Ellis fue el primero en reaccionar.
—Señor —murmuró, mirando a Kane—, quizá debería comprobar la autorización antes de continuar.
Kane no apartó los ojos de mí.
—¿Reconoces ese tatuaje?
Ellis tardó un segundo.
—Reconozco lo que representa.
Llegué a mi posición y esperé.
No había venido para demostrar que era mejor que nadie.
De hecho, mi presencia en aquel campo tenía una razón completamente distinta.
—Morgan —dijo Kane detrás de mí—. ¿Dónde sirvió?
Me giré.
—Mi expediente está disponible para quien tenga autorización, señor.
Brooks soltó una risa nerviosa.
Ya nadie lo acompañó.
Ellis se acercó a Kane y le habló en voz baja.
No escuché todo.
Solo dos palabras.
Unidad Specter.
Kane palideció.
Specter había sido un pequeño programa conjunto de tiradores especializados que oficialmente dejó de existir años atrás.
Yo había formado parte de él.
Pero eso tampoco explicaba por qué estaba allí.
Antes de que Kane pudiera formular otra pregunta, un vehículo oficial apareció detrás de las instalaciones.
Bajaron dos personas.
La primera era la capitana Rebecca Shaw, responsable de evaluación operativa.
El segundo hombre llevaba ropa civil y una carpeta negra.
Kane se cuadró.
—Capitana.
Rebecca apenas respondió.
Me miró a mí.
—Morgan. ¿Ha terminado la observación?
Los seis oficiales intercambiaron miradas.
Kane frunció el ceño.
—¿Observación?
Dejé el rifle asegurado sobre la mesa.
—Sí.
Rebecca abrió su carpeta.
—General Morgan fue enviada aquí hace tres días por orden del mando de evaluación.
Brooks pareció dejar de respirar.
Kane me miró.
—¿General?
—General de brigada —aclaró Rebecca.
El silencio resultó más incómodo que todas las risas anteriores.
Pero levanté una mano antes de que nadie empezara a disculparse.
—Mi rango no es el problema.
Miré a Brooks.
Después a Kane.
—El problema es cómo trataron a alguien cuando creyeron que no tenía poder para responder.
Ellis bajó lentamente la cabeza.
Eso era exactamente lo que había entendido desde el principio.
Rebecca continuó.
Durante los últimos seis meses habían llegado quejas sobre aquel centro.
No relacionadas con puntuaciones.
Ni con equipamiento.
Hablaban de favoritismos, humillaciones y evaluaciones alteradas.
Kane endureció el rostro.
—Nunca recibí esas denuncias.
—Ese es precisamente el problema —respondió Rebecca.
El hombre de civil abrió su carpeta.
—Las denuncias sí llegaron a su oficina.
Kane se quedó inmóvil.
—Entonces alguien las retuvo.
—Eso estamos investigando.
Brooks empezó a retroceder.
Lo noté.
También Rebecca.
—Teniente Brooks —dije—, quédese donde está.
Se detuvo.
Rebecca sacó varias hojas.
—Tres informes fueron modificados después de ser presentados. Dos desaparecieron del sistema. Y una evaluación fue sustituida completamente.
Kane miró a sus oficiales.
Ya no había diversión en ninguno.
—¿De quién era esa evaluación? —preguntó.
Rebecca me entregó el documento.
Reconocí inmediatamente el nombre.
Teniente Maya Ellis.
Miré al Maestro de Campo Ellis.
Su rostro cambió.
—Mi hija.
Nadie habló.
Maya había solicitado meses atrás entrar en un programa avanzado.
Su expediente oficial decía que había fallado una evaluación.
Pero la copia recuperada mostraba otra cosa.
Había aprobado.
Con una de las mejores puntuaciones de su promoción.
—¿Quién cambió el resultado? —preguntó Ellis.
Rebecca señaló la firma electrónica.
Brooks.
El joven teniente palideció.
—Yo recibí órdenes.
Kane giró hacia él.
—¿De quién?
Brooks apretó la mandíbula.
—No puedo decirlo.
—Puede y lo hará —respondió Rebecca.
Entonces Brooks me miró.
No a Kane.
A mí.
Y comprendí que aquello no tenía que ver únicamente con Maya.
—General Morgan —dijo—, usted cree que la enviaron aquí para investigar este campo.
—Eso dicen mis órdenes.
Brooks soltó una risa amarga.
—Entonces todavía no lo entiende.
Sacó lentamente su teléfono y lo dejó sobre una mesa.
—Mire la fecha del primer informe alterado.
Lo hice.
Seis años atrás.
Dos semanas después de la última operación de Specter.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Eso es imposible.
—No.
Brooks deslizó otra imagen por la pantalla.
Era una fotografía antigua de mi antigua unidad.
Cinco personas.
Yo estaba en el centro.
Pero alguien había marcado con un círculo rojo al hombre situado detrás de mí.
Un hombre al que todos creíamos muerto desde aquella última misión.
Brooks bajó la voz.
—Las evaluaciones manipuladas no eran para eliminar malos tiradores.

Me miró directamente.
—Eran para impedir que determinadas personas llegaran hasta usted.
Y entonces apareció debajo de la fotografía un mensaje recibido aquella misma mañana:
“Morgan ha llegado al campo. No permitáis que descubra que Specter sigue activo.”