Adrian no respondió de inmediato.
Se limitó a observarme.
Como si intentara descubrir si aceptaba por desesperación… o porque comprendía exactamente lo que implicaba aquel acuerdo.
—Piénselo hasta mañana —dijo finalmente—. No quiero que tome una decisión impulsiva.
Sonreí con calma.
—Llevo doce horas divorciada, señor Blackwood. Créame, hoy ya no tomo decisiones impulsivas.
Saqué el teléfono.
Abrí el mensaje de Daniel una vez más.
“Si admites que te equivocaste, quizá te deje volver.”
Sin cambiar la expresión, pulsé Bloquear contacto.
Después eliminé toda la conversación.
Cuando levanté la vista, Adrian seguía observándome.
Por primera vez apareció una leve sonrisa en la comisura de sus labios.
—El despacho jurídico vendrá mañana a las nueve.
Asentí.
—Estaré lista.
A la mañana siguiente, toda la mansión parecía extrañamente silenciosa.
A las ocho y media, el mayordomo apareció con una caja.
—Señora Clara… bueno… todavía señorita Clara.
La dejó frente a mí.
—El señor Blackwood pidió que usara esto para la firma.
Dentro había un elegante traje color marfil.
Nada llamativo.
Pero la tela era tan fina que comprendí inmediatamente que costaba más que toda la ropa que había tenido en los últimos cinco años.
Intenté devolverlo.
—Es demasiado.
El mayordomo respondió con absoluta seriedad.
—El señor dice que la futura señora Blackwood no puede recibir a un abogado vistiendo un abrigo roto.
No encontré palabras.
A las nueve en punto llegaron dos abogados, un notario y varios asistentes.
Los documentos ocupaban casi toda la mesa del comedor.
El abogado principal comenzó a leer.
—La señora Clara Evans recibirá un salario mensual, cobertura médica completa, libertad para continuar trabajando si así lo desea y plena autoridad sobre todas las decisiones relacionadas con la educación y el bienestar cotidiano del joven Leo Blackwood.
Parpadeé sorprendida.
—¿Autoridad?
Adrian respondió con tranquilidad.
—Si quiero que sea su madre, no tendría sentido convertirla en una empleada sin voz.
Seguimos leyendo.
No existía ninguna cláusula humillante.
Ninguna obligación absurda.
Ni una sola condición relacionada con compartir habitación o mantener una relación sentimental.
Solo una frase llamó mi atención.
“Ambas partes podrán poner fin al matrimonio en cualquier momento mediante acuerdo mutuo.”
Respiré más tranquila.
Tomé el bolígrafo.
Firmé.
Adrian firmó después.
El notario sonrió.
—Felicidades.
Leo, que llevaba diez minutos escondido detrás de una silla, salió corriendo.
—¡Ahora tengo mamá!
Se lanzó directamente a mis brazos.
Lo abracé por instinto.
Y, sin darme cuenta, terminé llorando.
No por el contrato.
Ni por el matrimonio.
Sino porque era la primera vez en muchos años que alguien corría hacia mí en lugar de alejarse.
La noticia tardó menos de tres horas en recorrer toda la ciudad.
“El magnate Adrian Blackwood se casa en secreto.”
“La nueva señora Blackwood era una completa desconocida.”
“¿Quién es Clara Evans?”
Las redes sociales estallaron.
Nadie entendía cómo una mujer sin fortuna ni apellido famoso había entrado en la familia más poderosa de la ciudad.
Pero el verdadero terremoto ocurrió esa misma tarde.
Mi teléfono, que llevaba horas en silencio, comenzó a vibrar sin descanso.
Daniel.
Su madre.
Mi excuñada.
Incluso antiguos vecinos.
No respondí a nadie.
Hasta que apareció un mensaje diferente.
Era de mi exsuegra.
“Clara, nos enteramos de que conseguiste trabajo como niñera. Daniel fue demasiado duro contigo. Si vuelves, podemos hablar.”
Sonreí.
No habían entendido nada.
Todavía creían que seguía siendo la mujer sin hogar a la que habían echado con una maleta rota.
En ese momento, el mayordomo se acercó.
—Señora Blackwood.
Aún me costaba reaccionar cuando me llamaban así.
—¿Sí?
—El señor Daniel Foster insiste en verlo en la puerta principal. Dice que viene a buscar a… su esposa.
Miré por la enorme ventana.
Daniel estaba de pie frente a las rejas de hierro forjado con un ramo de flores baratas en las manos.
Seguramente esperaba encontrarme llorando.
Arrepentida.
Dispuesta a suplicar.
Adrian apareció a mi lado.
—¿Desea que Seguridad lo retire?

Negué lentamente.
—No.
Le devolví una sonrisa tranquila.
—Creo que ya es hora de que vea dónde terminé la noche que decidió echarme de casa.
Adrian comprendió inmediatamente.
Pulsó un botón del intercomunicador.
Las enormes puertas de la mansión comenzaron a abrirse lentamente.
Y Daniel levantó la vista… sin imaginar que, en apenas unos segundos, descubriría que la mujer a la que había considerado un estorbo acababa de convertirse en la nueva señora de la familia Blackwood.