PARTE 2: La nómina que alguien llevaba años falsificando

Ignacio no levantó la voz.

—Marta, abre mi despacho.

La administradora cruzó los brazos.

—Señor Valcárcel, esa mujer debería marcharse antes de que—

—He dicho que abras el despacho.

Algo en su expresión cambió.

Cinco minutos después, Ignacio estaba sentado frente al ordenador mientras Teresa permanecía en la cocina con Lucía.

—Quiero las nóminas de todo el personal doméstico de los últimos cinco años.

Marta palideció.

—¿Ahora?

—Ahora.

Los primeros documentos parecían normales.

Teresa Mena figuraba contratada desde hacía seis años.

Salario mensual correcto.

Bonificaciones.

Ayuda médica.

Incluso aparecían dos pagos extraordinarios autorizados personalmente por Ignacio.

Entonces llamó a Teresa.

—¿Cuánto cobras?

La cantidad que respondió era menos de la mitad.

Ignacio levantó lentamente la mirada.

—¿Recibiste una bonificación el pasado diciembre?

—Nunca he recibido ninguna, señor.

Marta intervino.

—Seguramente está confundida.

—No estoy confundida —respondió Teresa.

Fue la primera vez que su voz sonó firme.

Ignacio siguió revisando.

El dinero salía cada mes.

Pero una parte no llegaba a Teresa.

Tampoco a otros cuatro empleados.

Había cuentas intermediarias.

Autorizaciones.

Firmas.

Y entonces encontró algo peor.

Dos años atrás, cuando Teresa había enfermado, Ignacio había aprobado personalmente treinta mil euros para cubrir tratamiento, descanso remunerado y necesidades familiares.

—¿Recibiste ese dinero?

Teresa lo miró sin comprender.

—¿Qué dinero?

Marta retrocedió un paso.

Ignacio cerró el portátil.

—Nadie sale de esta casa hasta que sepamos qué ocurrió con esos fondos.

No estaba reteniendo a nadie.

Simplemente ordenó preservar los documentos y llamó a su abogado y al responsable financiero de la empresa familiar.

Una hora después comenzaron a comparar registros.

Los treinta mil euros habían sido transferidos.

Pero no a Teresa.

El beneficiario era una sociedad llamada Soria Gestión Patrimonial.

Ignacio miró a Marta.

—Tu apellido.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Su sobrino autorizó la transferencia.

Aquello consiguió lo que ninguna otra cosa había logrado.

Ignacio se quedó inmóvil.

—¿Álvaro?

Marta señaló uno de los documentos.

Allí estaba.

Álvaro Valcárcel.

Su sobrino.

El joven al que Ignacio había tratado prácticamente como un hijo.

La firma aparecía junto a la autorización.

—Álvaro dijo que Teresa debía dinero a la familia —continuó Marta—. Yo solo seguí instrucciones.

Teresa comenzó a llorar.

—Jamás pedí dinero a nadie.

Ignacio no decidió quién mentía.

Pidió pruebas.

Y las pruebas trajeron otra sorpresa.

Durante cuatro años se habían descontado cantidades del salario de Teresa bajo el concepto:

“Reembolso deuda Mena.”

—¿Qué deuda? —preguntó Ignacio.

Nadie respondió.

El responsable financiero abrió el expediente original.

La supuesta deuda era de ciento ochenta mil euros.

Fecha de creación:

Ignacio se puso de pie.

—Teresa era una niña entonces.

—La deuda no está a su nombre —dijo el abogado.

Giró la pantalla.

Rafael Mena.

El hombre de la medalla.

El hombre que había muerto salvándole la vida.

Según aquel documento, Rafael debía ciento ochenta mil euros a la familia Valcárcel.

—Esto es imposible.

Ignacio conocía aquella historia.

Después del derrumbe de 1985, su padre le había dicho que Rafael era un voluntario sin recursos y que su familia había desaparecido.

Pero el expediente afirmaba algo completamente diferente.

Rafael había trabajado para los Valcárcel.

Y no como empleado doméstico.

Había sido socio minoritario de la primera empresa de construcción del padre de Ignacio.

—¿Por qué nunca supe esto?

Su abogado pasó varias páginas.

Entonces apareció un acuerdo.

Después del accidente, la participación de Rafael había sido transferida temporalmente a la familia Valcárcel hasta localizar a sus herederos.

Temporalmente.

Cuarenta años después, nadie la había devuelto.

Ignacio miró a Teresa.

—¿Sabías algo?

Ella negó.

—Mi abuela decía que Rafael había dejado algo para la familia. Nunca supimos qué.

Marta intentó marcharse.

—Yo no tengo nada que ver con documentos de hace cuarenta años.

—Quizá no —respondió Ignacio—. Pero sí con los de hace cuatro.

El abogado encontró entonces un correo.

Álvaro había pedido específicamente investigar a Teresa poco después de que ella comenzara a trabajar en la casa.

Asunto:

“MENA.”

Mensaje:

“Confirma parentesco antes de que el tío Ignacio lo descubra.”

Ignacio sintió frío.

Álvaro sabía quién era Teresa.

Mucho antes de aquella noche.

Y había ayudado a mantenerla cerca, mal pagada y convencida de que debía dinero.

Lucía apareció en la puerta.

Seguía sosteniendo la medalla.

—Señor Ignacio…

—¿Sí?

—Mi mamá tiene más cosas del bisabuelo Rafael.

Teresa se volvió.

—Lucía.

—La caja de la abuela.

Ignacio se arrodilló frente a ella.

—¿Qué caja?

—Mamá dice que no debemos abrirla porque trae problemas.

Teresa cerró los ojos.

Finalmente explicó que su madre se la había entregado antes de morir.

Aquella madrugada fueron a buscarla.

Dentro había fotografías, cartas y documentos envueltos en tela.

Ignacio reconoció inmediatamente la firma de su padre.

Pero encontró algo que lo dejó sin respiración.

Una fotografía de 1985.

Rafael Mena aparecía junto al padre de Ignacio frente a la primera oficina de Valcárcel Construcciones.

Detrás habían escrito:

“Socios al cincuenta por ciento.”

Si aquel documento era auténtico, la familia de Lucía no había vivido durante décadas de la caridad de los Valcárcel.

Había sido privada de una participación que podía valer una fortuna.

Entonces Ignacio encontró la última carta.

No estaba dirigida a Rafael.

Estaba dirigida a él.

“Ignacio:

Si algún día encuentras a la familia Mena, no confíes en la versión de tu padre.

Rafael no murió simplemente intentando salvarte.

Entró en aquel edificio porque había descubierto por qué se había derrumbado.”

Ignacio sintió que le temblaban las manos.

Debajo aparecía un nombre.

El ingeniero que había firmado la inspección de seguridad en 1985.

Esteban Valcárcel.

Su padre.

Y junto al nombre había una anotación mucho más reciente, escrita con otra letra:

“Álvaro encontró esta carta. Asegúrate de que Ignacio nunca la vea.”

Ignacio levantó lentamente la cabeza.

La firma debajo de aquella orden no pertenecía a Marta.

Pertenecía a su propia hermana.

La madre de Álvaro.

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