PARTE 2: LA NOVENA VEZ FUE LA ÚLTIMA

No dije nada hasta que salimos del aeropuerto.

Adrián caminaba delante de mí arrastrando una maleta.

Sofía iba a su lado.

Demasiado cerca.

Demasiado cómoda.

Cuando llegamos a la zona de taxis, él se giró.

—Elena, pedí un coche grande para los tres.

Le mostré la pantalla.

—¿Por qué pediste al hotel que añadiera a Sofía a nuestra suite romántica?

Su sonrisa desapareció.

Sofía también dejó de caminar.

—¿Qué? —preguntó Adrián.

—El hotel me escribió.

Le enseñé el mensaje.

Durante un segundo pareció buscar una explicación.

Después suspiró.

—Porque no quedaban habitaciones.

—Eso no responde mi pregunta.

—Elena, ¿qué querías que hiciera? ¿Que la dejara sola?

Miré a Sofía.

—Tiene veintidós años, pasaporte, teléfono y tarjeta bancaria.

Sofía cruzó los brazos.

—No tienes que hablar de mí como si no estuviera aquí.

—Entonces responde tú.

La miré directamente.

—¿Sabías que era una suite romántica reservada para Adrián y para mí?

No contestó.

No hacía falta.

Adrián se acercó.

—No montes una escena en el aeropuerto.

Aquella frase.

La había oído demasiadas veces.

No montes una escena.

No seas celosa.

No pienses demasiado.

Sé comprensiva.

Sonreí.

—Tranquilo. No habrá ninguna escena.

Le mostré mi nueva reserva.

—Tengo otro hotel.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que ustedes pueden compartir la suite.

Su cara se endureció.

—Elena, basta.

—Yo ya terminé.

Tomé mi maleta y subí al primer taxi disponible.

Adrián intentó abrir la puerta.

El conductor la bloqueó.

—Señorita, ¿nos vamos?

Miré a Adrián por última vez.

—Sí.


Mi hotel estaba al otro extremo de la costa.

Era pequeño.

Sin pétalos sobre la cama.

Sin champán.

Sin paquete romántico.

Perfecto.

Subí a mi habitación, dejé la maleta y apagué el teléfono.

Dormí cuatro horas.

Cuando desperté tenía cuarenta y un mensajes.

Adrián había pasado de la irritación a la preocupación.

“¿Dónde estás?”

“Sofía está llorando por tu culpa.”

“Estás arruinando nuestro viaje.”

Después:

“No pienso dormir en la misma habitación que ella.”

Y finalmente:

“Elena, contesta. Esto ya no tiene gracia.”

Leí ese último mensaje dos veces.

Entonces respondí:

“Nunca tuvo gracia.”

Bloqueé el número.


A la mañana siguiente fui sola al acantilado de los deseos.

El lugar era precioso.

El mar golpeaba las rocas debajo y cientos de cintas de colores estaban atadas a una barandilla.

Parejas escribían deseos.

Promesas.

Iniciales.

Fechas.

Adrián y yo habíamos planeado atar una cinta juntos.

Compré una.

Escribí una sola frase:

“No volver a quedarme donde tengo que competir por mi propio lugar.”

La até.

—¿Eso es por mí?

La voz detrás me hizo cerrar los ojos.

Adrián.

Estaba solo.

—¿Cómo me encontraste?

—Recordé que querías venir aquí.

—Qué detalle.

Se acercó.

—Sofía está en el hotel.

—Me alegro.

—No pasó nada.

Me giré.

—Ese es exactamente tu problema.

—¿Qué?

—Crees que mientras no la beses, no la toques o no te acuestes con ella, todo lo demás está permitido.

Adrián abrió la boca.

—Ella depende de mí.

—Y tú disfrutas que dependa de ti.

Silencio.

Ahí lo vi.

La verdad que durante años había intentado no mirar.

Adrián necesitaba sentirse indispensable para Sofía.

Necesitaba sus llamadas.

Sus lágrimas.

Su manera de pedir ayuda.

Y cada vez que yo ponía límites, me convertía en la cruel.

—Elena, la conozco desde niña.

—Entonces deberías haber sabido enseñarle límites.

—No entiendes nuestra relación.

—Tienes razón.

Sonreí con tristeza.

—Y ya no quiero entenderla.


Él intentó tomarme de la mano.

Retrocedí.

—Terminamos, Adrián.

Su rostro se vació.

—No.

—Sí.

—No puedes terminar cuatro años por un viaje.

—No termino por un viaje.

Lo miré fijamente.

—Termino por ocho cenas, ocho planes, ocho promesas rotas y cuatro años escuchando que siempre debo ser yo quien entienda.

Adrián palideció.

—Puedo cambiar.

—Tal vez.

—Entonces dame una oportunidad.

—Te di ocho.

Aquello lo silenció.


Regresé a casa tres días antes de lo previsto.

No le avisé.

Entregué sus cosas que todavía estaban en mi apartamento a su hermana.

Cancelé nuestras reservas pendientes.

Separé los gastos compartidos.

Y acepté una oferta de trabajo en otra ciudad que había rechazado meses atrás porque Adrián decía que la distancia sería mala para nosotros.

Dos semanas después apareció frente a mi edificio.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Por mí?

—No.

Cerré una caja.

—Por mí.

Su expresión se quebró.

—Sofía volvió con sus padres.

—Bien.

—Le dije que necesitábamos distancia.

—También bien.

—Entonces ya podemos arreglar lo nuestro.

Lo miré.

Seguía sin comprender.

—Adrián, poner límites después de perderme no convierte los últimos cuatro años en otra cosa.

—¿Ya no me quieres?

La pregunta dolió porque la respuesta no era sencilla.

—Sí te quise.

—Entonces…

—Pero querer a alguien no obliga a quedarse cuando ese alguien te enseña, una y otra vez, que nunca serás su prioridad.

Adrián bajó la cabeza.


Meses después, Sofía me escribió.

No esperaba su mensaje.

“Quiero pedirte perdón.”

No respondí inmediatamente.

Llegó otro.

“Durante años pensé que, si Adrián siempre me elegía cuando yo llamaba, significaba que yo era especial. Nunca pensé en lo que eso te hacía.”

Cerré los ojos.

No necesitaba perdonarla para seguir adelante.

Pero tampoco necesitaba odiarla.

Escribí:

“Espero que aprendas a no medir tu valor por el espacio que ocupas en la relación de otra persona.”

No volvió a escribir.


Un año después regresé al mismo lugar por trabajo.

Tenía una tarde libre.

Volví al acantilado.

Mi vieja cinta seguía allí, descolorida por el sol.

Ya casi no se leía la frase.

Sonreí.

No necesitaba leerla.

Me la sabía de memoria.

Aquella vez pensé que el viaje había terminado cuando Sofía se quitó la mascarilla en el avión.

Después creí que terminó cuando descubrí la solicitud del hotel.

Pero no.

Nuestro viaje había terminado mucho antes.

Cada vez que Adrián me pedía hacerme pequeña para que otra mujer pudiera sentirse cómoda.

Cada vez que yo aceptaba.

Cada vez que confundía paciencia con amor.

La novena vez no fue especial porque Sofía apareciera.

Fue especial porque, por fin, yo dejé de quedarme.

Y esa fue la única promesa de aquel viaje que realmente cumplí.

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