadora de la familia.

Renata arqueó una ceja.

—¿Contadora?

Ofelia sonrió con suficiencia.

—Queremos dejar todo organizado antes de la boda.

El sueldo.

Las cuentas.

El departamento.

Así evitamos problemas futuros.

Renata fingió dudar.

—¿Todo eso hoy?

—Claro.

Las familias decentes hacen estas cosas con anticipación.

La joven bajó la cabeza.

—Tiene razón.

Mauricio la miró sorprendido.

Ella jamás había sonado tan sumisa.

Ofelia sonrió orgullosa.

—¿Ves?

Sabía que terminaría entendiendo.

Renata fue a la cocina.

Preparó café.

Sirvió pan dulce.

Atendió a todos con una tranquilidad que desconcertó incluso a Mauricio.

Después regresó con una carpeta azul.

La dejó sobre la mesa.

—Aquí están mis estados de cuenta.

Los ojos de Ofelia brillaron.

—Muy bien.

Ahora solo falta que firmes estos documentos.

Sacó varias hojas.

Renata comenzó a leerlas lentamente.

Silencio.

Página tras página.

Finalmente levantó la vista.

—Qué curioso.

Ofelia perdió la paciencia.

—¿Qué tiene de curioso?

Renata apoyó un dedo sobre el papel.

—Esto no autoriza administrar mi sueldo.

Transfiere todos mis ingresos a una cuenta controlada únicamente por usted.

La sonrisa de Ofelia desapareció apenas un segundo.

Después volvió.

—Es por organización.

La joven pasó otra página.

—Y esta cláusula…

Dice que cualquier propiedad adquirida después del matrimonio será administrada exclusivamente por Mauricio.

La contadora intentó intervenir.

—Es un formato habitual.

Renata negó lentamente.

—No.

Es un formato modificado.

Hubo un silencio incómodo.

Ofelia golpeó la mesa.

—¿Vas a firmar o no?

Renata levantó la mirada.

—Antes quiero hacer una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Cuántas mujeres firmaron esto antes que yo?

Nadie respondió.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Mamá?

Ofelia evitó mirarlo.

Renata abrió entonces una pequeña bocina inalámbrica.

Presionó un botón.

La cocina se llenó con la voz grabada de la noche anterior.

“Hoy le quitas la tarjeta. Si se pone difícil, la asustas. Necesitamos su dinero antes de la boda…”

El rostro de Mauricio quedó completamente blanco.

La contadora cerró inmediatamente su carpeta.

El abogado dejó de sonreír.

Pero Renata todavía no había terminado.

Conectó el celular al televisor.

Apareció otro audio.

No era el de Mauricio.

Era una conversación entre Ofelia y otra mujer.

“Con la primera también funcionó.”

“¿Y con la segunda?”

“Firmó todo antes de casarse. Cuando quiso reclamar, ya no tenía nada.”

El silencio fue absoluto.

Mauricio miró a su madre como si no la reconociera.

—¿Primera?

—¿Segunda?

Renata respiró despacio.

—Eso mismo quiero saber yo.

Miró directamente a Ofelia.

—¿Cuántas prometidas de tu hijo terminaron entregándoles su dinero?

Ofelia intentó levantarse.

—Esto es ilegal.

—No.

Respondió otra voz desde la puerta.

Todos giraron al mismo tiempo.

Dos agentes de la Fiscalía acababan de entrar al departamento.

Junto a ellos venía una mujer de unos treinta y cinco años.

Y detrás de ella, otra.

Las dos miraban fijamente a Mauricio.

Una de ellas comenzó a llorar.

—Por fin alguien les creyó.

Mauricio retrocedió.

—¿Quiénes son ellas?

El agente abrió una carpeta.

—Las dos mujeres estuvieron comprometidas con usted antes de conocer a la señorita Renata.

Respiró profundamente.

—Y ambas denunciaron haber perdido todos sus ahorros después de firmar documentos preparados exactamente por este mismo abogado.

El licenciado Ferrer dejó caer el portafolios.

Pero antes de que pudiera decir una palabra, uno de los agentes levantó un tercer expediente.

—Lo más grave no son esas denuncias.

Miró directamente a Ofelia.

—Hace una hora obtuvimos una orden para revisar las cuentas familiares.

Y encontramos transferencias idénticas realizadas durante más de doce años…

Siempre a nombre de futuras nueras que desaparecían de la familia apenas se quedaban sin un solo peso.

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