PARTE 2: LA NOVIA YA SE HABÍA IDO

—Al aeropuerto.

El conductor me miró por el espejo retrovisor.

—¿Ahora?

—Ahora.

Apoyé la cabeza contra el asiento.

En realidad, mi decisión no había nacido aquella noche.

Solo había terminado de tomar forma allí.

Tres años atrás, antes de conocer a Lu Jingchuan, yo ya había recibido una propuesta para incorporarme a la sede extranjera de la empresa familiar.

La rechacé.

Porque quería quedarme.

Por él.

Después vinieron el compromiso, los preparativos, las listas interminables de invitados y aquella boda que él estaba tan seguro de que yo jamás abandonaría.

Pero mientras él convertía mi salón nupcial en el cumpleaños de Lin Wei, yo finalmente acepté la oferta que llevaba años esperando.

A la mañana siguiente, a las nueve, la gerente Fang me llamó.

—Señorita Xu, revisamos la documentación.

—¿Y?

—La confirmación electrónica de la cancelación no fue emitida por usted.

Guardó silencio un instante.

—El asistente del señor Lu utilizó una copia de su firma digital.

No me sorprendió.

—Conserve todo.

—¿Desea que restauremos su reserva?

Miré la pista del aeropuerto detrás del enorme ventanal.

—No.

—¿Entonces?

—Cancele definitivamente la boda.

La gerente Fang se quedó en silencio.

—Y el salón Yunlan…

—Que Lin Wei celebre su cumpleaños.

Sonreí.

—Después de todo, tanto lo quería.

Lo que Lu Jingchuan no sabía era que aquella vieja tarjeta de presentación que yo había dejado en recepción pertenecía al grupo propietario del hotel.

Y el grupo pertenecía a mi familia.

Nunca se lo había contado.

No porque quisiera ocultarle mi identidad.

Sino porque cuando nos conocimos yo quería saber si podía vivir una vida completamente separada del apellido Xu.

Durante tres años creí que lo había conseguido.

Hasta aquella noche.

El día en que debía celebrarse nuestra boda, mi teléfono comenzó a sonar desde las seis de la mañana.

Primero fue su madre.

Después su hermana.

Luego Tao Hao.

Finalmente, Lu Jingchuan.

No contesté hasta la llamada número diecisiete.

—¡Xu Tang! ¿Dónde estás?

Su voz estaba completamente alterada.

—Todos están esperando.

Miré por la ventanilla del coche.

La ciudad donde había pasado los últimos tres años quedaba cada vez más atrás.

—¿Esperando qué?

Hubo un silencio.

—¡Nuestra boda!

—¿Qué boda?

—Xu Tang, deja de bromear.

—No estoy bromeando.

Apreté suavemente el teléfono.

—El salón que preparé durante tres años ahora tiene globos con el nombre de Lin Wei.

No respondió.

—Las flores que elegí se convirtieron en decoración para su cumpleaños.

—Tang Tang, puedo explicarlo.

—No hace falta.

—¡Solo era un salón!

Aquellas palabras volvieron a aparecer.

Solo un salón.

Solo una fiesta.

Solo tres años.

Respiré despacio.

—Tienes razón.

Su voz se suavizó inmediatamente.

—¿Ves? Sabía que lo entenderías.

—Sí.

Hice una pausa.

—Por eso ya no voy a casarme contigo.

El silencio del otro lado duró varios segundos.

Después soltó una risa nerviosa.

—¿Dónde estás?

—Regresando a casa.

—¿A qué casa?

—A la mía.

—Xu Tang…

—Y otra cosa.

Miré el documento que descansaba sobre mis rodillas.

—Ya estoy legalmente casada.

Esta vez ni siquiera escuché su respiración.

—¿Qué acabas de decir?

—Me registré esta mañana.

—¡Imposible!

—No lo es.

Antes de aceptar regresar a la empresa familiar, mi abuelo había organizado hacía tiempo una alianza matrimonial con la familia Shen.

Yo siempre la había rechazado.

Hasta ahora.

No me casé por despecho.

Ni para vengarme de Lu Jingchuan.

Shen Yan y yo nos conocíamos desde niños y aquel acuerdo no era un matrimonio romántico improvisado, sino una decisión que ambos habíamos evaluado durante mucho tiempo.

Cuando le llamé la noche anterior, solo pregunté:

—¿Sigue vigente tu propuesta?

Él respondió:

—Mientras seas tú, sí.

Eso fue todo.

Lu Jingchuan comenzó a gritar.

