Sentí un escalofrío.
Miré hacia la puerta de la habitación.
El pasillo estaba vacío.
Solo se escuchaba el sonido constante de los monitores y el carrito de medicamentos alejándose por el corredor.
Volví a mirar a Abril.
—¿Estás segura de lo que dices?
Asintió despacio.
Tenía los labios resecos y la voz apenas le salía.
—La ambulancia todavía no había llegado… y él ya sabía a qué hospital me llevarían.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Quién?
Ella cerró los ojos.
—No puedo decir su nombre todavía.
—La policía puede protegerte.
Negó con desesperación.
—No si hay alguien aquí adentro.
Durante los siguientes días no mencioné aquella conversación a nadie.
No porque no creyera en la justicia.
Sino porque primero necesitaba entender qué estaba ocurriendo.
Seguí entrando a su habitación únicamente cuando terminaba mi turno.
Le llevaba agua.
Le acomodaba la almohada.
Le cambiaba las flores marchitas por unas silvestres que recogía camino a casa.
Poco a poco Abril dejó de sobresaltarse cada vez que se abría la puerta.
Una tarde me preguntó:
—¿Por qué me ayudas?
Sonreí con tristeza.
—Porque alguien hizo lo mismo por mí cuando todos me dieron la espalda.
Doña Teresa fue la primera persona a quien le conté lo sucedido.
Escuchó todo sin interrumpirme.
Después dejó la taza de té sobre la mesa.
—Hija…
—¿Sí?
—Cuando una persona tiene tanto miedo de hablar, normalmente no está huyendo de un desconocido.
Está huyendo de alguien con poder.
Sus palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza toda la noche.
Al día siguiente ocurrió algo extraño.
Encontré a un hombre elegante preguntando por la habitación de Abril.
Traía un traje oscuro.
No llevaba flores.
Ni comida.
Solo preguntó con demasiada insistencia si la paciente seguía inconsciente.
La enfermera respondió que no podía dar información.
Él sonrió.
Agradeció.
Y se marchó.
Pero antes de salir, noté que observó discretamente mi gafete.
Leyó mi nombre.
Camila.
No me gustó la forma en que me miró.
Aquella misma tarde descubrí que el expediente médico de Abril había desaparecido durante casi una hora del archivo de enfermería.
Cuando volvió a aparecer, tenía una hoja nueva.
Decía que la paciente sería trasladada esa misma noche a otro hospital.
Sin embargo, el médico responsable negó haber firmado esa orden.
El doctor Salgado frunció el ceño.
—Esa firma no es mía.
Arrancó inmediatamente la hoja del expediente.
Nadie supo explicar quién la había colocado allí.
Abril tenía razón.
Alguien estaba intentando sacarla del hospital.
Esa noche decidí quedarme unos minutos más después de terminar mi turno.
Mientras acomodaba las cobijas de Abril, ella abrió lentamente una mano que había mantenido cerrada desde el accidente.
Dentro había un pequeño dije de plata.
No era una joya costosa.
Era un colibrí.
En la parte de atrás había una inscripción.
“Siempre volveré por ti. —Papá.”
La miré.
—¿Es de tu padre?
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Él cree que estoy muerta.
—¿No sabe que sobreviviste?
—No.
Respiró con dificultad.
—Porque hace dos meses desaparecí.
Y el hombre que intentó matarme se encargó de que todos pensaran que había huido del país.
No entendía nada.
—¿Quién eres, Abril?
Ella permaneció en silencio durante varios segundos.
Finalmente respondió:
—Mi verdadero nombre no es Abril.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Entonces…
—Me llamo Valeria Santillán.
Ese apellido me resultaba conocido.
Muy conocido.
Lo había visto decenas de veces en periódicos viejos que doña Teresa guardaba para reciclar.
Santillán.
Una de las familias empresariales más importantes del occidente del país.
—¿La familia Santillán?
Ella asintió lentamente.
—Soy la hija menor de Alejandro Santillán.
Me quedé inmóvil.
Todo Guadalajara conocía ese nombre.
Dueño de hospitales privados.
Constructor.
Empresario.
Filántropo.
También el hombre que llevaba semanas ofreciendo una enorme recompensa por información sobre su hija desaparecida.
—Todos creen que morí.
—¿Por qué no llamas a tu padre?
Valeria volvió a mirar hacia la puerta.
—Porque la persona que intentó matarme…
Su voz comenzó a quebrarse.

—…es alguien que trabaja muy cerca de él.
En ese instante escuchamos pasos acercándose a la habitación.
Valeria apretó mi mano con fuerza.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y antes de que pudiera ver quién entraba, ella susurró aterrorizada:
—Si pregunta por mí… diga que sigo inconsciente.