PARTE 2: LA MUÑECA

No abrí la puerta.

Tomé a Chloe en brazos y retrocedí en silencio mientras Victoria seguía sonriendo desde el otro lado.

—Sarah —dijo con una calma escalofriante—. Esa muñeca no era para tu hija. Devuélvemela y todo terminará aquí.

No respondí.

Solo activé la cámara de seguridad del pasillo desde mi teléfono.

Su rostro apareció con una claridad perfecta.

Después marqué el número de mi vecino, el señor Peterson, un exagente de policía que vivía frente a nosotros.

—¿Puedes llamar al 911? Hay una mujer intentando entrar en mi apartamento.

Él no hizo preguntas.

—Voy para allá.

Apenas colgué, Victoria volvió a hablar.

—No seas ingenua. Harrison te mintió toda la vida. ¿Por qué ibas a creerle ahora?

Miré la memoria USB escondida en el bolsillo de mi bata.

Porque un hombre puede mentir sobre muchas cosas…

Pero el miedo auténtico no se puede fingir.

Cinco minutos después escuché otra voz en el pasillo.

—¿Qué sucede aquí?

Era Peterson.

Victoria cambió completamente de actitud.

Sonrió.

—Solo vine a recoger un juguete que mi esposo envió por error.

—Entonces vuelva otro día cuando la dueña quiera abrirle.

Ella sostuvo la mirada del anciano unos segundos.

Después se dio media vuelta y caminó hacia el ascensor.

Pero antes de entrar, levantó discretamente la vista hacia la cámara del pasillo.

Y sonrió.

Como si supiera exactamente que la estaba observando.

Aquella sonrisa me dejó un nudo en el estómago.


Esperé hasta que Chloe volvió a dormirse.

Entonces reproduje el segundo video.

Harrison aparecía todavía más delgado.

Miraba constantemente hacia la puerta.

—Sarah…

No tengo tiempo.

Si Victoria encuentra estas grabaciones, me matará.

No soy su primer esposo.

Sentí un escalofrío.

Continuó hablando.

—Su verdadero nombre es Rachel Collins.

Nunca heredó ninguna fortuna.

Toda esa historia fue inventada.

Se casó tres veces usando identidades diferentes.

Siempre elegía hombres con patrimonio.

Los aislaba.

Los drogaba.

Los obligaba a firmar documentos.

Después desaparecían.

El video terminó con una fotografía.

Tres hombres.

Los tres aparecían abrazando a Victoria.

En las siguientes imágenes…

Los tres estaban reportados como desaparecidos.

Mi respiración se aceleró.

No estaba frente a un simple caso de violencia doméstica.

Estaba viendo el patrón de una asesina.


Abrí el tercer archivo.

Harrison hablaba mucho más despacio.

—Sé que me odiabas.

Y tienes razón.

Abandoné a Chloe.

Las abandoné a las dos.

Pensé que Victoria era el premio que siempre había buscado.

Riqueza.

Poder.

Lujo.

Cuando descubrí quién era realmente…

Ya era demasiado tarde.

Bajó la cabeza.

—Nunca dejé de enviar dinero para Chloe.

Fruncí el ceño.

¿Qué?

—Durante tres años hice transferencias mensuales.

Victoria administraba todas mis cuentas.

Ella me enseñaba comprobantes falsos diciendo que tú rechazabas el dinero.

Después empezó a falsificar también mi firma.

Cada palabra hacía pedazos todo lo que yo creía saber.

No era inocente.

Nos había abandonado.

Pero también había sido manipulado durante años.


Encendí mi computadora.

Entré a mi correo.

Busqué movimientos bancarios antiguos.

Nada.

Ni un solo depósito.

Luego revisé una vieja carpeta donde guardaba documentos del divorcio.

Había una carta del banco que jamás había entendido.

Una solicitud de cambio de cuenta para la pensión alimenticia.

La firma no era mía.

Era una falsificación.

Alguien había cambiado la cuenta receptora pocos días después del divorcio.

Todo el dinero había ido a otro lugar.


De pronto sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Contesté.

Solo escuché una respiración.

Luego una voz masculina.

Muy débil.

—¿Sarah?

Me quedé inmóvil.

Era Harrison.

—No queda mucho tiempo.

Escúchame bien.

Victoria ya sabe que encontraste la memoria.

Va a intentar recuperar la muñeca antes del amanecer.

No abras la puerta.

No confíes en nadie que venga diciendo que es policía.

Y sobre todo…

Su voz empezó a quebrarse.

—No dejes que Chloe se acerque jamás a ella.

Porque…

Antes de que pudiera terminar la frase…

Se escuchó un golpe brutal.

Un grito.

Después el teléfono cayó al suelo.

Y la llamada se cortó.

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