PARTE 2: LA MUJER QUE “TODAVÍA SERVÍA”

Sofía no se movió.

Permaneció detrás de la columna con la carpeta apretada contra el pecho.

El ruido del aeropuerto desapareció.

Solo podía escuchar la voz de Adrian.

—Nunca. Ella todavía nos sirve.

Clara bajó la mirada.

—Pero esto no puede durar para siempre.

Adrian sonrió con tranquilidad.

—Solo unos meses más.

Después de la herencia, desapareceremos.

Sofía sintió que el corazón dejaba de latir un instante.

Él lo sabía.

Sabía que ese día ella heredaría la fortuna de su padre.

No era casualidad que hubiera regresado precisamente esa mañana.

Todo estaba calculado.


Clara volvió a hablar.

—¿Y si descubre que nuestro matrimonio existe?

Adrian soltó una pequeña risa.

—No lo hará.

Confía demasiado en mí.

Además…

Le acarició suavemente el rostro.

—Después de transferir el dinero a la empresa, no tendrá nada que reclamar.

Sofía cerró los ojos un segundo.

Ahora entendía por qué Adrian llevaba meses insistiendo en que invirtiera en Blake Holdings.

No quería rescatar su empresa.

Quería quedarse con el patrimonio de ella.


Esperó a que ambos desaparecieran entre la multitud.

Solo entonces salió del aeropuerto.

No lloró.

No gritó.

No llamó para enfrentarlo.

Subió al automóvil.

Sacó el teléfono.

Y marcó al abogado.

—Señor Collins.

—¿Sí, señora Whitmore?

—Quiero añadir algo a la demanda.

—La escucho.

Miró por la ventana.

—También quiero una investigación patrimonial completa de Adrian Blake y Clara Hayes.

Absolutamente todo.

Empresas.

Cuentas.

Propiedades.

Fideicomisos.

Sociedades.

Todo.

El abogado guardó silencio unos segundos.

—¿Encontró algo?

Ella respondió con absoluta calma.

—Encontré el motivo por el que fingieron quererme durante seis años.


Aquella misma tarde…

Adrian llegó a la mansión con una caja azul entre las manos.

Entró sonriendo.

—Mi amor.

¿Dónde estás?

Silencio.

Encontró la casa impecablemente ordenada.

Pero extrañamente vacía.

Sobre la mesa del comedor había una nota.

Pensó que sería una bienvenida.

La abrió.

Solo decía cuatro palabras.

“Recibí tu mensaje.”

Debajo había una fotografía.

Él y Clara.

Besándose en el aeropuerto.

El color abandonó inmediatamente su rostro.

—¿Qué…?

Tomó el teléfono.

Marcó a Sofía.

Número apagado.

Corrió hacia la habitación principal.

El vestidor estaba vacío.

La caja fuerte abierta.

Los documentos personales habían desaparecido.

No quedaba ni una sola maleta.

Solo el anillo que él le había entregado seis años atrás.

Abandonado sobre la cómoda.


Esa noche…

Sofía se encontraba en la suite presidencial de un hotel.

El abogado colocó varias carpetas sobre la mesa.

—Ya tenemos los primeros resultados.

Ella levantó la vista.

—¿Tan rápido?

—Su padre sospechaba que alguien intentaría acercarse a usted por su fortuna.

Por eso dejó contratada una firma de investigación privada mucho antes de fallecer.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

Hasta después de muerto…

Su padre seguía protegiéndola.

El abogado abrió la primera carpeta.

—Blake Holdings tiene pérdidas desde hace dieciocho meses.

La segunda.

—Su supuesto viaje de negocios fue realmente un viaje con Clara.

La tercera.

—Y encontramos algo mucho más grave.

Sofía observó la fotografía que él deslizó lentamente sobre la mesa.

Aparecía Adrian entrando en una notaría.

Fecha:

Tres días después de la boda con Sofía.

Junto a él caminaba Clara.

El abogado señaló el documento.

—Aquí se casaron legalmente.

Ella permaneció completamente inmóvil.

Aunque ya conocía la verdad…

Ver la prueba dolía de una manera distinta.


El abogado abrió una última carpeta.

Esta era mucho más gruesa.

—Hay otra cosa.

—¿Qué pasa?

Él respiró profundamente.

—La boda con usted nunca fue el primer fraude.

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

El abogado colocó delante de ella una lista con varios nombres.

Cinco mujeres.

Todas millonarias.

Todas solteras.

Todas habían mantenido relaciones largas con Adrian antes de conocerla a ella.

Y todas habían perdido grandes cantidades de dinero tras la ruptura.

Sofía sintió un escalofrío.

—No fui la primera…

El abogado negó lentamente.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero sí era el objetivo más grande.

Señaló la última página.

—Porque usted era la única heredera de un patrimonio de 4.800 millones de dólares.

En ese instante, el teléfono del abogado vibró.

Leyó el mensaje.

Su expresión cambió por completo.

—Señora Whitmore…

—¿Sí?

—Adrian acaba de denunciar oficialmente que usted desapareció con bienes pertenecientes a su matrimonio.

Sofía sonrió por primera vez desde que salió del despacho.

Una sonrisa tranquila.

Casi compasiva.

—Qué curioso.

El abogado levantó la vista.

—¿Por qué?

Ella cerró lentamente la carpeta donde aparecía el certificado falso de su boda.

—Porque para denunciar bienes matrimoniales…

Primero tendrá que explicar ante un juez por qué afirma existir un matrimonio que legalmente nunca existió.

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