La fiesta de Lily parecía una boda.
Flores blancas. Mesas elegantes. Una pantalla gigante con su fotografía y, debajo, una frase:
“589 puntos. El comienzo de un futuro brillante.”
Mi padre había invitado a familiares, profesores, socios y antiguos compañeros de trabajo.
Cuando entré, Melissa fue la primera en verme.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a felicitar a Lily.
Mi padre se acercó inmediatamente.
—Emily, no armes problemas. Hoy no se trata de ti.
—Lo sé.
Y precisamente por eso había elegido aquella noche.
Lily apareció con un vestido nuevo.
—Pensé que después de sacar 531 te daría vergüenza venir.
Algunos familiares escucharon.
Mi padre no la corrigió.
Al contrario, levantó su copa.
—No todos los hijos pueden hacernos sentir orgullosos.
Varias personas rieron incómodamente.
Entonces comenzaron los discursos.
Mi padre subió al pequeño escenario y abrazó a Lily.
—589 puntos. Mi hija me ha hecho el hombre más feliz del mundo.
Sentí algo extraño.
No dolor.
Ya no.
Solo certeza.
Cuando terminó el aplauso, levanté la mano.
—Papá, ¿puedo darte mi regalo?
Él frunció el ceño.
—Hazlo rápido.
Caminé hasta el escenario con un sobre.
Mi padre lo abrió.
Dentro estaba mi verdadero resultado.
Su sonrisa desapareció.
Leyó otra vez.
Después una tercera.
—Esto… ¿qué significa?
Uno de mis antiguos profesores se levantó de inmediato.
—¿Setecientos tres?
Se acercó y miró el documento.
—Emily quedó entre los mejores estudiantes de la provincia.
El salón explotó en murmullos.
Lily palideció.
Melissa me miró con furia.
Mi padre levantó la cabeza.
—Me mentiste.
—Sí.
—¿Por qué?
Saqué mi teléfono.
—Porque necesitaba saber si realmente me echarías de casa cuando creyeras que ya no te servía.
Su rostro cambió.
—Emily, no hagas un espectáculo.
—El espectáculo lo organizaste tú.
Entonces apareció el señor Bennett.
Mi abogado.
Traía una carpeta bajo el brazo.
Mi padre lo reconoció y perdió el color.
—¿Qué hace usted aquí?
—Represento a Emily respecto al patrimonio heredado de su madre.
Melissa se levantó bruscamente.
—Eso es un asunto familiar.
—No —respondió Bennett—. Es un asunto legal.
Dejó varios documentos sobre la mesa.
—Emily ya tiene dieciocho años. La propiedad que su madre dejó en fideicomiso ha pasado completamente bajo su control.
Mi padre apretó los dientes.
—Yo jamás intenté quitarle nada.
Lo miré.
—¿Seguro?
Presioné la pantalla.
Y su propia voz llenó el salón.
“Cuando salgan los resultados, si le va mal, la echaré de casa… Después le daré un poco de dinero y firmará lo que yo quiera.”
Nadie se movió.
Después se escuchó a Melissa:
“Esa casa vale por lo menos tres millones de yuanes. Si la vendemos, Lily podrá estudiar en Inglaterra.”
Lily giró hacia su madre.
—¿Iban a pagar mis estudios con la casa de Emily?
Melissa tartamudeó:
—Cariño, nosotros solo…
La grabación continuó.
“¿O acaso una mujer muerta sigue siendo más importante que tu esposa y que Lily?”
Mi padre cerró los ojos.
Era demasiado tarde.
Todos habían escuchado.
Mi tía dejó la copa sobre la mesa.
Uno de los compañeros de trabajo de mi padre apartó la mirada.
Y el profesor que acababa de felicitarme negó lentamente con la cabeza.
Mi padre se acercó.
—Emily, podemos hablar en casa.
Retrocedí.
—¿Qué casa?
No respondió.
—Me echaste de la tuya.
El señor Bennett abrió la carpeta.
—Y respecto a la propiedad heredada, cualquier intento de transferencia realizado sin autorización de Emily será impugnado inmediatamente.
Melissa perdió los nervios.
—¡Después de todo lo que hemos gastado criándote!
La miré.
—Mi madre pagó esa casa.
Luego miré a mi padre.
—Y yo pagué durante años intentando convertirme en una hija que quisieras.
Hice una pausa.
—Ya terminé.
Mi padre miró nuevamente mi resultado.
El número que una semana antes habría podido convertirlo en el padre más orgulloso del mundo.
Ahora solo demostraba algo mucho más doloroso:
Nunca me había echado porque yo fuera un fracaso.
Me había echado porque creyó que podía aprovecharse de mí.
Tomé mi carpeta.
Antes de bajar del escenario, Lily habló.
—Emily…
Me giré.
Por primera vez no había arrogancia en su rostro.
Solo vergüenza.
—Yo no sabía lo de la casa.
Asentí.
—Entonces ahora lo sabes.
Y me marché.
No necesitaba quitarle su fiesta.
Ya se la habían arruinado las personas que la habían construido sobre mi herencia.
Afuera, Clara me esperaba.
—¿Cómo salió?
Miré una última vez las luces del salón.
—Mi padre finalmente descubrió mi verdadera nota.
Clara sonrió.
—¿Y tú qué descubriste?
Guardé el resultado de 703 puntos dentro de mi bolso.
—Que sacar la mejor nota nunca iba a conseguir que me quisiera como yo necesitaba.
Abrí la puerta del auto.
—Pero cumplir dieciocho me permitió dejar de necesitar su permiso para construir mi futuro.

Y aquella fue la verdadera razón por la que mentí sobre mi nota.
No quería comprobar cuánto valía yo para mi padre.
Quería comprobar cuánto valía él para seguir formando parte de mi vida.
La respuesta fue sencilla.
Nada.