—¡Xu Tang, estás loca! ¡Nosotros estuvimos juntos tres años!

—Exactamente.

—¡Entonces cómo puedes casarte con otro hombre de un día para otro!

Sonreí ligeramente.

—Tú pudiste entregar nuestra boda a otra mujer con una llamada.

—Yo solo hice algo parecido.

Colgué.

Más tarde supe lo que ocurrió en el hotel.

Lu Jingchuan llegó al salón Yunlan y exigió recuperar la decoración original.

La gerente Fang se negó.

—La señorita Xu canceló oficialmente el evento.

—¡Soy el novio!

—Ya no existe ninguna boda registrada bajo su nombre.

Entonces apareció Lin Wei.

Llevaba el vestido plateado que había prometido usar.

—Jingchuan, todos mis invitados ya llegaron.

Él la miró.

Por primera vez, no había ternura en sus ojos.

—¿Por qué publicaste esas fotos anoche?

Ella palideció.

—Solo estaba feliz.

—¿Y por qué etiquetaste el lugar?

—Yo…

Tao Hao intervino.

—Hermano Xuan, ahora no es momento de culparla. Encuentra primero a la hermana Tang.

Lu Jingchuan tomó su teléfono.

Pero antes de que pudiera volver a llamarme, varios ejecutivos del hotel aparecieron.

Y detrás de ellos entró mi padre.

Lu Jingchuan lo había visto alguna vez.

Pero siempre creyó que era un empresario ordinario.

Hasta que el director general del grupo hotelero se inclinó ligeramente.

—Presidente Xu.

Lu Jingchuan se quedó inmóvil.

Mi padre ni siquiera lo miró.

—¿Está todo listo?

—Sí. La señorita Xu ya transfirió todas sus responsabilidades a la sede.

Lu Jingchuan finalmente reaccionó.

—¿Presidente Xu?

Mi padre lo observó.

—¿Tú eres Lu Jingchuan?

—Sí.

—He oído hablar mucho de ti.

Lu Jingchuan pareció recuperar algo de esperanza.

—Señor Xu, Tang Tang está enfadada conmigo. ¿Puede decirme dónde está?

Mi padre sonrió.

No había calidez en aquella sonrisa.

—Mi hija pasó tres años preparando una boda contigo.

—Lo sé.

—Y tú tardaste una noche en entregársela a otra mujer.

El rostro de Lu Jingchuan perdió color.

—Fue un malentendido.

—No.

Mi padre miró el salón lleno de decoraciones de cumpleaños.

—Esto parece bastante claro.

Aquel mismo día, Lu Jingchuan descubrió finalmente quién era Xu Tang.

No la mujer que dependía de él.

No la novia que soportaría cualquier cosa porque lo amaba demasiado.

Sino la única heredera del grupo que controlaba precisamente el hotel donde había decidido humillarla.

Pero para entonces yo ya estaba lejos.

Tres meses después regresé por asuntos de negocios.

Lu Jingchuan me esperó frente al edificio de la empresa.

Parecía haber adelgazado.

—Tang Tang.

Me detuve.

—Señor Lu.

Su rostro se tensó.

—¿De verdad estás casada?

Le mostré el anillo.

—Sí.

—¿Lo amas?

Lo pensé.

—Lo respeto.

—Eso no es amor.

—Quizá.

Lo miré.

—Pero él nunca ha utilizado mi amor para comprobar cuánto desprecio soy capaz de soportar.

Lu Jingchuan se quedó callado.

—Yo pensé que nunca te irías.

—Lo sé.

Ahí estaba todo.

No necesitaba más explicaciones.

Él no había cancelado nuestro salón porque Lin Wei fuera más importante.

Lo había hecho porque estaba convencido de que yo siempre permanecería allí.

Esperándolo.

Perdonándolo.

Demostrándole una y otra vez que lo amaba.

Me di la vuelta.

Antes de marcharme, escuché su última pregunta.

—¿Nunca me quisiste de verdad?

Me detuve.

—Precisamente porque te quise de verdad soporté demasiado tiempo.

No miré atrás.

—Pero amar a alguien no significa darle permiso para humillarte.

Seguí caminando.

Tres años preparando una boda.

Tres minutos escuchándolo reírse de mi entrega.

Y una sola noche para entenderlo todo.

Lu Jingchuan había querido poner a prueba cuánto lo amaba.

Al final obtuvo su respuesta.

Lo amé lo suficiente para esperar tres años.

Pero no tanto como para perderme a mí misma.

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