Ethan me llamó diecisiete veces antes de las nueve.
A las nueve y cuarto, empezó con los mensajes.
Natalia, contesta.
No puedes hacer esto mientras estoy hospitalizado.
Bianca iba a morir.
¿Qué clase de persona castiga a alguien por salvar una vida?
Leí el último mensaje dos veces.
Después se lo enseñé a Claire.
Ella levantó una ceja.
—Todavía cree que el divorcio es por el riñón.
—Que siga creyéndolo.
Claire abrió otra carpeta.
—Porque el riñón es probablemente su problema más pequeño.
Durante años, Ethan había manejado nuestras finanzas.
Yo confiaba en él.
Ese había sido mi error.
Mientras preparábamos el divorcio, descubrimos que los regalos para Bianca no habían salido únicamente de su salario.
Había usado nuestra cuenta conjunta.
Doscientos doce mil dólares en dieciocho meses.
Apartamento.
Viajes.
Tratamientos médicos.
Joyas.
Incluso una transferencia de cuarenta mil dólares tres semanas antes de la cirugía.
—¿Para qué era esto? —pregunté.
Claire deslizó otro documento.
—Eso estamos intentando averiguar.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era el hospital.
—¿Señora Walker?
—Sí.
—Su esposo la ha registrado como contacto principal para el alta. Necesitará permanecer acompañado durante su recuperación.
Cerré los ojos.
Claro.
Donar el riñón a Bianca era su decisión.
Cuidarlo después debía ser mi obligación.
—Tendrán que hacer otros arreglos.
—Él insiste en que usted vendrá.
—Entonces tendrá su primera decepción del día.
Colgué.
A las once, Ethan llamó desde otro número.
Contesté.
—Natalia.
Su voz estaba débil.
—Necesito que vengas.
—No.
Pareció no comprender.
—Acabo de salir de una cirugía mayor.
—Lo sé.
—No puedo quedarme solo.
—Llama a tu alma gemela.
Silencio.
—Bianca también se está recuperando.
—Entonces qué romántico. Pueden contratar una enfermera para los dos.
—¡Natalia!
Escuché el monitor acelerarse.
—Hice algo bueno.
—Hiciste algo que tenías derecho a hacer con tu cuerpo.
Mi voz permaneció tranquila.
—Y yo estoy haciendo algo que tengo derecho a hacer con mi vida.
—Estás destruyendo nuestro matrimonio por celos.
Me reí.
—Nuestro matrimonio llevaba muerto mucho antes de que entraras al quirófano.
—Podemos arreglarlo.
—No quiero.
Esa fue la frase que finalmente lo silenció.
No “no podemos”.
No “es demasiado tarde”.
No quiero.
—Nat…
—Y dile a tu abogado que revise las transferencias hechas desde nuestra cuenta conjunta.
Su respiración se detuvo.
—¿Qué transferencias?
—Exactamente.
Colgué.
Tres horas después, Claire recibió una llamada.
Su expresión cambió mientras escuchaba.
—Entiendo. Envíemelo.
—¿Qué ocurre?
Esperó a colgar.
—El hospital respondió a nuestra solicitud.
—¿Y?
—Hay algo extraño en el expediente de Bianca.
Me entregó una hoja.
Leí el nombre.
Bianca Reed.
Diagnóstico renal.
Evaluación de trasplante.
Compatibilidad.
Pero había una fecha que no tenía sentido.
—Esto es de hace siete meses.
—Sí.
—Ethan me dijo que descubrieron que necesitaba un trasplante hace tres meses.
Claire asintió.
—Hay más.
Sacó otro documento.
—Bianca tenía otro donante compatible.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Un familiar.
—Entonces ¿por qué Ethan?
—El familiar retiró su consentimiento.
—¿Quién?
Claire giró la página.
Marcus Reed.
Hermano de Bianca.
Recordé aquel nombre.
Bianca decía que Marcus vivía en Canadá.
Que estaban distanciados.
—Quiero hablar con él.
Marcus respondió esa misma tarde.
Cuando Claire explicó quién era yo, guardó silencio.
Después dijo:
—Así que finalmente lo hizo.
—¿El trasplante?
—Sí.
Su tono no contenía alivio.
Contenía rabia.
—Señor Reed, ¿por qué retiró su consentimiento?
—Porque descubrí la verdad.
Sentí frío.
—¿Qué verdad?
—Bianca no necesitaba el riñón con la urgencia que le dijo a Ethan.
Claire y yo nos miramos.
—Explíquese.
—Necesitaba un trasplante eventualmente. Eso es cierto. Pero tenía opciones. Tiempo. Tratamiento.
—Entonces ¿por qué hizo creer a Ethan que podía morir?
Marcus soltó una risa amarga.
—Porque quería saber hasta dónde llegaría por ella.
No respondí.
—Mi hermana convierte el amor en una prueba —continuó—. Si alguien la ama, tiene que demostrarlo.
Pensé en los regalos.
El apartamento.
Las noches fuera.
El riñón.
—¿Y los cuarenta mil dólares?
Silencio.
—¿Qué cuarenta mil?
Se lo expliqué.
Marcus dejó de respirar durante unos segundos.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Natalia, no sé cómo decirle esto.
Me puse de pie.
—Dígalo.
—Bianca me llamó antes de la cirugía. Dijo que cuando Ethan se recuperara, se irían juntos.
Sentí que algo se endurecía dentro de mí.
—¿Adónde?
—Europa.
Claire frunció el ceño.
—¿Con cuarenta mil dólares?
—No.
Marcus respiró hondo.
—Con casi medio millón.
Me quedé inmóvil.
—Eso es imposible.
—Pregúntele a su esposo por la cuenta de inversión que liquidó hace dos semanas.
A las seis de la tarde, Ethan volvió a llamar.
Esta vez contesté inmediatamente.
—Natalia, por favor.
Ya no estaba enfadado.
Estaba asustado.
—Bianca desapareció.
No dije nada.
—La dieron de alta hace una hora. Su teléfono está apagado. El apartamento está vacío.
Miré a Claire.
Ella ya estaba escribiendo algo en su computadora.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—Ella tiene mi dinero.
—¿Tu dinero?
—Cuatrocientos ochenta mil dólares.
Cerré los ojos.
Marcus tenía razón.
—Natalia, necesito ayuda.
Aquello casi habría sido gracioso si no fuera tan triste.
El hombre que había entregado parte de su cuerpo para demostrarle amor a otra mujer ahora llamaba a su esposa porque esa mujer había desaparecido con su dinero.
—Por favor —susurró Ethan—. Ven al hospital.
—No.
—No puedo hacer esto solo.
Miré la demanda de divorcio.
—Sí puedes.
—Natalia…
—Tú me enseñaste cómo.
Iba a colgar cuando Ethan dijo:
—Hay algo que no sabes.
Me detuve.
—¿Qué?
Su voz se quebró.
—El dinero no era mío.
Claire levantó inmediatamente la mirada.
—¿De quién era?
Ethan tardó demasiado en responder.
—De tu madre.
Y entonces recordé el fideicomiso que ella me había dejado al morir.
El mismo fideicomiso que yo jamás había autorizado a Ethan a tocar.
