PARTE 2: LA NIÑA NOMBRÓ UN DOLOR QUE NADIE DEBÍA CONOCER

El pincel quedó suspendido en el aire.

Mariana palideció.

—¿Valentina… qué acabas de decir?

La niña bajó la mano lentamente.

—Lo que dijo mi abuelita.

Santiago sintió un nudo en la garganta.

Había muy pocas personas que conocían aquella historia.

Cinco años antes, su prometida había perdido un embarazo de pocas semanas en medio de una crisis que terminó destruyendo la relación. Él jamás volvió a hablar del tema. Ni con su familia. Ni con sus empleados. Ni con la prensa.

Aquel dolor había quedado enterrado entre expedientes, reuniones y edificios.

O eso creía.

Mariana se agachó enseguida.

—Perdón, señor Armenta. Mi hija tiene mucha imaginación. No sé de dónde sacó eso.

Valentina negó con la cabeza.

—No me lo inventé.

Miró a Santiago con una inocencia absoluta.

—Mi abuelita limpia flores en un panteón. Hace unos meses una señora muy elegante fue a dejar un ramo blanco y lloró mucho. Le dijo que un joven muy bueno seguía llevando flores todos los años a un bebé que nunca conoció.

Santiago dejó de respirar.

Cada aniversario iba solo.

Sin escoltas.

Sin avisar a nadie.

Llevaba siempre el mismo ramo de lirios blancos.

Nunca imaginó que alguien pudiera haberlo visto.

—¿Tu abuelita trabaja en el Panteón Francés? —preguntó en voz baja.

La niña asintió.

—Dice que usted nunca habla con nadie. Solo acomoda las flores y les dice que lo siente.

Mariana abrió mucho los ojos.

—Valentina…

Pero Santiago levantó una mano.

No quería que la interrumpiera.

La pequeña continuó hablando con la naturalidad con la que un niño cuenta cualquier cosa.

—Mi abuelita dice que la gente buena llora cuando nadie la mira.

La mansión quedó completamente en silencio.

Los inversionistas aún no llegaban.

Solo se escuchaba la lluvia golpeando los ventanales.

Santiago se acercó lentamente al espejo del salón.

Allí estaba él.

Un empresario temido por medio país.

Con un sol amarillo en la mejilla.

Una mariposa azul en la frente.

Y un arcoíris torcido sobre la nariz.

Por primera vez en muchos años, aquella imagen no le pareció ridícula.

Le pareció humana.

Se volvió hacia Valentina.

—¿Sabes por qué te dejé pintarme?

La niña sonrió.

—Porque ya estaba cansado de hacerse el dormido.

Aquellas palabras lo desarmaron por completo.

No porque fueran ciertas.

Sino porque una niña de siete años acababa de resumir la vida que llevaba desde que era un adolescente.

Siempre fingiendo.

Siempre desconfiando.

Siempre esperando que alguien revelara su verdadera intención.

Nunca permitiendo que nadie se acercara de verdad.

En ese momento sonó el timbre principal.

Los inversionistas habían llegado.

Mariana tomó de inmediato un paño húmedo.

—Señor, déjeme limpiarlo antes de que entren.

Santiago sostuvo suavemente su muñeca.

—No.

Ella lo miró confundida.

—¿Pero…?

Él sonrió, una sonrisa que ninguno de los empleados le había visto jamás.

—Que esperen cinco minutos.

Se volvió hacia Valentina.

—Creo que a esa mariposa le falta un poco de color.

La niña abrió los ojos con emoción.

—¿De verdad?

—Pero solo si prometes que Pancho también supervisará el trabajo.

Valentina levantó al conejo de peluche.

—¡Pancho acepta!

Mariana observó la escena sin comprender qué estaba ocurriendo.

Porque el hombre que durante años había puesto a prueba a todo el mundo acababa de dejar de examinar a los demás.

Y, sin darse cuenta, la única persona que había logrado cambiarlo no era un socio, ni un psicólogo, ni una mujer que quisiera conquistar su fortuna.

Era una niña que había visto la tristeza detrás de unos ojos que fingían estar dormidos.

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